Su último aliento 9 Visita
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A quel encuentro que relató Agatha Banks podría estar relacionado con lo sucedido con el pequeño, pero a Tom le surgían ciertas dudas al respecto.

La primera de ellas era por qué habría esperado aquel hombre más de dos años para ejecutar su plan y hacer daño al hijo de los Banks.

Era más lógico esperar que hubiese actuado poco después de su encuentro.

Algo no cuadraba.

Tampoco comprendía bien el objetivo que perseguía abordando a la mujer y al niño aquel día en concreto.

Desde luego, daba la impresión de que tuvo que vigilar sus movimientos durante días, puesto que era demasiada casualidad que justo el día en que la madre y el niño salieron solos lo eligiera para acercarse a la propiedad.

Otra cuestión era qué motivaba el odio tan arraigado que sentía por Gregory Banks. Podría estar relacionado con motivos económicos o laborales, pero desde luego, por lo que le había dicho a Agatha, parecía ser mucho más personal que eso.

¿Tal vez el merodeador conocía personalmente al empresario?

Había dicho específicamente, según la versión de la esposa, que Gregory Banks le había robado todo lo que tenía.

En apariencia, atendiendo expresamente a sus palabras, sí parecía ser un motivo relacionado con los negocios, pero el hecho de que abordara a la familia daba la impresión de que perseguía otras intenciones.

Quizá cuando decía que le había robado todo no hiciera referencia a lo meramente material.

Y por último, el hecho de que el acercamiento y la subyacente amenaza no fueran hechos directamente al propio Gregory Banks, inducía a pensar que, o bien le tenía miedo o respeto, o temía que le conociese y pudiese ir a por él de algún modo.

De momento, no eran más que especulaciones.

Agatha Banks intentó describir lo mejor posible a aquel hombre, pero había pasado el tiempo y le costaba recordar los detalles con cierta precisión.

Tampoco quería insistir el detective en la preguntas, puesto que viendo la fragilidad de la mujer, podría interpretar que ella era la responsable de lo sucedido por no haber hablado en su momento de ello.

La verdad era que, en la actualidad, no podían saber si aquel hombre tenía relación alguna con el asesinato de su hijo. No obstante, tendría que investigarlo e intentar descubrir de quién se trataba para interrogarlo.

Cuando abandonó la mansión de la pareja, Tom Beckett sintió que se llevaba una pesada carga con él.

Era una losa invisible que llevaba sobre sus hombros.

A pesar de que procuraba aparentar ser un hombre despreocupado, la realidad era otra historia.

Era como si el dolor de la madre le hubiera envenenado y lo sintiese dentro de su piel.

Necesitaba resolver aquel caso cuanto antes.

Su teléfono vibró en el interior de su chaqueta.

Su hermana le vino a la mente en cuanto lo oyó.

No le había devuelto las llamadas del día anterior.

Miró al cielo por un segundo. No podría posponerlo mucho más tiempo.

Si lo hacía, no tenía dudas de que ella se presentaría en su casa a cualquier hora del día… o la noche.

Sacó el móvil del bolsillo y certificó que era ella.

Volvió a guardarlo antes de entrar en su coche.

Se prometió que la telefonearía un poco más tarde.

Cuando abrió la puerta del Mustang, levantó la vista y vio a un hombre trabajando concentrado.

Estaba afanoso arreglando lo que parecía una canalización que llegaba hasta una jardinera repleta de flores de colores.

Envidió la simpleza de su trabajo, en cuanto que no tenía que lidiar con emociones desbordantes como las que le asaltaban en aquella situación.

Durante un segundo, sus miradas se cruzaron, como si hubiera percibido que había captado la atención del investigador.

Un instante después, volvía a su tarea sin darle mayor importancia.

Arrancó el motor y se dirigió al lugar en el que encontraron el cadáver del pequeño.

Estaba en una playa muy cercana a la vivienda, la misma a la que habían acudido madre e hijo aquel día que le había relatado unos minutos antes.

¿Una ironía del destino? Dudaba que fuera así.

Sospechaba que el lugar elegido para hacerlo había sido premeditado y con una intención concreta.

Desde luego, era osado. Tendría que averiguar cómo había accedido el asesino al lugar.

Tuvo que llegar a la zona por una de las áreas de entrada en las que estaban instaladas los puestos de los vigilantes.

Debido a la exclusividad de la zona y a que se trataba de un área protegida, no era posible hacerlo sin pasar por allí.

En cuanto a dónde había asesinado al niño, parecía bastante obvio.

No encontraron señales de arrastre en la playa, pero eso podría explicarse fácilmente por el hecho de que el niño debía pesar bastante poco.

Su captor y asesino podría haberlo trasladado en brazos, pues el crío debía encontrarse débil.

Sin embargo, la cantidad de sangre en la arena cuando lo localizaron evidenciaba que había sido asesinado allí mismo.

Miró a su alrededor. El mar estaba un tanto agitado. Las nubes cubrían el cielo y el viento levantaba el bajo de su gabardina. El tiempo aquella mañana era desapacible. No hacía frío, pero el aire provocaba que la sensación térmica fuera inferior a la que marcaban los termómetros.

La presencia de la policía tan solo un día antes todavía era evidente en la zona, pues habían quedado restos de la cinta amarilla que resguardaba el escenario del crimen.

Algunos de esos restos volaban y se desperdigaban por la playa, algo que lamentó el detective al pensar en el impacto ecológico que suponía.

Beckett necesitaba ponerse en el lugar del asesino.

Quería entender su mente, qué pensó antes de llevar al niño allí, qué le había movido a cometer aquel acto tan atroz.

A pesar de estar tan convencido de que había muerto allí mismo, albergaba algunas dudas que no estaban dispuestas a abandonarle hasta que hallase respuestas que le satisficieran plenamente.

Matar al pequeño Harry y dejar al cadáver justo allí era una muestra de que el asesino desafiaba a los Banks y a la policía.

Era una forma más de hacerles daño. Su hijo había estado muy cerca de ellos poco antes de morir, sin que tuvieran la menor opción de protegerlo.

Aquello resultaba, si cabe, todavía más cruel y mezquino.

No era casualidad.

Estaba cargado de malas intenciones.

Quería que los padres supieran que había hecho todo delante de sus narices.

De hecho, el niño se lo llevaron de su cuarto, mientras todos dormían.

Fue secuestrado dentro de la propiedad, de esa fortaleza que los Banks pensaban que habían levantado en la que podrían estar seguros.

Aquel era otro mensaje claro. Les decía que podría hacerles daño cuando quisiera.

Por lo que sabía, cuando se investigó el secuestro, no encontraron evidencias de que se hubiera forzado la entrada.

Tampoco las grabaciones de las cámaras ofrecieron pista alguna, como habría sido de esperar.

Interrogaron al personal de la casa, indagaron en sus antecedentes y su pasado.

No había nada sospechoso. No fueron capaces de encontrar indicios que apuntaran hacia alguno de los empleados que trabajaba allí.

Habría sido lo esperado por la forma en la que se produjo, pero no dieron resultados las pesquisas.

Tampoco lograron atisbar a dónde se lo podría haber llevado su captor.

Era consciente de que la policía no le iba a facilitar las entrevistas que habían llevado con las distintas personas de interés en la investigación. Intentaría que le dejaran echarles un vistazo a los informes, pero no dudaba que el capitán Button le iba a poner todos los impedimentos imaginables.

Y además, disfrutaría con ello.

Tampoco quería recurrir tan pronto a la influencia de la familia para que le facilitasen el trabajo.

Sabía que eso solo provocaría más rencillas entre ellos y, a largo plazo, más trabas para otras futuras investigaciones.

Era importante ver las cosas a largo plazo y buscar el máximo beneficio, presente y futuro.

Tom comenzó a caminar por aquella playa de arena blanca. Un paraíso manchado de sangre y marcado como un lugar para el terror. Sintió una honda lástima por lo que implicaba. Aquel pobre niño no volvería a ver amanecer. No había tenido tiempo de descubrir la mayor parte de los tesoros de la vida.

Respiró hondo y cerró los ojos.

Necesitaba darse un descanso de sí mismo, salir de su piel para introducirse en la de otro.

Ocupar otra mente y otro cuerpo ajenos. Hizo lo que le pareció más adecuado en aquel instante.

Intentó meterse en la mente del asesino.

Pensar como él. Experimentar los mismos sentimientos.

¿Mató al niño movido por el deseo de venganza?

¿Sentía rabia? ¿O era más bien una parafilia que no podía controlar lo que le había llevado finalmente a matar al objeto de su deseo?

Todavía no lo podía saber.

Era demasiado pronto y faltaba información.

A primera vista, no apreciaron en la escena del crimen signos de abuso sexual.

Deseaba con todas sus fuerzas que siguiera siendo así después de que el forense le contara sus conclusiones tras la autopsia.

Era una de las cosas más horrendas que se le podía hacer a un crío.

En realidad, cualquier tipo de violencia ejercida sobre un niño le parecía una aberración, un acto inclasificable por todo lo que suponía.

No se le ocurría mayor cobardía que la de herir a un ser vulnerable.

¿Cómo habría sido para él tener un hijo?

No podía pensar en aquello en ese instante.

Era una distracción que le alejaba del asesino.

El animal que le había arrebatado la vida a Harry Banks no sentía compasión, ni pena, ni mucho menos remordimiento.

No parecía sentir siquiera emociones. La forma en la que hallaron el cadáver así lo transmitía.

No había ningún signo de que cuidara la manera en la que dejó el cuerpo.

Simplemente, lo abandonó a la intemperie, con los ojos abiertos, unos ojos que reflejaban el terror que habían presenciado y vivido.

Si hubiera sido la propia familia la que descubriese el cadáver, el impacto emocional habría sido de una magnitud tal que les impediría superarlo de por vida.

Abrió los párpados.

—Quería que lo encontrásemos pronto —dijo en voz alta—. Quería que los padres lo supieran.

Eso no implicaba necesariamente que sus motivos estuvieran relacionados con un odio visceral hacia los Banks. Puede que simplemente se deleitara con el dolor de los demás. El que mató al crío sabría que todos los medios mostrarían lo sucedido. Su crimen no quedaría en el anonimato.

—Podría ver su sufrimiento a través de la televisión.

Pero, ¿y si no esperó a verlo de manera diferida?

¿Y si quería presenciarlo por sí mismo?

Tom necesitaba indagar en la historia personal de cada una de las personas cercanas a los Banks.

Empezaría por el servicio de la mansión, independientemente de las conclusiones a las que había llegado la policía acerca de su no implicación en el secuestro.

Quizá el niño se fue con su captor dócilmente porque le conocía y confiaba en él.

No tenía motivos para temer nada. Si era alguien que veía cada día, ¿por qué tener miedo?

Instintivamente, el detective giró su cuello y dirigió su mirada hacia donde estaba la casa de los Banks.

Trataba de descubrir si se veía desde ese lugar de la playa.

Teniendo en cuenta lo desafiante que se había mostrado, no le sorprendería que hubiera dejado el cadáver del niño en un punto desde el que los padres podrían presenciar cómo un malnacido ejecutaba y abandonaba a su hijo exangüe en la arena.

Si así fuera, significaba que estaban ante alguien con un nivel de crueldad y sadismo sin precedentes.

Además, debía estar muy seguro de sí mismo.

Tom no distinguió gran cosa, lo cual no le sorprendió porque el día no estaba despejado.

Se puso de puntillas. Le pareció que se veía el tejado de la vivienda.

No era suficiente. No obstante, la estatura de Beckett no era excesiva, ya que medía un metro y setenta y ocho centímetros.

Tal vez un hombre más alto que él si pudiera ver alguna de las ventanas de la parte de arriba.

Sería algo a tener en cuenta, aunque tal vez no fuera decisivo.

No obstante, la posibilidad de que así fuera le pareció obscena. ¿Había elegido el asesino de Harry el lugar con aquella intención? ¿Quería que los padres supieran que podrían haber visto lo sucedido tan solo con asomarse al alféizar?

Sintió que se le revolvía el estómago ante tal posibilidad.