8 Recuerdos
L a mañana lucía espléndida. Era sábado veinte de un precioso mes de abril.
A pesar de las nieblas típicas de la zona, las cuales no cesaban ni siquiera en verano, aquel día el sol se había abierto paso desde el amanecer, llenando el paisaje de vida con sus rayos primaverales.
Las plantas habían florecido de manera temprana y los campos se vestían de alegres colores.
Todo en aquella jornada invitaba al buen humor y a salir al aire libre a disfrutar.
La temperatura era cálida para la época. A Agatha se le ocurrió que sería agradable ir a la playa a dar un paseo. Eran unos privilegiados por vivir tan cerca de esas arenas blancas bañadas por el Pacífico. ¿Por qué no aprovecharse de su suerte?
Decidió llevarse al niño a la cala cercana a su casa.
Estaba tan solo a unos pocos minutos andando.
No solían ir a ninguna parte sin que los acompañase alguien del servicio, ya fuera el chófer o alguien del personal de seguridad.
No obstante, vivían en una zona considerada una de las más seguras, en parte gracias a su exclusividad, por lo que no pensó que hubiera nada que temer.
Además, estaba harta de no poder llevar una vida sencilla, sin la presencia continua de los guardaespaldas o de alguien del servicio.
Envidiaba realmente eso de la gente de a pie.
Esa libertad genuina. Tener dinero no siempre era sinónimo de ventajas.
Al menos, no en su forma de entender la vida.
Estuvieron cerca de una hora y media correteando por la playa y jugando con Burton, el perro de la familia.
Este apenas tenía unos pocos meses y, como buen cachorro que era, se trataba un animal cariñoso, nervioso y juguetón.
Harry no se cansaba de tirarle un palo para que fuera a por él.
A ratos, el niño salía corriendo tras el perro y este no cesaba de darle lametones en cuanto volvía a su lado.
Las risas del pequeño inundaban el aire y Agatha sencillamente se sintió feliz de poder disfrutar de la simpleza de aquellos momentos.
Pocas cosas hacían que se sintiese tan dichosa.
Regresaba contenta y agradecida por esos momentos de felicidad sencilla que había compartido con su pequeño.
Paseaba despacio, empapándose de esos instantes que quería almacenar de forma permanente en su memoria.
Harry no paraba de hablar entusiasmado y ella le escuchaba con atención, mientras pensaba que su padre, tan ocupado con sus negocios, se estaba perdiendo la infancia de su hijo.
Siempre quiso ser madre y, después de todas las dificultades que tuvo que atravesar, su hijo era para ella una bendición.
Disfrutaba de cada minuto que pasaba con él y lo exprimía al máximo.
En perspectiva, parecía casi una premonición, como si algo dentro de ella supiera que no podría compartir mucho tiempo más con su pequeño.
Harry era un niño muy dicharachero al que le encantaba hablar.
Siempre tenía mil cosas que contar y le faltaba tiempo.
A veces, se le amontonaban las ideas en la cabeza, algo que divertía a Agatha, puesto que dejaba frases a medias para tratar otro tema antes de que se le olvidara lo que quería decir.
Con su animada conversación, captaba plenamente la atención de su madre.
—Kevin dice que tiene una mascota que es una iguana, pero yo siempre le digo que eso no puede ser tan divertido como tener un perro.
—Claro que no, cariño. Las iguanas son muy secas.
El niño frunció el ceño y miró a su madre.
—¿Qué significa que son muy secas, mami? —le preguntó extrañado. No comprendía a qué se refería con esa expresión.
—Significan que no son como Burton, que es simpático y siempre quiere jugar. A las iguanas no le gustan que las molesten.
—¿Entonces si le lanzas una pelota como hago yo con Burton no van a por ella?
—Ni hablar. Si les lanzas una pelota, lo más seguro es que se vayan huyendo y se escondan para que no las encuentres —respondió divertida.
—Pues vaya rollo más grande tener una iguana.
En ningún momento se percataron de que un hombre les había estado observando y siguiendo en la distancia desde que salieron de casa. No fueron conscientes en ningún instante de su vulnerabilidad y de lo fácil que habría sido causarles daño.
Pero aquel desconocido tenía otras intenciones.
—Veo que el pequeño Harry es un niño muy divertido y con sentido del humor. Muy diferente de su padre —soltó de pronto el extraño, haciéndose visible delante de ellos.
Agatha se sobresaltó por la sorpresa y agarró instintivamente a su hijo, al tiempo que lo atraía hacia su cuerpo. Le rodeó con sus brazos, con el claro propósito de protegerlo y mandarle un mensaje a aquel hombre. No permitiría que le hicieran daño, aunque tuviera que dar su vida a cambio.
En la mano que tenía sobre el pecho del crío percibió lo acelerado que latía su corazón. Estaba muerto de miedo. Algo en aquel hombre les resultaba amenazante, quizá su gesto hosco.
—No sé quién es usted ni qué hace aquí, pero le aseguro que no dudaré ni un segundo en llamar a la policía si sigue molestándonos.
—Señora Banks, no les estoy molestando y tampoco era esa mi intención, solo me interesaba por ustedes.
Además, me parece que no le serviría de mucho ahora mismo llamar a la policía.
Si en verdad quisiera hacerle daño a usted o a su hijo, no creo que pudieran impedírmelo. ¿No está de acuerdo conmigo?
Agatha percibió como su hijo temblaba de puro terror. A él también le parecía que había algo amenazante en aquel hombre. Burton comenzó a ladrar al extraño, compartiendo la misma opinión que la de sus dueños.
—Más vale que haga callar a su perro. No quiero hacerle daño, pero desde luego no permitiré que llame la atención de ninguna manera.
—¿Qué es lo que quiere? —preguntó la mujer con tono de voz tembloroso.
—Nada, en realidad. Solo conocerla a usted y a su hijo.
Gregory Banks es muy afortunado de tener una familia tan bonita.
Una familia que tal vez no se merece. Debería cuidarla más y pasar más tiempo con su mujer y su hijo.
Solemos dar por sentado lo que tenemos, hasta que, de la noche a la mañana, nos lo arrebatan —declaró de forma críptica.
—Muy bien, pues ya nos ha conocido. Le agradecería que nos dejara en paz.
—Lo haré, pero solo porque quiero. Su marido me ha robado todo lo que tenía y me importaba. Me preguntaba si debería pagarle con la misma moneda.