Su último aliento 7 Conversación
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E n la casa había un silencio ominoso, ese que suele acompañar a la pérdida y la ausencia, un silencio de esos que ocupan tanto espacio que parecen dominarlo todo y no dejan ni siquiera hueco para que circule el aire, el cual repentinamente parece dotado de una masa densa que puede tocarse y se siente pegajoso, como si de gelatina se tratase.

El sonido de un reloj de pared dando la hora en punto rompió de forma brusca la quietud que habían dejado las últimas palabras del detective, las cuales parecían haber iniciado un duelo de voluntades.

La suya, de hablar con la madre de la criatura, la del padre de proteger a su esposa de cualquier daño adicional que pudiese quebrar la escasa estabilidad mental que le restase en aquel momento.

—Haré que la avisen —concedió finalmente.

Tom Beckett sabía que esa era una victoria a medias, puesto que Gregory Banks no cedería con facilidad a ninguna de sus siguientes peticiones, salvo que él mismo las considerase oportunas.

—Creo que sería mejor que fuera usted mismo a buscarla, señor Banks. En un momento tan delicado como este, seguro que su mujer agradece que sea su marido quien la acompañe.

—Parece olvidar, detective, que Harry también era hijo mío.

Ella no es la única que ha sufrido su pérdida—señaló con acritud.

Un atisbo de debilidad asomó a sus ojos, los cuales rápidamente recuperaron el temple habitual que acompañaba a tan ilustre apellido.

No era un hombre al que le gustase dejar traslucir sus sentimientos, ni siquiera en una situación como aquella.

Debía mantenerse fiel a su imagen imperturbable.

—No lo olvido, ni mucho menos, señor. No logro ni imaginar el terrible dolor que está sintiendo ahora mismo.

No obstante, por lo poco que he podido apreciar hasta la fecha, estoy seguro de que usted lo está afrontando con mayor entereza —le alabó el detective—.

Ahora mismo representa para ella la única roca a la que aferrarse en mitad de esta tormenta.

—¿Y a qué puedo aferrarme yo, detective Beckett?

Tom no respondió a ello. No quería convertirse en el psicólogo de la familia.

Estaba ahí para otra cosa. Además, no era algo que se le diera especialmente bien teniendo en cuenta sus dificultades para gestionar su propio duelo, del que todavía no había terminado de salir tantos años después.

¿Cómo iba a aconsejar a alguien que acaba de perder un hijo un hombre incapaz de lograr que sus propias heridas cicatricen? La idea se le antojaba absurda.

—Tendrá que descubrirlo por sí mismo, Greg —le dijo, permitiéndose la licencia de dirigirse a él por su nombre de pila.

Percibió que al empresario se le humedecían los ojos, una debilidad que estaba seguro que no querría que viese aquel hombre peculiar que estaba sentado frente a él.

El hombre frío y calculador que dirigía sus negocios con mano de hierro también tenía sentimientos y era obvio que en aquel momento estos dolían de manera fiera.

Acto seguido, se levantó y salió del salón.

Eso le dio unos minutos al detective para pensar y serenarse.

Tendría que ser muy cuidadoso al elegir las palabras que utilizase con la madre.

La vio a primera hora del día anterior, cuando acudió a casa de los Banks justo después de que le llamaran de madrugada.

Cómo habían obtenido su teléfono era un misterio, aunque un hombre con su influencia y sus contactos no tendría demasiadas dificultades para conseguir cualquier cosa que se propusiera.

Y así fue.

Tom todavía se preguntaba cómo accedió sin más, a pesar de sus reticencias personales bien fundamentadas a aceptar casos como ese. No estaba en sus planes involucrarse en investigaciones tan arduas.

¿Por qué no opuso más resistencia?

¿Por qué se dejó convencer?

Quizá es que supieron tocar su fibra sensible y no pudo enfrentarse a su propio sentimiento de culpabilidad por no ayudar a una madre doliente, así de sencillo.

Sin quererlo, se puso en el lugar de esos padres que acababan de perder a su pequeño y comprendió que, en su lugar, él también habría hecho lo imposible por buscar la ayuda que considerase más adecuada para encontrar al responsable.

Perdido como estaba en sus propios pensamientos, apenas se dio cuenta de que los Banks estaban entrando en el salón.

La madre iba sosteniéndose en el brazo de su marido.

Parecía a punto de desmoronarse en cualquier instante.

Estaba rota por dentro y su fragilidad se reflejaba incluso en el tono de su piel, desvaído y macilento. Parecía enferma de puro dolor.

Tom tragó saliva. Iban a ser momentos duros.

—Señora Banks, siento mucho hacerles pasar por este trago. Le aseguro que no lo haría si no lo considerase necesario. Intentaré que sean las menos veces que me sea posible, pero puede que usted tenga información relevante y ni siquiera sea consciente de ello.

Agatha Banks apenas hizo un leve gesto de asentimiento.

Entre sus manos retorcía un pañuelo. Su marido le posó su mano en el antebrazo.

Trataba de tranquilizarla, aunque era evidente que no hallaría serenidad ni calma en mucho tiempo.

Quizá nunca más. La muerte tiene la capacidad de convertir la realidad en pesadilla.

Ella le miró con el gesto contraído.

—Tengo entendido que era usted quien solía llevar a Harry al colegio —se apresuró a hablar el investigador para cortar aquel momento incómodo.

—Así es. Me gustaba hacerlo. Y también solía ir a buscarle a la salida, salvo que tuviese algún compromiso ineludible. Me encantaba que me contase cómo le había ido la mañana. Era un niño muy entusiasta y siempre tenía muchas cosas que compartir.

El detective la escuchaba con atención, mostrándose atento y comprensivo.

—Me gustaría saber si en algún momento se sintió incómoda por la mirada de alguien, si le resultó algo sospechoso, si tuvo la impresión de que había alguna persona observándoles. Y no me refiero solo a los últimos meses. Hablo en general desde que nació Harry. Cualquier cosa puede ser relevante.

Los Banks le miraron con expresión de extrañeza.

—Entiendo que esto les sorprenda —se explico Beckett—.

Siempre tendemos a buscar en sucesos recientes y obviamente es lo más lógico.

Pero no quiero descartar nada. Si hubo algún incidente en el pasado, me gustaría conocerlo también.

Necesito toda la información posible. No importa que sea mucha.

Ya me encargaré yo de eliminar lo que no sea importante. Ese es mi trabajo.

—Entenderá que, por la posición social que ocupamos, nos suceden cosas a menudo que no son habituales para el resto de los mortales —explicó el magnate.

—Sí, lo entiendo. Pero apuesto a que son capaces de recordar algún evento por encima de otros. Algunos hechos dejan un recuerdo más duradero por algún motivo en particular, aunque no seamos capaces de expresarlo con palabras.

Antes de que Gregory volviese a hablar, la madre se le adelantó.

—Sucedió algo cuando Harry tenía cinco años.

Sería por primavera, cerca de su cumpleaños.

Salimos a dar un paseo. Greg estaba de viaje de negocios.

Creo recordar que era sábado, porque Harry no tenía cole y no podía ser domingo, puesto que quería acercarme después al centro de Carmel a comprarme ropa para un evento al que teníamos que acudir la semana siguiente.

Las tiendas en esta localidad no abren los festivos —aclaró—.

Cuando regresamos del paseo, había un hombre apostado en un árbol muy cerca de la entrada de nuestra casa.

—No me dijiste nada de esto. —Se sorprendió el marido. Estaba seguro de que no le había informado de algo así, pues lo recordaría.

—No estabas, Greg. Y cuando hablamos por teléfono, no te quise preocupar porque habías tenido un mal día. Después, ya lo olvidé.

—Señora Banks, cuéntemelo, por favor —rogó el detective, procurando evitar que se enzarzaran en una discusión y que eso retrasase que compartiera la información con él.

Se dispuso a escuchar con toda su atención.