5 Mañana
A l amanecer, tocaba vestirse el traje que escondía sentimientos y deshacerse de los fantasmas de la noche.
Aquel niño que había sufrido la indolencia de una bestia que no podía considerarse humana necesitaba de toda su atención.
No podía escatimarle ni una mínima ración de ella.
No debía dejarse arrastrar por la melancolía.
Tom desde hacía mucho tenía un mantra que se repetía todas las mañanas antes de salir de casa. Era una sencilla retahíla de frases que le ayudaba a recordar que estaba vivo y que había personas que le necesitaban. Era su forma de mantenerse en pie y afrontar cada día.
« No permitas que la nada te pare.
Puedes más de lo que te imaginas.
Vales más de lo que piensas.
Piensa en esto cada vez que caigas ».
Porque, le gustase o no, caía con frecuencia en un abismo negro de tristeza y necesitaba un salvavidas al que agarrarse, algo que le permitiera permanecer a flote un poco más y que evitara que cayera a un pozo del que, quizá, llegaría un momento que no podría salir.
Con el ánimo renovado salió de casa, decidido a dar lo mejor de sí mismo y encontrar al responsable de aquella muerte horrenda.
Lo primero que haría aquella mañana por estrenar, todavía plena de posibilidades, sería dirigirse a la vivienda de los Banks.
Necesitaba hablar con ellos y hacerles varias preguntas para indagar en si tenían enemigos y hasta qué punto estos estarían dispuestos a causarles tanto daño.
No parecía le opción más viable, ya que resultaba más razonable que, si alguien estaba buscando venganza por algún motivo, tratarían de herirles a ellos, no a su hijo. No obstante, la mente humana puede ser tan sumamente retorcida que no se puede descartar nada de primeras.
Por otro lado, necesitaba saber si tenían constancia de algún merodeador que hubiera estado por la zona y que, bien su hijo u otros niños, lo detectaran y le contaran a sus padres que les asustaba.
También cabía la posibilidad de que el crío no hubiera dicho nada, pero sí que alguien del servicio u otro vecino comentase algo al respecto.
De este asunto también tendría que hablar con la policía, por si les constaba alguna denuncia o llamada de cualquier residente de la zona preocupado.
En el primer vistazo de la escena del crimen, Tom no detectó signos de agresión sexual en el chaval, pero no podía descartarlo hasta que el forense lo hiciese.
Podrían estar ante un pedófilo asesino que actuase por aquel área en concreto, y cabía la posibilidad tanto de que Harry Banks no fuera la primera víctima como de que no fuera la última.
Por desgracia, también necesitaría la ayuda de la policía en este aspecto.
Sabía que no le iban a facilitar el acceso a los datos relacionados con los delincuentes sexuales registrados en la zona, pero desde luego era información que precisaría conocer.
Si no lograba que se la facilitasen, debería acudir a otros métodos, aunque estos fueran poco ortodoxos.
No iba a permitir que obstáculos absurdos retrasasen sus avances en la investigación.
Ya se preocuparía de cómo hacerlo llegado el momento.
Se encontraba ya a la entrada de la mansión de los Banks, esperando que le abriesen la verja de entrada para poder acceder con su vehículo.
Se trataba de un viejo Mustang del 77 azul oscuro con sus tradicionales franjas blancas.
Aquel coche clásico era su verdadero capricho.
Era una auténtica reliquia, pero seguía funcionando a la perfección.
Quizá el apego a ese vehículo también era otro síntoma de que seguía aferrado a una época más feliz de su vida.
La verja era alta y labrada, con las iniciales de la familia en dorado adornando cada una da las puertas.
Estas se abrieron lentamente, casi con parsimonia, algo que, lejos de impacientar al detective, le proporcionaba cierta calma.
Tom había aprendido a disfrutar del ritmo pausado de las cosas y entendía que todo necesitaba su tiempo, por lo que rara vez perdía los nervios.
Sin darse apenas cuenta, su respiración se acompasaba a ese ritmo calmado con el que las hojas se abrían. Necesitaba de esos segundos de tranquilidad que precedían a la tormenta. Era una preparación para lo que estaba por venir.
La grava crujía bajo los neumáticos del Mustang mientras este se aproximaba a la entrada principal de la casa.
Una gran fuente redonda presidía el acceso a la escalinata de la vivienda.
El detective se admiró por el esplendoroso jardín lleno de color que franqueaba la vivienda.
Era realmente de una belleza única debido al exquisito diseño que lucía.
Estaba claro que había sido estructurado por un experto paisajista.
Una persona del servicio se acercó al coche para solicitarle las llaves y aparcarlo en la zona en la que la familia guardaba sus vehículos.
Era un hombre alto, delgado pero fuerte, con una expresión adusta, quizá debido, en cierta medida, al ambiente que se respiraba en la casa.
Debía estar por la mitad de los cuarenta, aunque tenía profundas arrugas en la frente que perfectamente podían corresponder con una edad más avanzada.
Beckett educadamente declinó su oferta y solicitó dejar el vehículo al pie de la escalinata de acceso a la casa.
No tenía intención de quedarse mucho tiempo y tampoco le apetecía tener que esperar a que le sacasen el coche cuando estuviera dispuesto a marcharse.
De mala gana, el otro finalmente accedió.
Tom, por un segundo, tuvo la sensación de que aquel hombre le estudiaba detenidamente.
En cuanto subió las escaleras, uno de los sirvientes le abrió la puerta. Parecía que estuviera esperando su llegada. Toda aquella parafernalia le parecía salida de otra época. Él no comulgaba con esa forma de vivir de los ricos, pues daba la impresión de que no podían hacer nada por sí mismos.
No les envidiaba.
Aquel gusto por “no hacer” solo podía atrofiar los sentidos.
Lo único que él podría anhelar era la vida en pareja, ya que seguía echando de menos a Julia como el primer día, pero presumía que seguramente la vida en común de los Banks era más anecdótica que otra cosa.
No le extrañaría que el magnate estuviera consagrado a su trabajo y sus empresas.
Tal vez solo se estaba dejando llevar por sus prejuicios.
El empleado le acompañó al despacho en el que le aguardaba Gregory Banks. Bien parecido y con porte atlético, a sus cincuenta y tres años se conservaba realmente bien. Había sido padre muy tarde y su esposa era mucho más joven que él, ya que contaba con casi veinte años menos.
—Señor Beckett, me temo que va a tener que disculpar a mi mujer, puesto que se encuentra indispuesta.
Lo de nuestro pequeño Harry la ha destrozado.
Tener que identificar, además, el cuerpo…
Bueno… Se puede hacer una idea. Esto es una verdadera pesadilla.
Pero alguien tiene que mantenerse al frente, así que será mejor que empecemos cuanto antes —comentó el empresario de forma aséptica y estudiada.
Al detective le dio la sensación de que trataba aquello como si fuera uno más de sus negocios.
Por otra parte, había quedado claro que era un hombre acostumbrado a mandar y dirigir, algo que Beckett no estaba dispuesto a admitir.
Si quería contar con sus servicios, tendría que dejarle tomar las riendas.
De lo contrario, abandonaría el caso sin mirar atrás.
Casi deseaba poder disponer de esa oportunidad.
—Lamento mucho que la señora Banks se encuentre así, pero me temo que no puedo marcharme hoy de aquí sin hablar con ambos.
Necesito recabar toda la información posible y, aunque crea que no hay nada que ella me pueda contar que usted no sepa, le aseguro que lo más probable es que se equivoque.
—Hizo una pausa estudiada y no pasó por alto el gesto de desaprobación del empresario.
No era la primera vez que tenía que vérselas con clientes como este, acostumbrados a dirigir y controladores por naturaleza.
Era fundamental marcar el territorio y dejarles muy claros los límites que no podían traspasar.
Tom Beckett no tenía jefes. Él era el único que tomaba las decisiones en su trabajo.
Era el experto y el técnico en su campo, nadie más.
Si se equivocaba, asumía la responsabilidad, pero no era ninguna marioneta.
—Nunca debemos menospreciar el sexto sentido de una madre —continuó argumentando—.
Quizá hay algo que ella percibió o que intuya y que pueda sernos de utilidad.
Así que no voy a prescindir de ninguna de las fuentes de información que estén a mi alcance.
Igualmente, le avanzo que, siempre y cuando lo considere necesario, tengo intención de hablar con el personal de sus empresas, y en especial con los que trabajan aquí en la casa, como podrá comprender.
Nunca se sabe quién puede proporcionarme alguna pista.
Son demasiados testigos potenciales de los que no puedo prescindir.
Banks le miró con gesto contrariado. Estaba claro que no estaba acostumbrado a que le dieran órdenes. El detective observó cómo apretaba las mandíbulas, guardándose para dentro lo que le gustaría decirle. Si no fuera porque le necesitaba, no se habría callado, eso ambos lo tenían claro.
—Siento ser tan directo, pero quiero dejar los términos bien claros antes de comenzar. Tengo mi propia forma de trabajar y es mejor que ustedes lo sepan. No quiero malentendidos más adelante. Ayer no me pareció oportuno ponerlo en su conocimiento debido a las circunstancias.
—Le aseguro que hoy esas circunstancias no son mucho mejores.
—Me hago cargo, señor Banks, pero no puedo dejar correr el tiempo. Si todavía confía en mis servicios, deberá dejarme actuar a mi manera. Me temo que en eso soy inflexible.
Hubo un cruce de miradas que parecieron batirse en duelo. Tom Beckett se mantuvo flemático. En verdad, no tenía nada que perder. Si decidían prescindir de sus servicios, en realidad le harían un favor, puesto que sabía que ese tipo de investigaciones son de las que te pasan factura.
Por otro lado, si finalmente era despedido, era consciente de que no podría olvidarse sin más de aquello. De un modo u otro, continuaría al tanto de la investigación que llevase a cabo la policía. De un modo u otro también, sentía que ya estaba inexorablemente vinculado a aquel asesinato.
¿Como desasirse sin más después de ver el cadáver de aquel pobre niño?