4 Casa pero no hogar
R egresó a su casa ya bien entrada la noche.
Estaba agotado. No era tanto cansancio físico, sino más bien emocional.
Por mucho que Tom Beckett se esforzase en mostrarse impertérrito y detestase que los demás pudieran intuir sus sentimientos, lo cierto era que, en algunas ocasiones, las emociones llegaban a desbordarle.
Ese era el caso en la actualidad.
Prefería mil veces ganar menos dinero con una investigación si está era más ligera que la carga mental que casos como el que tenía en ese instante entre manos le suponían.
No obstante, le gustase o no, era bastante habitual que le llamasen para investigaciones complicadas, algunas de las cuales implicaban asesinatos o cuestiones de violencia de distinta índole.
Su fama le precedía, y no solo por la labor realizada en su corta época en la comisaría.
Aquellos tiempos hacía mucho que quedaron atrás.
En los años que llevaba como investigador privado, los rumores acerca de sus habilidades se habían extendido, motivo por el cual nunca le faltaba trabajo.
A veces, más del que desearía, puesto que le gustaba vivir sin prisas, con temporadas de descanso entre una investigación y la siguiente, en especial cuando se trataba de asuntos arduos como el actual.
Intentó negarse cuando los Banks le llamaron.
Todavía estaba reponiéndose de su último trabajo, el cual le había supuesto más de lo que imaginó en un principio.
No quería involucrarse en nada demasiado complejo.
De hecho, les sugirió un par de nombres de tipos muy competentes que podrían encargarse.
No quería comprometerse con algo que le provocaría un sufrimiento que le costaría gestionar de forma eficiente.
Sabía que aquello podría traerle un desgaste considerable a nivel personal.
Cuando los padres, en especial la madre, le suplicó entre lágrimas que por favor aceptase, ya no tuvo fuerzas para negarse. Tras abandonar la casa después de ello, se maldijo interiormente por no mostrar suficiente determinación para dejar aquel feo asunto en manos de otro.
Ahora ya no había marcha atrás.
Tom Beckett era bueno sin pretenderlo y se había ganado su fama a pulso.
No había perseguido tal cosa, puesto que él solo quería hacer bien su trabajo, sino que esta le había llegado sin esperarlo.
Se podrían citar diversos motivos, pero resultaba innegable que su relevancia creció tras su participación en dos investigaciones que terminaron en los medios de comunicación de la zona.
Tom Beckett era un hombre que atendía a los detalles y que no se detenía ante los obstáculos.
Muy al contrario, eso alimentaba su motivación.
Resolver el enigma y sortear las dificultades que iban surgiendo eran la gasolina que alimentaba ese motor que era su cerebro.
Le gustaba su trabajo, a pesar de todo. Le resultaba desafiante poder resolver rompecabezas cuyas piezas las formaban elementos de la vida real.
Sentía que su vida tenía un poco más de sentido cuando lograba ayudar a otros.
De hecho, le gustaba mucho ser policía, aunque hubiera abandonado la profesión hacía ya tanto tiempo.
Fue su auténtica vocación. Desde muy niño, se imaginaba trabajando como representante de las fuerzas del orden.
Y a pesar de todo ello, sus motivos para abandonar aquel trabajo que tanto amaba, los cuales solo entendía él, eran poderosos y, en su forma de ver las cosas, no tenían vuelta atrás.
Cuando se casó con Julia, Tom contaba con veintiocho años.
Accedió muy pronto al cuerpo de Policía de Carmel y demostró ser un baluarte de primer orden.
Trabajador, siempre dispuesto a echar horas y a colaborar con los compañeros, hombre de buen talante y habilidades sociales por encima de la media, cambió casi por completo tras el suceso que definiría una línea fina pero muy clara entre el antes y el después del fallecimiento de Julia.
La que había sido su mujer durante tan solo cinco días, encontró la muerte cuando estaban de luna de miel en un crucero por el Caribe.
La mañana de autos, ambos se levantaron con la felicidad que solo experimentan los recién casados que se encuentran dentro de esa burbuja fruto del enamoramiento.
Estaban disfrutando de un descanso bien merecido y de un viaje de ensueño.
El barco era enorme, con todo tipo de entretenimientos a bordo, lo que hacía las delicias de todos los viajeros.
¿Cómo presagiar que la mayor de las desgracias les esperaba a la vuelta de la esquina?
A mediodía estaba previsto que llegaran a puerto y realizaran una excursión.
Julia jamás llegó a bajarse del barco.
Al menos, no con vida.
Después de tantos años desde lo sucedido, Tom seguía sin creer que ella se tirara por el hueco de las escaleras, que era la versión que manejaron las autoridades locales.
Cayó desde un piso dieciocho hasta donde se encontraba la bodega del barco, un batacazo que le costó la vida después de golpearse varias veces el cráneo por su mortal vuelo hasta el suelo.
Su viudo insistía en que alguien debía haberla empujado, pero no hallaron evidencias de tal cosa y él tampoco fue capaz de encontrar pruebas que corroborasen su teoría.
Nadie lo había presenciado, ya que era de madrugada.
Tom sospechaba que Julia se había despertado pronto y quiso ir a cubierta para ver amanecer.
Por supuesto, descartaba la hipótesis de que ella se hubiera lanzado por ese hueco incierto, así que solo quedaba un accidente como posibilidad viable y asumible.
Quizá se resbaló y tuvo la mala suerte de hacerlo por encima de la barandilla.
Las preguntas persistían muchos años después.
El sentimiento de impotencia también.
El hecho de ser policía y, a su parecer, de no haber logrado dar con la verdad, se convirtió en una losa con la que se veía incapaz de cargar. ¿Cómo podría servir a los demás si ni siquiera pudo descubrir cómo murió realmente la persona más importante para él?
Abandonó el cuerpo pocos meses después.
El peso de la culpa era abrumador.
No se veía con ánimo de seguir trabajando como poli. Ya no. Se sentía un farsante al hacerlo. Un impostor que juega a aparentar ser alguien que realmente no es. ¿Cómo iba a ayudar a otros si ni siquiera fue capaz de ayudar a su esposa?
Comenzó un largo periplo laboral que finalmente le condujo, más o menos, al punto de partida. Lo intentó en distintos ámbitos, barajó opciones, imaginó distintas trayectorias profesionales que podría seguir. Cada uno de esos intentos le traía un poco más de infelicidad y frustración.
Al final, tras probar distintos trabajos, finalmente decidió volver a hacer lo que mejor se le daba: investigar. Había nacido para ello. Por mucho que en los momentos posteriores al duelo aborreciera lo que hacía, terminó reconciliándose con su profesión en cierta medida.
No le quedó otra.
Los años transcurridos solo habían logrado adormecer el dolor, pero no apagarlo.
Era incapaz de olvidar a su querida Julia, con la que tantos planes de futuro había trazado.
Se quedó instalado en un duelo permanente.
El Tom Beckett que regresó de aquel crucero se parecía muy poco al que embarcó en él: alegre, con chispa, lleno de planes e ilusiones, radiante y feliz.
Se transformó en una sombra de sí mismo.
No obstante, su carácter volvió casi a dulcificarse con el tiempo.
Al menos, ahora tiraba de humor para seguir adelante, aunque este fuera un tanto ácido en algunas ocasiones y no todos lo entendiesen.
Pero era su mecanismo de defensa, lo que le mantenía a flote, lo que le impedía perder la cordura.
Disfrutaba de la lectura en soledad. Leía de forma voraz novelas de diferente género, tal vez porque necesitaba emborracharse de fantasía para no morir de realidad.
También le gustaba simplemente dejar que su mirada se perdiera en las aguas del Pacífico, sentado en el porche de su humilde vivienda, sin más pretensiones que la de convertirse en un refugio de sí mismo.
Solía salir poco y relacionarse menos. Parecía un castigo autoimpuesto, como si ya no mereciera disfrutar de la vida ni de la compañía de los otros.
Y a pesar de ello, no había perdido sus habilidades, por mucho que fuera un hombre más sombrío de lo que fue en su juventud.
Se le daba bien la gente sin pretenderlo.
Le costaba poco conectar con otros y ganarse su confianza, en especial cuando necesitaba algo de ellos, como podía ser cualquier tipo de información durante las investigaciones que llevaba a cabo.
Aquella noche era de las difíciles. El cuerpo de aquel niño inocente tirado en la arena de la playa le había rasgado las entrañas.
Su imagen estaba grabada a fuego en su mente.
Y aunque sabía que necesitaba explorar el escenario del crimen, analizar con detalle el cuerpo y conocer cada mínima información que pudiera ser relevante, también era consciente de que le costaría mucho soportarlo.
Hay heridas imposibles de cauterizar.
Hay heridas que, por más que lo intentes, nunca dejan de sangrar.
Se acordó poco antes de irse a dormir de que no había respondido a las llamadas de su hermana. Suspiró. Ya le pondría remedio al día siguiente. Ahora, simplemente no podía afrontar cualquiera que fuera la conversación pendiente con ella.
Se tumbó confiando en que el sueño acudiera en su rescate.
Sus ojos miraban al techo incapaces de desconectar.
Los cerró, intentando que eso ayudase a calmar su mente extasiada.
Parecía resultar en vano. Las imágenes del cuerpo del niño acudían en tropel.
Aquella mirada perdida, los ojos vacíos velados por la irreverencia de la muerte.
Un nudo se instaló en su garganta. Apretó más los párpados para impedir que las lágrimas mojasen la almohada.
No podía comprender la crueldad de este mundo.
El tipo duro que todos creían que era Tom Beckett se derrumbó en la oscuridad y la soledad de su casa aquella noche.
Una casa que le resguardaba, pero que nunca había sentido que fuera su hogar.