3 Análisis preliminar
T al y como era de esperar, el capitán Benjamin Button se aproximaba al forense y al detective privado, no solo con la intención de averiguar más cosas sobre el crimen, sino también con ganas de echar más leña al fuego.
Tras la breve tregua de instantes antes, volvía a la carga.
No le gustaba que esos dos estuvieran hablando.
Le daba mala espina, pues sospechaba que tramaban algo a sus espaldas.
Conocía perfectamente lo bien que se entendían y le fastidiaba que al forense se le pudiese ocurrir la brillante idea de facilitarle información a Beckett antes que a él.
No era solo por la investigación, sino sobre todo por una cuestión de orgullo.
No quería sentirse ninguneado y el forense le había tratado más de una vez como si fuera un cabeza de chorlito.
Conocía bien su animadversión hacia él, incluso sabía que le culpó en el pasado de que Tom Beckett terminase por abandonar el cuerpo.
El médico consideraba que, de forma muy oportuna, Button se quitó de en medio al hombre que podría haber optado al cargo de capitán, arrebatándoselo sin que hubiera tenido la menor oportunidad.
Sin Beckett en la comisaría, se encontró en el momento y lugar perfectos.
Pues bien, le gustase o no al forense, él era el jefe allí, la máxima autoridad en ese escenario, y tenía que rendirle cuentas, aunque eso no fuera totalmente cierto, ya que Button no era ni mucho menos su jefe directo.
—Espero que no estés contaminando la escena del crimen —espetó, en cuanto llegó a la altura de los dos hombres.
No daba tregua. El problema era que no veía que se ponía en evidencia cada vez que lanzaba un ataque tan infantil como aquel.
Todos allí sabían que Tom Beckett podía tener muchos defectos, pero entre ellos no estaba el de ser descuidado.
Muy al contrario, tenía fama de ser extremadamente meticuloso.
—No, en absoluto. Conoces bien mi forma de proceder y sabes que soy cuidadoso —se defendió el detective privado, aunque mostrando cierta desgana.
Empezaba a estar cansado de aquella pelea pueril.
Después de ver el cuerpo del niño, lo único que quería era poder avanzar y hallar al maldito desalmado que había cometido aquella atrocidad.
—Me da igual como seas. Creo que va siendo hora de que te vayas, Tom. En serio, nos conviene trabajar tranquilos. No necesitamos a nadie merodeando por aquí. Te haremos llegar la información que estimemos oportuna.
—Tranquilo, Ben. Me conoces y sabes bien que prefiero ver las cosas por mí mismo, no te ofendas.
Solo quiero terminar con mi análisis preliminar y me voy.
Prometo estorbar lo menos posible y, sobre todo, no molestarte ni lo más mínimo.
Tanto es así, que no tengo ni intención de seguir hablando contigo —afirmó, al tiempo que se despedía con un gesto de cabeza del doctor Parker.
—Mejor será. No quiero verte cerca de mi comisaría. Avisado quedas.
Tom siguió adelante sin mirar atrás. Contestarle solo era darle más munición. Benjamin Button era como un pez, el cual no puede dejar de comer mientras haya comida. Lo mejor era retirarle el alimento antes de que explotara.
No le cabía ni la menor duda de que, en más de una ocasión, tendría que ir por comisaría o contactar con quien llevase la investigación.
Era inevitable y todos los sabían. Button era el primero que debía ser consciente de ello y por eso había aprovechado la circunstancia para soltarle aquel comentario malintencionado.
La familia del crío le había encargado dar con el asesino y no tenía intención de incumplir su labor.
No era solo por el compromiso profesional adquirido, sino por propio deseo personal.
Detestaba los crímenes en lo que los niños eran las víctimas.
Le parecía el delito más horrendo y abominable.
En esta ocasión, si Button se ponía excesivamente pejiguero y le ponía trabas, no dudaría un instante de echarle encima a los Banks.
Si aquello finalizaba con que tuviera que abandonar su cargo, no lo iba a lamentar ni lo más mínimo.
Tom y su mujer no tuvieron tiempo de tener hijos.
Ni siquiera tuvieron la oportunidad de planteárselo en serio.
No se debía a que fueran clásicos o conservadores con ese tema, pero preferían esperar a estar casados para intentarlo.
El motivo era tener una estabilidad legal y profesional.
Les gustaba meditar las cosas y andar sobre seguro.
Ambos eran muy conscientes de la importancia que tiene para los niños ofrecerles un hogar seguro y libre de incertidumbres innecesarias.
Solo pudieron soñar en un futuro juntos.
Pero el sueño se hizo añicos con la muerte de ella.
Beckett estaba muy enamorado de Julia. No se veía capaz de sobreponerse a aquel dislate del destino, ni siquiera tanto tiempo después.
Había perdido a su alma gemela, mucho más allá del cliché.
Le habían estirpado una parte muy importante de sí mismo y nunca podría volver a sentirse completo.
Realmente ambos sentían que habían nacido para estar juntos, puesto que se entendían a la perfección y tenían una conexión muy especial que no todo el mundo podía comprender.
Solo unos pocos elegidos alcanzan ese nivel de entendimiento.
Desde el fatídico suceso, no había hecho ni el menor intento de rehacer su vida en ningún sentido.
Se había acostumbrado a una forma de vivir sombría que transcurría entre tonalidades grises y apagadas.
Le iba bien así, o eso creía, puesto que lo había convertido en su zona de confort y se había convencido de que, fuera de ella, no había nada que mereciera la pena ser descubierto.
El timbre de su teléfono le devolvió a la realidad.
De nuevo, lo sacó del bolsillo por si era una llamada de la familia del crío.
Sin embargo, otra vez vio el nombre de su hermana en la pantalla.
De nuevo, cerró los ojos por un segundo.
No solía insistir tanto cuando le llamaba, pero no se sentía con ganas de responder.
No tenía ánimo para aguantar sus típicas charlas acerca de lo que debía hacer con su vida y sus consejos basados en lo que decía algún influencer de moda que seguía en las redes sociales.
Esta vez esperó a que la llamada cesara.
Su mente volvió al caso.
Era capaz de compartimentar su cabeza de tal forma que aquello que pudiera distraerle fuera guardado en un cajón hasta que tuviera el tiempo y la capacidad de atenderlo debidamente.
Sin lugar a dudas, necesitaba conseguir toda la información que recogiera el forense.
Sabía que era más difícil lograr los resultados del laboratorio, pero lo intentaría de igual modo.
Necesitaba saber si el niño tenía heridas defensivas o si había restos bajo las uñas.
Eso sería, sin duda, un golpe de suerte, sobre todo si el ADN estuviera registrado en el CoDIS, la base de datos creada y gestionada por el FBI.
También era importante conocer si en su ropa hallaban alguna fibra o cualquier tipo de evidencia que pudiera abrir una línea de investigación.
Si el asesino había dejado algo atrás, los de la científica lo sabrían.
Quizá un mínimo descuido, un error que pudiera parecer insignificante, podría convertirse en la clave que les llevase hasta él.
Era demasiado suponer, por el momento.
No sabía bien cómo logró convencer a los padres de que no se acercasen al lugar del crimen, en especial hasta que quedase confirmada la identidad de la víctima. Se mostraron muy vehementes al respecto, pero consiguió que esperasen sus noticias en casa. Era lo más recomendable para ellos.
Gregory Banks no estaba acostumbrado a que nadie le mandase, así que mucho debía confiar en el detective para acceder a seguir su recomendación.
Presenciar aquella masacre y ver el estado en el que había quedado el cuerpo de su pequeño no les iba a hacer ningún bien.
Esa imagen no se borraría jamás de su memoria.
Se ganó su confianza en un momento sumamente difícil, lo que debía aprovechar en favor de su investigación.
Era algo básico pero, al mismo tiempo, un extra de presión, puesto que no podía traicionarla y sabía que sería su referente en lo tocante a toda la información que les llegara, la cual tratarían de contrastarla con él.
O eso era, al menos, lo que esperaba.
No podía demorar más el momento de confirmarles que era su hijo el niño que había aparecido asesinado a tan poca distancia del lugar en el que residían.
Sabía que hasta que ellos no identificasen el cadáver y se realizasen las oportunas pruebas de ADN, dicha confirmación no sería definitiva, pero no podía seguir ocultándoles que era su hijo el que yacía sin vida en la arena.
Imaginaba el dolor de la incertidumbre, solo superado por el de la certeza de la muerte. Pensó que, al menos, la certeza te marca una dirección a seguir y no te deja instalado en un limbo perpetuo. Aunque no era el consuelo que necesitaban, al menos les daría un mínimo de paz.
Cuando llegó a la mansión, se respiraba un ambiente sombrío, tal y como era de esperar.
Enseguida fue recibido por los dueños de la casa.
El modo de afrontar esa nueva realidad devastadora fue dispar.
Por su parte, la madre, arrasada por el dolor de esa pérdida incomprensible, tuvo que ser dopada, casi de forma literal, con calmantes y ansiolíticos.
El padre, en cambio, era la viva imagen de la rabia.
Lanzó todos los objetos que había en la mesa de su escritorio cuando el detective le hizo llegar la noticia.
Tom Beckett no quería ni imaginar de lo que sería capaz aquel hombre si tuviera enfrente al asesino de su hijo en ese preciso instante.
Lo entendía.
Él mismo se veía en la posición de reaccionar de la misma manera. Solo una persona que había visto cómo se le arrebataba la vida de un ser querido de forma despiadada podría entender lo que pasaba por la mente de Gregory Banks.
El detective era consciente de que, con ese tipo de familias, uno no podía jugársela.
Debían estar seguros en todo momento de que el investigador que habían contratado estaba haciendo todo lo posible y tendría que demostrarlo con hechos.
Dejaría clara su lealtad hacia ellos siempre que fuera necesario.
Tampoco dudaría en tirar de sus contactos, gracias a la relevante posición social que ocupaba en la zona, para tener a su disposición toda la información y recursos que necesitara.
No era el tipo de hombre sin escrúpulos al que no le importa avasallar ni pisar cabezas para conseguir lo que busca, cuando se trataba de un beneficio personal.
Sin embargo, hacía lo que fuera necesario sin pensarlo dos veces si la resolución de una investigación lo requería, en especial tratándose de un crimen como ese.
El lugar en el que había aparecido el cuerpo le parecía que era toda una osadía por parte del asesino.
No estaba demasiado lejos de la mansión en la que vivían los Banks y se encontraba en una de las playas más exclusivas de la zona, con el acceso restringido gracias a que pertenecía a la acotada zona de la Seventeen Miles Scenic Road.
Eso demostraba muy poco respeto hacia la familia, una forma de insinuar que había matado a su hijo casi delante de sus narices sin que ellos pudieran hacer nada para evitarlo.
¿Les estaba desafiando, quizá?
¿O quería ensañarse un poco más por si el dolor de la pérdida no era suficiente castigo de por sí?
Tal vez, aquel acto podría traducirse en un rasgo de la personalidad del asesino del niño. Por un lado, insinuaba que era un ser vengativo, sin escrúpulos y con odio acumulado. Por otro, demostraba cierto nivel de sociopatía, puesto que era una muestra de su absoluta falta de respeto.
Por lo que había observado en el cuerpo del niño y en la presentación del escenario, el criminal no sentía ningún remordimiento por lo que había hecho.
Eso era otra señal más de que no tenía ni el menor respeto por la vida humana y que poco le importaba arrebatársela a un pequeño inocente y frágil.
Buscaba su satisfacción personal, sin contemplar nada más.
Desde luego, todo el dinero del que disponían los Banks, que era mucho, no había evitado que su hijo muriese a manos de un desalmado.
La muerte tiene la capacidad de igualarnos a unos y otros.