2 Escenario
L a escena del crimen era bastante reveladora.
Parecía evidente que asesinaron al crío allí mismo, debido a la cantidad de sangre que había alrededor del cuerpo, principalmente de la cabeza.
El asesino no había demostrado ni el menor pudor en matarlo ni tampoco remordimiento alguno.
Los ojos del pequeño, velados por el blanco de la muerte, permanecían abiertos mirando a un punto en el infinito.
Resultaba estremecedor.
No se molestó, tampoco, en esconderlo, sino que era evidente que sabía que lo encontrarían más pronto que tarde.
Quizá quisiera que lo hicieran, que la familia supiera la suerte que había corrido su hijo.
Tal vez, incluso, estuviera cerca, pendiente de observar la reacción de esos padres rotos por el dolor.
Por suerte para ellos, no se encontraban allí.
El detective Beckett logró disuadirles algunos minutos antes de que no lo hicieran.
Ni siquiera sabía cómo lo había conseguido.
Teniendo en cuenta esos factores, el investigador no dudaba que debía de tratarse de alguien con muy poca humanidad, puesto que, además, el nivel de crueldad que mostraba el cadáver era extremo.
Resultaba devastador para cualquier persona que pudiera considerarse normal, así que no podía imaginar lo que contemplar aquella imagen supondría para los padres de la criatura.
El niño no solo lucía esa siniestra sonrisa que le había dibujado el asesino de izquierda a derecha por debajo de la línea de la mandíbula, sino que, por si fuera poco, tenía moratones de distinta consideración.
Tom Beckett sintió una náusea al pensarlo.
¿Quién puede disfrutar causándole dolor a un pobre niño?
Desde luego, alguien a quien no se le puede considerar humano.
La direccionalidad del corte hablaba de un hombre diestro.
Era muy poco probable que este tipo de asesinato fuera perpetrado por una mujer.
Esta forma de violencia era típicamente masculina.
El tajo era firme y limpio, lo que indicaba que el criminal era ducho en este tipo de acciones.
No se veía ni rastro de duda en el corte.
Seguramente, no estaban ante su primer crimen.
En cuanto a los motivos que podría haber llevado al asesino a cometer aquella barbarie, era muy pronto para determinarlo, pero se le ocurrían unos cuantos.
Al fin y al cabo, la familia Banks había sido objeto de expresiones de odio recientemente debido a los despidos masivos en una de sus plantas de fabricación de vehículos.
El sentir general se hacía eco de acusaciones contra la familia por echar a la gente de manera injustificada, cuando lo cierto era que las empresas del grupo seguían obteniendo pingües beneficios.
Y no les faltaba razón, puesto que los Banks eran los socios mayoritarios de un Holding que englobaba actividades empresariales de diverso tipo, no solo relacionadas con el automóvil, sino también con los medios de comunicación, energías renovables y otras de distintos sectores con un tamaño mucho más moderado.
Resultaban un poco como el perejil que está en todas las salsas, puesto que sus activos tocaban muchos palos, lo que les garantizaba que, cuando iba mal un negocio, había otros que compensaban las posibles pérdidas.
La historia hablaba de una buena gestión de riesgos, ya que solían actuar con diligencia cuando alguna de las empresas del grupo flaqueaba por alguna razón, y no dudaban en venderlas o disolverlas si consideraban que era la mejor opción.
Cortaban por lo sano cuando era preciso, sin mirar lo que eso suponía para sus trabajadores.
Más adelante indagaría en los motivos, pues también cabía la posibilidad de que las razones del asesinato poco tuvieran que ver con aquello.
El objetivo no había sido Gregory Banks, el magnate, sino su hijo y eso no terminaba de cuadrar en aquel razonamiento.
No obstante, el motivo económico solía estar entre los principales candidatos, aunque era más común cuando la víctima era una persona adulta.
Por el momento, lo que Tom Beckett observaba era el cadáver de un niño que permaneció secuestrado cerca de una semana.
No se pidió rescate por él, algo desconcertante si el objetivo inicial estaba relacionado con el dinero, lo cual ahora parecía improbable.
Era el móvil que se había barajado, pero en ningún momento el secuestrador o los secuestradores, se habían puesto en contacto con la familia ni habían hecho el mínimo ademán de reclamar una cantidad de dinero a cambio de la vida del pequeño.
Debía haber otras razones.
La piel del pequeño mostraba deshidratación, no necesitaba que se lo dijera un forense, puesto que ya había visto muchos casos similares en el transcurso de su carrera, tanto como policía como detective.
La epidermis se encontraba apergaminada y presentaba una evidente pérdida de turgencia. Además, los ojos estaban hundidos.
Aquellos síntomas le hacían sospechar que el crío estuvo durante los días que duró su secuestro privado de agua y, posiblemente también, de alimento.
Una corriente eléctrica mezcla de odio, rabia e indignación se extendió dentro de él.
Si pensaba matarle, ¿por qué alargar la agonía y hacerle sufrir?
Dar esperanza a quien no tiene salida es otra forma de tortura.
Hacerlo con un crío es algo incalificable.
Sonó su teléfono en el bolsillo. Lo cogió y vio el número de su hermana en la pantalla. Cerró y apretó los párpados por un segundo. No tenía tiempo para hablar con ella en aquel momento. Ya la llamaría en otra ocasión mejor, si es que la había.
Sabía que se mentía a sí mismo con ese falso propósito sin necesidad de tal cosa, pues no tenía ni la menor intención de hacerlo. No engañaba a nadie y menos a sí mismo. Se había convertido en todo un especialista en eludir conversaciones incómodas y con su hermana casi todas iban en esa línea.
—¡Hombre, Tom! Me alegra verte por aquí.
—Una voz familiar le sacó de su ensimismamiento y justificó que colgase la llamada—.
Hacía mucho que no coincidíamos en un escenario —le dijo Allan Parker, forense del condado de Monterey.
Mediados los cincuenta, seguía manteniendo un atractivo innegable.
Era un hombre elegante de buen porte y cuyos gestos transmitían también cierta distinción.
La relación con Beckett, mientras este permaneció en las filas de la policía, había sido extraordinaria.
Ambos tenían un nivel de inteligencia superior al de la mayoría de las personas de su círculo profesional, algo que no siempre sentaba bien, en especial cuando hacían patente, sin pretenderlo, la estupidez de algunos, como en alguna ocasión había sucedido con Button.
Aquella amistad provenía de muchos años atrás, antes de que Tom quedara viudo a causa de un desgraciado accidente en su viaje de novios.
A partir de entonces, se alejó de todo y de todos, sin considerar el sufrimiento que podía causarles.
Parker fue uno de los que sintió la ausencia de su buen amigo.
—¿Cómo te va, Allan?
—No me quejo. La vida no me trata demasiado mal.
Oye, ¿qué te parece si retomamos, en alguna ocasión, los viejos hábitos y compartimos un buen vino algún día?
—le propuso, como tantas y tantas veces había hecho, con la esperanza de recuperar aquella amistad que tuvieron en su momento.
No fueron pocas, ademas, las ocasiones en las que habían cenado juntas las dos parejas, compartiendo buenos ratos hasta altas horas de la madrugada gracias a interminables conversaciones.
—Es una buena idea. Cualquier día de estos —mintió Tom, puesto que sabía que dicho encuentro no iba a tener lugar. No obstante, era consciente de que la verdad no siempre es socialmente aceptable y, como en tantas veces, la mentira resulta ser políticamente más correcta que la sinceridad.
Ironías de la vida.
El forense lo observó, comprendiendo que esa respuesta era exactamente la misma que le había dado en todas las ocasiones anteriores que se lo propuso en otros encuentros fortuitos.
Realmente le gustaría mantener una charla con él, ya que quería hacerle comprender que la vida sigue, a pesar de que esta, en ocasiones, se muestre cruel y vengativa con nosotros.
Él era alguien acostumbrado a lidiar con la muerte y sentía que estaba en posición de decirle algo al respecto.
No podía permanecer aislado del mundo el resto de sus días.
Ya había pasado demasiado tiempo desde el terrible accidente.
El duelo en el que se había instalado su antiguo colega debía llegar a su fin.
Tendría que esperar a otro momento.
—Supongo que ya estás al tanto de lo sucedido aquí. Por lo que me han comentado, la familia te ha llamado para que te encargues personalmente de esto, algo que ya imaginarás que no ha gustado demasiado entre los del gremio.
—No sé por qué lo dices, pues me han recibido con vítores y aplausos —ironizó.
—Justo lo que me imaginaba, sobre todo en el caso de nuestro querido capitán Benjamin Button. Seguro que le ha subido hasta la tensión solo con verte en la escena del crimen. Ya sabes que eso es algo que la mayoría disfrutamos por aquí —observó en tono de broma el médico.
—Sí, él ha sido quien ha mostrado mayor fervor. Hay cosas que no cambian con los años.
El forense se rio con ganas.
—Está claro que levantas pasiones allá donde vas, amigo mío.
Beckett se encogió de hombros, esbozando una sonrisa de lado. Era hora de hablar de trabajo. No pretendía ser cortante, pero verdaderamente quería avanzar lo máximo posible. La familia estaba esperando que les llevase algunas respuestas.
—¿Puedes decirme algo que no sepa ya?
—No creo, Tom, salvo una estimación de la hora de la muerte si te esperas a que mida la temperatura del hígado.
Ya sabes que no será un dato demasiado preciso, teniendo en cuenta las condiciones climatológicas.
Por tanto, no podré decirte nada realmente útil hasta que le haga la autopsia.
Supongo que ya habrás sacado tus propias conclusiones observando el inicio del rigor mortis del cuerpo.
—Bueno, al margen de la causa definitiva tan evidente, sí que he apreciado la deshidratación en el crío. Apostaría algo a que tampoco le alimentó mientras estuvo cautivo. Y si lo hizo, desde luego no fue lo suficiente —concluyó, al tiempo que el forense asentía ligeramente.
—¿Has visto también las marcas que tiene en el tobillo derecho?
La pregunta le pilló por sorpresa. No había podido ver nada más allá de lo que se encontraba a la vista de todos, puesto que solo el forense y los policías al cargo de la investigación oficial podían tocar el cuerpo —una vez tomadas las oportunas fotos y evidencias—, hasta que se hiciera el levantamiento del cadáver.
—No, eso no. ¿A qué te refieres?
—Mira, fíjate en esto —le dijo levantando un poco la pernera del pantalón, al tiempo que le indicaba unas señales evidentes que rodeaban el tobillo.
Tom Beckett aguzó la vista y trató de fijarse con mucha atención.
Casi de manera inmediata, le sorprendieron unos dibujos morados que le recordaban a algo muy concreto.
La visión de aquello desencadenó una reacción fisiológica en su interior que se correspondía con un sentimiento de profunda rabia. Aquel caso cada vez le repugnaba más.
—Este niño ha estado encadenado —observó de la forma más aséptica posible, disimulando el torbellino de emociones que se estaba desatando en su interior. No le agradaba mostrar sus sentimientos delante de los demás, a pesar de que, en esta ocasión, le estaba costando esconderlos.
—Sí, eso parece. Vamos a ver si solo ha sido un tobillo o también las muñecas —sugirió el doctor Parker, con la esperanza de no encontrar nada más.
Le levantaron las mangas del jersey que llevaba puesto. No se apreciaban marcas que sugiriesen que había estado atado, algo que les supuso un leve alivio.
—Solo un tobillo. ¿Y hay más magulladuras o laceraciones en alguna otra parte del cuerpo?
—indagó. Le vino a la cabeza una de las escenas de la película Saw , la primera de todas la saga, en la que el hombre que estaba encadenado a la altura del tobillo se ve obligado a cortarse la pierna si quiere salir con vida de allí.
Otro engaño más del psicópata que le mantenía privado de su libertad.
—Eso te lo diré cuando examine el cuerpo en profundidad en mi mesa. Pero no te preocupes que te lo haré saber lo antes posible.
—¿Estás seguro de que Button va a permitírtelo?
—preguntó, mientras observaba al capitán acercarse hasta donde estaban.
Sus andares pesados y su rostro enrojecido transmitían la sensación de que estaba al borde de un infarto.
Por suerte para él, si aquel suceso se producía, tendría asistencia médica inmediata gracias a la presencia de los sanitarios en el lugar y la del propio forense.
La distancia hasta el sitio en el que estaban Beckett y Parker era bastante corta y, sin embargo, parecía que estaba haciendo un esfuerzo titánico para cubrir los escasos metros que les separaban.
Verdaderamente confiaban en no tener que certificar su muerte. Resultaría un verdadero inconveniente que al capitán de policía le estallase el corazón en la escena de un crimen.
—Bueno, creo que puedo hacer oídos sordos a lo que me diga, por eso no te preocupes —respondió el doctor—.
No sería la primera vez que me hago el tonto con él, si te soy sincero.
Aquí lo fundamental es dar con el que le hizo esto al pobre niño.
Y entre tú y yo, no confío mucho en la pericia de Benjamin.
—Ya somos dos, entonces.