Su último aliento 1 Tom
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Su último aliento

Su último aliento

Por Ariel Zorion

© inepub.com

1 Tom

Q uedarte viudo en tu luna de miel es algo que marca.

Es como si una línea fina, pero a la vez infranqueable, dividiera tu existencia en dos partes bien diferenciadas.

La primera es la que está marcada por la ingenuidad y la inocencia.

Te parece que la vida es algo amable y crees que tienes todo el tiempo del mundo por delante para cumplir tus sueños.

La segunda parte es la que viene después de ese tortazo del destino que te pone la cara del revés.

Entonces abres los ojos a una realidad desconocida, mucho más hueca, infinitamente más gris.

El dolor lo cubre todo con su tonalidad amarga y provoca que te hagas preguntas trascendentales en las que no habías pensado antes.

Tu carácter deja de ser el que era, transformándote en un espejismo de lo que un día fuiste. Es algo que entra dentro de lo esperable, porque con una patada en el mismísimo estómago de ese nivel de crueldad, a uno se le quitan hasta las ganas de vivir.

De sonreír, ya no digamos.

Desde aquel momento, Tom Beckett se había vuelto más introvertido, huraño y pesimista, por decirlo de alguna manera políticamente correcta.

Algunos dirían que se volvió más introspectivo.

Los que no sentían ni la menor simpatía hacia él, lo calificaban de una forma menos condescendiente.

Adiós al tipo sociable, aparentemente despreocupado y bromista de antaño con el que daba gusto pasar el rato.

También era ahora más sarcástico y tenía un humor negro que, desde luego, no le hacía gracia a cualquiera.

Podría decirse, sin temor a equivocarse, que era un “tocapelotas” de tomo y lomo. Su enfado con el mundo trascendía los límites de lo razonable, hasta el punto de tomar la decisión de llevar una vida ascética y permanecer lo más aislado del resto de seres humanos que le fuera posible.

Al menos, siempre que podía.

Pero vivir en sociedad es lo que tiene. En ocasiones, no te queda más remedio que verle el careto a tus congéneres.

Le gustase o no, de vez en cuando tenía que relacionarse con otros mortales.

En cuanto animales sociales y políticos que somos, también somos seres inevitablemente interdependientes y este no es un concepto nuevo, sino uno que ya acuñase Aristóteles en una época muy lejana.

No era en eso en lo que pensaba cuando veía el cuello rajado de aquel niño de siete años que no había tenido tiempo material de merecerse un final como ese.

Eso sí que era una cruel patada del destino, una broma macabra sin parangón.

Porque cuando un crío muere, todo lo demás parece menos importante.

Es lo que tiene la relatividad, y no hablamos aquí del principio que propuso Einstein precisamente, sino de otro concepto mucho más filosófico.

El chico era hijo de una familia adinerada que vivía en una mansión dentro de los límites de lo que se conocía como la Seventeen Miles Scenic Road, en la península de Monterey y perteneciente a los confines de la bella Carmel-by-the-Sea, la exclusiva población del norte de California cuyas playas de arena blanca y salvaje vegetación hacía las delicias de lugareños y visitantes.

Aquel paisaje de ensueño se cubría ahora de un rojo intenso, una sangre joven derramada sobre la tierra y las rocas que hablaban de una vida segada de forma excesivamente temprana.

La familia denunció la desaparición del chico cinco días antes.

Fueron días dramáticos, plenos de angustia y desesperación para esos padres que, con cada día que pasaba, sentían que se acrecentaba su temor a que sucediera lo peor.

La policía, según les aseguraron, había hecho hasta lo imposible por encontrarlo, pero todo en vano.

El cuerpo inerte del chaval les exhortaba que habían fracasado estrepitosamente.

Y eso no es algo que guste cuando eres poli.

No te deja en buen lugar.

—Creía que te dedicabas a fotografiar a esposas infieles —comentó con sarcasmo malintencionado el capitán de los cuerpos de seguridad locales cuando vio llegar a Tom Beckett.

—Y a maridos capullos también. No te olvides de ellos, Benjamin Button —contestó el aludido de forma mordaz y con un tono de burla que no daba lugar a la especulación.

El capitán odiaba que le llamasen así. Sus mejillas enrojecidas lo atestiguaban, quisiera o no confesarlo tan abiertamente.

Estaba al tanto de las chanzas que corrían por el pueblo acerca de su nombre y de su escaso parecido con Brad Pitt, actor que había protagonizado la original película dirigida por David Fincher en la cual un hombre nacía con el aspecto de un anciano de ochenta años.

No obstante, decían que siempre había parecido un joven avejentado a causa de su temprana calvicie, sus marcadas arrugas en la frente y su carácter agrio.

Su abandono físico tampoco contribuía a mejorar su apariencia.

Y además, se llamaba de verdad Benjamin Joe Button, así que le molestase o no, era lo que había. Otra de las bromas que gasta, en ocasiones, el destino o algo que se le parece y que tiene muy mala idea.

—Entonces, ¿puedes explicarme qué demonios haces aquí, Tom?

Esto te viene grande —le dijo el interpelado con acritud, sin ocultar lo inoportuna que le parecía la presencia de aquel sujeto.

Lo consideraba una incómoda interferencia en el trabajo de los cuerpos de seguridad y haría todo lo que estuviera en su mano para quitárselo de en medio.

—Bueno, imagino que entonces me viene tan grande como a vosotros, viendo la inoperancia que habéis demostrado buscando al niño.

Me refiero a buscándolo con vida, como es obvio.

El cadáver ya lo habéis encontrado. Aunque casi sería más adecuado decir que os ha encontrado él a vosotros —expuso, casi con aire distraído—.

Supongo que os habrá avisado una tierna viejecita que paseaba a su caniche color canela, ¿me equivoco?

Si es así, harías bien en ficharla como tu asesora personal.

Seguro que tiene más instinto como policía que tú.

—Siempre con tu encantador sentido del humor —masculló el capitán con evidente desagrado.

Con las manos en el cinturón, tiró de este para arriba tratando de ajustárselo para que no le incomodase sobre la cada vez más prominente barriga.

Aquello le dio un aspecto casi cómico, como si fuera un cliché salido de una comedia del siglo pasado. Un jefe Wiggum de carne y hueso.

—Ya ves. Una vez que naces con él, es imposible perderlo. Se convierte en tu seña de identidad. Me atrevería a decir que es casi un don.

Button y Becket habían sido compañeros en el pasado.

Hacía tanto tiempo que parecía una eternidad.

Las cosas entre ellos no terminaron demasiado bien y acumulaban rencillas antiguas que no facilitaban la colaboración entre ambos.

No siempre es fácil dejar atrás cargas pretéritas y los dos contaban con unas cuantas a sus espaldas.

Como se suele decir, tenían la mochila bastante llena.

—Todavía no has contestado a mi pregunta.

—No recuerdo que hayas hecho ninguna —se encogió de hombros el expolicía, tratando de obviar la cuestión.

—Encima estás perdiendo la cabeza. Quizá es que te estás haciendo mayor. Sé de un asilo en el que te acogerían encantados.

—No creo que tuvieran suficiente aguante. Ya sabes que nunca he sido un tipo fácil.

—En eso debo darte la razón. Pero dejémonos de jueguecitos. Te he preguntado qué hacías aquí, Tom —señaló, reconduciendo la conversación—. No se te ha perdido nada. Esto es trabajo para profesionales y hace mucho que tú ya no lo eres.

—Resulta que la familia no está precisamente contenta con vuestra labor y han contratado mis servicios. Imagino que quieren contar con alguien competente buscando al asesino de su hijo. Yo en su lugar habría hecho lo mismo.

—¡Me estás cabreando ya, mequetrefe! —se irritó el policía, el cual era de los dos, sin duda, el que tenía la mecha más corta—. Hacemos nuestra labor lo mejor que podemos con los recursos que contamos. No necesitamos que nadie como tú venga a darnos lecciones de cómo hacer nuestro trabajo.

Tom reflexionó un instante, mientras observaba el rostro enrojecido del policía. Le estaba llevando al límite. Podía decirle cuatro cosas más que terminarían por sacarle de sus casillas, lo cual sería sencillo y siempre tenía un punto divertido.

O podía dejarlo estar.

Decidió que no merecía la pena mantener la tensión.

Solo conseguiría una efímera gratificación con ello que no traería nada constructivo a largo plazo.

Al fin y al cabo, iba a necesitar intercambiar información con los policías si quería tener éxito en su misión.

Tener al capitán de uñas antes de empezar no parecía lo más inteligente.

—De acuerdo, Benjamin. La verdad es que yo solo he venido a hacer lo que se me ha pedido, igual que tú.

Tenemos el cadáver de un niño pequeño en la arena que requiere toda nuestra atención.

¿Qué te parece si enterramos por un rato el hacha de guerra?

—preguntó de manera amistosa, forzando una sonrisa que no era del todo sincera.

El capitán Button le miró con poco convencimiento.

Hacía mucho que no se fiaba de Tom. No le gustaba ni lo más mínimo que se encontrase en la escena del crimen.

No quería que fuese él quien finalmente se llevase el mérito si se descubría al culpable.

Sabía las implicaciones que eso tendría, lo mal que les haría quedar.

La policía de Carmel no atravesaba por el mejor momento en cuanto a su reputación. Muchos achacaban el mal funcionamiento de la comisaría al capitán que estaba al mando, es decir, Benjamin Button, así que necesitaban hacer las cosas bien esta vez para recuperar la confianza de la gente.

A pesar de todo, lo cierto era que no le quedaba más remedio que achantar y tragar con él.

Al fin y al cabo, Gregory Banks, el famoso magnate y padre de la criatura, había contratado los servicios del investigador privado, así que insistiría en que la policía se mostrase colaboradora con el detective. No le convenía ponerse demasiado terco.

Finalmente, asumió que era una batalla perdida.

Ya plantaría cara cuando fuera el momento propicio.