79 Sofiya
SOFIYA
Me reí mientras mi esposo me cargaba hasta nuestra villa, sin poder apartar los ojos de mi anillo. Era perfecto. Había un gran diamante de corte marquesa rodeado de diamantes circulares, que lo hacían parecer casi una flor.
—¿Te gusta?
—Me encanta. Hiciste un buen trabajo.
—Tuve algo de ayuda.
—¿Sienna?
—Mila.
—¿En serio? —Se me hizo un nudo en la garganta. Habíamos pasado tantas horas de niñas hablando de anillos y bodas, y esto hacía que la sintiera como parte de mi nueva vida—. ¿Cómo sonaba?
Matteo me recostó en la cama. Las grandes puertas francesas estaban abiertas al exterior, la cálida brisa del océano nos bañaba.
—Bien. Tenía opiniones muy firmes sobre el anillo.
—Apuesto a que sí. —Le pasé la punta del dedo por encima—. Es tan bonito.
—Te compraré un millón de ellos.
Sonreí.
—No estoy segura de cómo me pondría tantos.
—Espero que estés preparada para el reto.
Nos quedamos acostados frente a frente, mirándonos a los ojos, y entonces ambos nos movimos, nuestros labios chocando.
Matteo me agarró la nuca, inclinando mi cabeza hacia atrás para tener un acceso perfecto a mis labios, pero yo quería más.
Quería hacerle perder el control como él me lo había hecho a mí.
Le di un tirón y me soltó, con confusión en su mirada. No duró mucho mientras le desabrochaba la camisa y los pantalones y besaba todo su cuerpo.
—Joder, Tesoro, joder. —Respiró con fuerza—. ¿Vas a chuparme la polla con esa boquita tan bonita?
—Sí —afirmé, dejando escapar un pequeño gemido cuando su dura longitud salió de los confines de sus bóxer.
Una gota de semen brotó de la punta y me arrodillé entre sus piernas para lamerla; lamentablemente, la posición me forzaba las rodillas y la cadera.
Intenté reacomodarme, pero era un desastre de extremidades sin coordinación.
—Lo siento, lo siento —solté cuando mi rodilla chocó contra su pierna.
—Shhh, no te disculpes.
—Solo quiero ser sexy y no estropear esto.
—Me sentí extrañamente sentimental y me invadieron oleadas de vergüenza.
Matteo había estado cuidando tan bien de mí.
Entre el reposo al que me había obligado, la silla de ruedas, los nuevos medicamentos y el inicio de la fisioterapia, había tenido muchos menos dolores.
No obstante, el embarazo también estaba aumentando el número de dislocaciones, y tenía que tener cuidado—.
Podría intentar ponerme de rodillas en el suelo.
Matteo dejó escapar un sonido que únicamente podía describirse como un gruñido antes de atraerme hacia sus brazos.
—O podemos hacerlo en nuestra cama, donde mi reina estará cómoda. —Frunció el ceño cuando abrí la boca—. Nada es más importante que tu comodidad, Tesoro. Pero no te preocupes, encontraremos una postura que te permita chupármela.
Resoplé una risita, sintiéndome mucho mejor. Lo resolveríamos juntos. No había estropeado nada.
Me desnudó con delicadeza antes de quitarse la ropa y tumbarse a mi lado. Me estrechó entre sus brazos.
—Nunca te presionaré para que me hagas una mamada. Y te prohíbo hacer cualquier cosa que te cause dolor.
—Lo sé —murmuré—. Pero realmente quiero hacerlo. Quiero que tomes el control. Simplemente desearía que mi cuerpo cooperara más.
—Bueno, si yo estoy al mando, tu cuerpo se verá obligado a obedecerme y a cooperar.
—Qué arrogante.
Sonrió con satisfacción y envolvió mi cabello alrededor de su mano, jalando mi cabeza hacia atrás para que me viera obligada a encontrarme con su mirada.
—Tienes trabajo que hacer. —Levantó una ceja con arrogancia.
Me estremecí ante su dominación mientras me guiaba hacia abajo por su cuerpo hasta que me recosté de lado, con mis labios a la altura de su polla. Colocó una almohada entre mis piernas y otra detrás de mi espalda para darme el apoyo que necesitaba. Pasé mi mano por su cadera y apreté su trasero.
—Deja de provocarme —gruñó—. Méteme en tu boca. Quiero oír tus arcadas.
«Oh, maldición». Eso no debería ser tan excitante.
Hice lo que me ordenó, aunque no tenía muchas opciones con la firmeza con la que me agarraba el cabello. Abrí mucho la boca y mi lengua se deslizó por su raja antes de que me la metiera. Inmediatamente se me humedecieron los ojos y por un momento sentí que me faltaba oxígeno.
—Eso es, esa es mi chica. Me estás tomando muy bien.
—Había una suavidad en su voz, incluso mientras mantenía un agarre de hierro sobre mi cabello y mi cuello.
Sus palabras eran como un baño tibio, reconfortante y perfecto, mientras relajaba la garganta y lo tomaba más profundamente.
Habíamos practicado la garganta profunda, y a mí me costaba un poco hacerlo, aun así, me encantaba hacerle perder la cabeza.
Siguió un ritmo rápido, manteniéndome completamente a su merced. Su control hizo que mi coño se mojara y que yo bajara los dedos para tocarme el clítoris. Pero entonces sus dedos rodearon mi muñeca.
—Mío —siseó—. Nadie toca este coño aparte de mí. ¿Entendiste? —Volvió a embestirme dentro de la boca, impidiendo cualquier posibilidad de respuesta—. Mírate, excitándote chupándome la polla como la zorrita que eres. Tan perfecta para mí. Un pequeño desastre perfecto.
Me chorreaba la saliva por la barbilla y gemí a su alrededor.
Maldijo, penetrando aún más en mi garganta.
Me ahogué, mas él continuó, obligándome a recibirlo más profundamente.
Me embistió dos veces más antes de venirse con un rugido.
Hice todo lo que pude para tragármelo, pero se me escapó un poco de semen por el mentón.
Aunque intenté echar la cabeza hacia atrás, me agarró con más fuerza.
—No. Dame dos golpecitos en la pierna si quieres parar, sin embargo, no estoy listo para abandonar el calor de tu boca.
Gimoteé, disfrutando de su control absoluto sobre mí mientras seguía chupándosela.
Estaba hecha un desastre, con la saliva goteándome por la barbilla, las lágrimas corriéndome por las mejillas, la garganta y la mandíbula adoloridas; no obstante, también sentía una extraña satisfacción en lo más profundo de mi alma.
Matteo me agarraba el cabello con suavidad, y sus dedos se deslizaban suavemente por mis mechones, masajeándome el cuero cabelludo.
Sentí que los ojos me pesaban, que se me iban cerrando hasta que lo hicieron del todo, y me quedé en la tranquila oscuridad, chupándole suavemente la polla.
Estaba en un trance nebuloso y no tenía idea de cuánto tiempo había pasado.
Finalmente, volvió a endurecerse. Me agarró la nuca y embistió suavemente mi boca.
Me entraron arcadas cuando golpeó el fondo de mi garganta y me acarició el cabello a modo de disculpa, pero siguió.
Nunca me había sentido tan usada ni tan querida.
Eso era lo que quería, un esposo dominante y controlador que, de algún modo, me pusiera en primer lugar, aun cuando me follara la cara.
Volvió a correrse en mi garganta, y esta vez mantuve la calma y respiré.
—Maldita sea, demonios, Tesoro. —Me levantó suavemente para que nuestras caras quedaran a la misma altura. Agarró pañuelos de papel de la mesita de noche y me limpió. Luego me levantó para que pudiera beber de una botella de agua.
—¿Estás bien? ¿Eso fue demasiado? —El ligero toque de pánico en su mirada me hizo sentir que el pecho me iba a estallar de felicidad.
—No, fue perfecto. —Me acurruqué en su pecho. Me dolía tanto la mandíbula que sabía que no podría repetir aquella experiencia en mucho tiempo, pero había valido la pena.
Sus manos se deslizaron por mi piel y me besó en la frente.
—Lo hiciste muy bien por mí. —Sus dedos siguieron bajando por mi piel hasta llegar a la unión de mis muslos—. Estás empapada. ¿Te gustó que te utilizara como mi juguete sexual personal?
Me mordí el labio mientras me metía dos dedos hasta el fondo.
—Respóndeme. —Volvió su voz severa, exigiendo mi sumisión.
—Sí, me gustó. —Mi voz salió en un ronco susurro y mis mejillas ardieron.
—Así es, te gustó. Porque eres perfecta para mí.
Y con eso, bajó por mi cuerpo para devolverme el favor.