80 Sofiya
SOFIYA
Me senté en el muelle privado junto a nuestra villa, con los pies rozando el agua. Era la última noche de nuestra luna de miel, e intentaba grabar cada parte de este viaje en mi memoria.
Unos pasos sonaron detrás de mí y vi por encima del hombro para ver a mi esposo acercarse.
Recorrí su cuerpo con mi mirada, observando cómo se le rizaba su cabello castaño oscuro en la frente a causa de la humedad, el brillo de su pecho musculoso y dorado y el bulto que apretaba su traje de baño negro.
Se sentó a mi lado y me dio una bebida. Era de color rojo brillante, con una fresa fresca ensartada en una colorida sombrillita.
—Daiquiri virgen de fresa. —Sus labios rozaron mi oreja—. Casi tan dulce como tú.
Me ruboricé cuando los recuerdos de él despertándome con su lengua en mi coño inundaron mi mente... y otras partes de mí. Pasó sus dedos por mis mejillas acaloradas.
—Mi chica bonita.
Me incliné a su lado y bebí un sorbo.
—Esto está rico. Gracias, Miliy.
—Cualquier cosa por ti.
Absorbí el dulce aroma de las flores y la sal del aire y dejé escapar un suspiro.
—Me encanta estar aquí. —El sol se estaba ocultando, enviando matices rosas y naranjas por el cielo y el agua.
—Volveremos cuando quieras. Simplemente dilo.
—Una oferta peligrosa.
—¿No me escuchaste decir cualquier cosa por ti?
Apreté mi sonrisa contra su hombro. Estaba aceptando ser una chica mimada de la Mafia y me encantaba cada minuto.
—Me gusta bastante este traje de baño —comentó Matteo. Me retorcí bajo su mirada ardiente. Por fin me había convencido de que me pusiera un bikini. Era absolutamente diminuto, negro, con tirantes delgados que enmarcaban mi estómago. Me acarició el vientre en crecimiento—. Volveremos con el bebé.
Me acurruqué más a su lado y me abrazó. Matteo se había relajado en los últimos meses. Me dejaba entrar, me sorprendía con sus sonrisas y su sentido del humor. La emoción que sentía por nuestro bebé era casi suficiente para perdonarle lo ridículamente sobreprotector que se había vuelto.
Me besó la parte superior de la cabeza antes de retirar el brazo que me rodeaba y dejar su bebida. Arqueé una ceja, pero él se limitó a guiñarme un ojo y se metió en el agua. Sus manos húmedas me agarraron los muslos y me apretaron con fuerza.
—¿Vas a acompañarme, esposa?
—Hmmm —dije, fingiendo que lo estaba pensando. Gruñó y me abrió las piernas, pasándome la lengua por el interior del muslo. Dejé mi bebida mientras él me desabrochaba las ataduras de la braguita del bikini.
Miré por encima de mi hombro.
—Alguien nos verá.
—Lo prohíbo.
—Matteo —solté, exasperada.
—Sofiya —respondió, igualando mi tono.
Lo que fuera que iba a decir murió en mis labios cuando me acarició la piel sensible de los muslos y me pasó la lengua por el coño ya empapado.
—Oh, Tesoro, debiste decirme lo desesperada que estabas por mí. Estás tan jodidamente mojada, tan necesitada.
Inhalé bruscamente, con las piernas abiertas.
—El coño más bonito. —Me dio suaves besos en el monte, cada uno de ellos era una tortura, mientras yo le rogaba que me tocara el clítoris. Por fin lo hizo, recorriéndolo con la lengua, mas sus movimientos eran demasiado ligeros—. Por favor —supliqué—. Por favor, por favor.
Se rio entre dientes y su risa vibró contra mi centro sensible mientras volvía a penetrarme.
Esta vez, su lengua fue firme contra mí y por fin, por fin, succionó mi clítoris en su boca.
Mi orgasmo se abalanzó sobre mí, áspero y rápido, arrancándome un grito de los labios.
Matteo se apartó con una sonrisa de satisfacción, aunque yo aún no había terminado.
Algo húmedo aterrizó a mi lado. Mi respiración se aceleró cuando vi que era su traje de baño.
—¿Va a acompañarme, señora Rossi?
Me lancé desde el muelle a sus brazos sorprendidos.
—Carajo, ten más cuidado —me fulminó mientras me estrechaba contra su pecho.
—No necesito tener cuidado cuando tú estás aquí para atraparme.
Su expresión se suavizó y apreté mi sonrisa contra sus labios.
—Crees que me tienes envuelto alrededor de tu dedo meñique, ¿verdad?
—Solo lo pienso porque es verdad.
Su mano se posó suavemente en mi trasero, y alcé las cejas ante su expresión contrariada.
—Ni siquiera puedo darte nalgadas en el agua.
Resoplé.
—Lo dejaremos para otra ocasión. Dame una palmadita cuando salgamos.
Me rozó la cara con sus labios.
—Te daré lo que yo quiera. —Su voz era grave y contuve un gemido.
Me puse boca arriba y floté, disfrutando la sensación de ligereza que me producía el agua. Recorrí el bulto de mi estómago con la mano.
—¿Crees que vamos a tener un niño o una niña? —Teníamos programado un ultrasonido en unos días para averiguar el sexo.
La mano de Matteo se unió a la mía, acariciándome el vientre.
—Un niño.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué, porque el malvado Don necesita un niño como heredero?
Se burló y me estrechó entre sus brazos, mi espalda quedó apretada contra su pecho mientras sus piernas se movían para mantenernos a flote.
—Mi chica traviesa se siente muy atrevida. —Me mordisqueó la oreja—. No, porque si tenemos una niña, será tan hermosa como tú, y entonces tendré que sacarles los ojos a todos en New York City... al estado completo.
—Eres ridículo. —Aunque no pude evitar sonreír.
Todos nuestros ultrasonidos habían sido buenos hasta el momento, y habíamos tenido muchos, ya que cada vez que me ponía nerviosa, Matteo exigía que la doctora viniera y me hiciera otro.
Al final, acabó comprando una máquina de ultrasonidos para nuestro apartamento y así facilitar las cosas.
Poco a poco me estaba permitiendo tener esperanzas de que este bebé estaría bien.
Matteo me agarró con fuerza y me arrastró por el agua.
—¿Adónde vamos?
—Necesito una mejor palanca.
—¿Palanca?
Nos acercamos a nuestra playa privada hasta que Matteo pudo ponerse de pie en el agua. Me colocó de frente a él, rodeándolo con mis brazos y piernas.
—Ahh, palanca —repetí con una sonrisa.
Tarareó y envolvió mi cabello húmedo alrededor de sus dedos, inclinando mi cabeza hacia atrás.
—Mi perfecta y preciosa esposa. La zorrita perfecta para mí.
Me estremecí en su abrazo apretado y entonces se deslizó dentro de mí.
Ambos gemimos cuando su polla me llenó, me estiró.
Su mano me acarició el trasero, apretándolo con fuerza mientras murmuraba elogios contra mi piel.
Siguió meciéndose contra mi cuerpo y yo eché la cabeza hacia atrás, contemplando el cielo de color caramelo.
Algo sobre este momento, el agua tibia salpicada de rosa, su abrazo posesivo, la forma brusca en que me penetraba y la dulce mirada de sus ojos, curó las pequeñas heridas de mi corazón.
Fue un alivio físico, un soplo de aire primaveral tras un invierno oscuro que me trajo la promesa de que Matteo era para mí, siempre a mi lado, y yo era lo mismo para él.
Lo atraje hacia mí para darle un beso salado.
—Esto lo es todo.
—Tú lo eres todo —replicó.
Apoyé mi mejilla contra la suya y cerré los ojos, contenta de simplemente sentir. Sentir a mi esposo haciéndome el amor en el paraíso, sentir cómo mi corazón se recuperaba, sentir la esperanza de un futuro brillante.
Estaba aquí.
Y era nuestro.