78 Matteo
MATTEO
Sofiya estaba tumbada en el gran sofá color crema de la sala en la villa, descansando después de nuestro día en el mar.
Tenía los pies en mi regazo y yo se los masajeaba, disfrutando de los ruiditos de placer que hacía.
Tenía puestos unos diminutos shorts de encaje y un crop top color crema que obligaba a mis ojos a revolotear entre la curva de sus pechos y la parte de su vientre desnudo.
Hojeó el libro de actividades del hotel.
—Tienen golf aquí. —Me miró por encima del libro—. Creo que tendría que divorciarme de ti si empezaras a jugar al golf.
Gruñí y me arrastré sobre su cuerpo, rodeándole la cabeza con los antebrazos y mirándola con expresión furiosa.
—Nunca te divorciarás de mí, carajo.
Soltó una risita y se arqueó, frotando su dulce coñito contra mí. El libro cayó al suelo, olvidado.
—Quizá necesite que me recuerdes a quien le pertenezco.
Gruñí y apoyé mi cara en el pliegue de su cuello, chupando su suave piel.
—Maldición, tenemos que arreglarnos para la cena.
Su mano se deslizó entre nuestros cuerpos, apretando mi polla que se endurecía rápidamente.
—Podríamos pedir que nos traigan algo de comer.
Si fuera cualquier otra noche, si no tuviera algo planeado, la habría desnudado y tomado aquí en un santiamén. Apreté la mandíbula y me aparté de ella.
—No. Cena.
Hizo un puchero.
—Bien, entonces, si vas a ponerte romántico. —Ella resopló como si estuviera completamente molesta por mi deseo de cortejarla, aunque yo sabía que no era así. Cada vez se dejaba mimar más y, aunque se resistía, sabía que le encantaba.
Igual que a mí me encantaba mimarla.
La amaba.
La levanté del sofá y la cargué en mis brazos, caminando hacia la habitación.
—Sabes que puedo caminar. Mis piernas están bien hoy.
Probablemente mejor que las tuyas. —La ignoré.
No iba a dejar que la herida de bala que aún se estaba curando me impidiera cargar a mi esposa.
Ya estaba casi curada, gracias a la abundante fisioterapia, pero aún tenía que usar un bastón cuando el dolor hacía acto de presencia.
La dejé en la cama y moví su andador frente a ella.
—Alístate, Tesoro. —Le di un suave beso en los labios. Cuando me retiré, noté un tinte rosado en su nariz y mejillas. Fruncí el ceño y le pasé un dedo por el puente de la nariz—. Te quemaste con el sol.
—Solo un poquito.
—No me gusta.
Entrelazó sus dedos con los míos, con una sonrisa en los labios.
—Lo siento, pero no creo que puedas dispararle al sol como castigo.
Puede que no, aunque se lo merecía después de lastimar a mi tesoro. Sin embargo, hasta que pudiera castigar al sol, tendría que ser más exigente en cuanto a que usara protector solar y sombrero.
Besé su nariz rosada y luego me obligué a salir de la habitación antes de que me absorbiera por completo en su órbita.
Sofiya usó su andador para llegar al patio exterior del restaurante, y yo mantuve mi mano en su espalda todo el tiempo.
Tenía puesto un vestido plateado de lentejuelas que le llegaba a medio muslo, dejando a la vista sus exuberantes piernas.
Piernas que en ese momento estaban observando dos hombres del personal del restaurante.
Mi mano se movió hacia mi arma, pero a Sofiya no le gustaría que les disparara.
Me conformé con dirigirles una mirada furiosa y abrasadora.
Tal vez tenían algo de sentido común, porque ambos dieron un paso atrás, con los ojos muy abiertos, antes de volver rápidamente al interior del restaurante.
—Esta vista es increíble —dijo Sofiya con asombro en su voz.
El patio daba al océano y el olor a sal flotaba en el aire.
Mi esposa aprovechaba cualquier oportunidad para estar al aire libre, así que había organizado que nos sentáramos aquí, donde podíamos contemplar la puesta de sol mientras un cuarteto de cuerdas tocaba suavemente de fondo.
Esta noche tenía que ser perfecta. No se merecía menos que eso.
Mi corazón latió con fuerza durante toda la cena. Apenas saboreé mi comida. ¿Por qué diablos estaba tan nervioso? Yo era el Don, y Sofiya ya era mía.
Tomé un sorbo de mi bebida y me concentré en ella para distraerme del furioso zumbido de avispas en mi pecho.
Estaba radiante. La luz de las velas brillaba en sus ojos mientras hablaba de sus momentos favoritos del viaje.
Estaba tan llena de vida mientras rebotaba en su silla, charlaba con el camarero y hacía ruiditos de satisfacción con cada bocado, haciendo que mi polla se pusiera vergonzosamente dura.
Me ofreció su mano y la tomé. Me pasó los dedos por los nudillos.
—Pareces distraído. ¿Todo está bien?
Acabábamos de terminar con el postre.
—Todo es perfecto, Tesoro. —Levanté su mano hasta mis labios y la besé—. Excepto por una cosa.
Ladeó la cabeza, pero cuando me levanté de la silla y me arrodillé, sus labios se entreabrieron y sus ojos se abrieron de par en par. Saqué una cajita de terciopelo en la que había un anillo y la abrí.
—Este es el anillo que te merecías desde el principio.
—Oh, Dios mío. —Los ojos de Sofiya brillaron mientras revoloteaban entre mi cara y el anillo.
El corazón me latía con fuerza cuando se lo puse en el dedo.
Fue tan diferente de la última vez que le había puesto un anillo.
Durante nuestra ceremonia, me había centrado en la alianza y en lo que nuestro matrimonio podía hacer por la Familia.
Sin embargo, en ese instante, estaba arrodillado ante el centro de mi universo, sabiendo que no había nada que no hiciera por ella.
Acaricié su mano, la posesividad llenándome el pecho al ver una prueba más de que me pertenecía.
Me acarició el cabello con los dedos y me incliné hacia su caricia.
—¿No se supone que tienes que pedirme que me case contigo?
—Ya estamos casados.
—Bueno, sí, pero ya sabes, es tradición pedirlo.
La miré con una expresión severa.
—Te casarás conmigo, Tesoro.
Ella resopló.
—Bastante cerca. —Me agarró la cara por los dos lados y me atrajo hacia ella para besarme. Cuando nos separamos, le brillaban los ojos—. No puedo creer que esté comprometida. Espero que mi esposo no se entere.
Gruñí y le agarré la barbilla.
—¿Estás tratando de irritarme?
—Siempre.
Entrecerré los ojos, pero mis labios se crisparon y jalé de ella para darle otro beso.