74 Matteo
MATTEO
Nos íbamos de Chicago. Esta vez, no permitiría ninguna distancia entre mi mujer y yo en el avión.
Estábamos en el dormitorio de la parte trasera de la aeronave, acurrucados en la cama.
Sofiya estaba sentada entre mis piernas, envuelta en una manta, y mis brazos la rodeaban con fuerza.
Muy fuerte, pero tenía miedo de soltarla.
Temía que en cualquier momento se diera cuenta de quién la abrazaba y me apartara.
Ninguno de los dos habíamos dicho nada desde que subimos al avión, y nuestras palabras no dichas pesaban entre nosotros.
—Para ser justos —mencionó Sofiya, rompiendo por fin el silencio—, al menos nuestra boda fue mejor que esa.
Tardé un instante en asimilar sus palabras, y entonces solté una carcajada más plena y radiante de lo que había experimentado en años. Todo mi cuerpo se estremeció, al igual que el suyo, hasta que las lágrimas corrieron por su rostro.
—Joder, Tesoro. Eres lo mejor de todo el universo.
Los últimos días habían sido los peores de mi vida, y los que se avecinaban estaban llenos de incertidumbre, aun así, nada podía destruir lo bien que se sentía tener a mi esposa entre mis brazos. Le acaricié el cabello con la mano.
—Sofiya, lo siento tanto, muchísimo. Por no confiar en ti, por meterte en esa celda, por asustarte, por no protegerte. No espero tu perdón porque no soy digno de él, pero necesito que sepas que trabajaré cada día para darte la vida que mereces.
Mis palabras no eran suficientes, yo no era lo bastante bueno para ella, no obstante, era lo que podía ofrecerle.
Respiró profundamente y me obligué a esperar pacientemente a que hablara.
—¿Cómo sé que no volverás a ponerte en mi contra? Para ti no fue nada arrojarme allí. —Su voz sonaba desgarrada y dolorosamente vulnerable.
La apreté más, pasando mi mano por sus brazos, su espalda, su cintura.
—Sé que no lo mejora, pero fue una tortura meterte ahí. Me arrepentí en cuanto nos fuimos. Lamentablemente, me educaron para creer que ser Don significa nunca echarse para atrás. Pensé que cambiar de opinión, cambiar mi orden, me habría hecho débil.
—Y un Don no puede ser débil.
Tragué saliva.
—¿Sabes que asesinaron a mis padres?
Sus ojos se desviaron hacia los míos, frunció ligeramente el ceño y asintió.
—La noche que los mataron, Sienna me había convencido para ver una película con ella.
Estábamos en la sala y sonó el teléfono de la casa.
Contesté. Era el guardia de la puerta preguntando si podía dejar entrar a mi tío.
—Respiraba entrecortadamente y se me oprimía el pecho.
Hacía años que no hablaba de esto, que ni siquiera me permitía pensar en ello, al menos en mis horas de vigilia.
Sofiya me pasó los dedos por el pecho hasta agarrarme la nuca. Su tacto aflojó el nudo que tenía en la garganta lo suficiente como para continuar.
—Había tensión entre mi tío y mis padres, pero le dije que podía entrar. Yo le permití entrar a la maldita casa. No pasó mucho tiempo hasta que escuchamos un disparo, seguido de una exclamación. El grito era de mi madre.
Fue el turno de Sofiya de abrazarme fuerte. No me interrumpió, no me presionó para que siguiera. Simplemente estaba aquí, conmigo.
—Tuve que tomar una decisión: correr al estudio para salvar a mis padres o escapar con Sienna.
Era tan pequeña, estaba tan asustada. Me agarró la mano y supe que tenía que salvarla.
Corrimos hacia un pasadizo secreto que conducía fuera de la casa, pero antes de escabullirnos, escuché el segundo disparo.
Me ardían los ojos y, contra mi voluntad, una lágrima se deslizó por mi cara. Sofiya la limpió.
—No fue culpa tuya.
Negué con la cabeza.
—Debí haber hecho algo más. Si no hubiera dejado entrar a mi tío, si hubiera corrido al estudio...
—Entonces habrías muerto.
Sabía que tenía razón, aunque no lograba que mi corazón lo creyera. Era lo mismo que Sienna me había dicho. Romeo también.
—Veo su sangre en mis sueños. Escucho los disparos y los gritos. Me persiguen cada noche... al menos cada noche que no estás a mi lado.
—Tú también haces que mis pesadillas desaparezcan —musitó.
Limpié otra lágrima y besé su frente.
—Quiero perdonarte —dijo en voz baja.
Me paralicé.
El corazón me dio un vuelco antes de acelerarse al doble.
Retorció sus dedos en mi camisa.
—Rompiste mi confianza y va a llevar un tiempo recuperarla.
—¿Pero crees que puedo recuperarla?
Levantó la cabeza. Sus ojos eran tan hermosos carajo.
—Tendrás que rogar mucho. Espero que estés preparado.
Mis labios se curvaron.
—¿Y en qué consistiría eso?
Apoyó su cara en el pliegue de mi cuello e inhaló profundamente.
—Eso lo tienes que averiguar tú. Pero implica muchos hot dogs neoyorquinos.
—Te compraré tu propio carrito de hot dogs. Todos los carritos de la ciudad. —Me vino una idea a la mente y se me apretó el pecho, aunque esta vez con un hilo de esperanza y emoción—. De hecho, te ayudaré a tachar todas las cosas de tu lista.
—¿Oh, sí?
—Sí. —Haría lo que hiciera falta para cumplir cada una de ellas.
—Quizá deberíamos hacer una nueva lista juntos.
Tragué más allá del nudo en mi garganta.
—Eso me encantaría, Tesoro. Tanto como te amo a ti.
Jadeó con fuerza.
—¿Me amas?
Tenía un vago recuerdo de haberlo dicho después de que me dispararan, pero era la primera vez que pronunciaba las palabras con total claridad.
Salieron de mis labios como si fuera lo más fácil del mundo.
Pensaba que me había estado protegiendo del dolor al aislarme de mi esposa.
No obstante, el mayor sufrimiento que había tenido que soportar era estar separado de ella.
—Claro que te amo. Más que a nada —afirmé.
—Yo también te amo —susurró. Me sostuvo la mirada, con los ojos llenos de lágrimas, y entonces nuestros labios chocaron.
Le agarré la barbilla y la atraje hacia mí mientras la devoraba.
Se movió sobre mi regazo hasta colocarse a horcajadas sobre mí, y gruñí por el cambio de posición.
Me perdí en su sabor, en su dulce aroma, en la sensación de su cuerpo apretado contra el mío.
Besé su mandíbula y chupé una zona de su cuello. Necesitaba marcarla, gritarle al mundo entero que era mía.
La turbulencia sacudió el avión y nos separó. Sofiya sonrió ante mi ceño fruncido y me pasó los dedos por las arrugas de la frente.
—Espera, ¿te estoy lastimando la pierna? —Intentó apartarse de mi regazo y yo la sujeté con fuerza por la cintura.
—Pensé que habías aprendido a quedarte donde te pongo. —Arqueé las cejas. A pesar de que la herida de bala en el muslo me quemaba, necesitaba el dolor. Era mi forma de arrepentirme, por sufrir una fracción del dolor que le había infligido a ella.
—Discúlpame por preocuparme por ti —soltó sarcásticamente, poniendo los ojos en blanco.
—Chica atrevida.
Hizo un pequeño sonido de disgusto, pero se acurrucó en mi pecho.
Le acaricié la espalda de arriba a abajo.
—Mis recuerdos de después de que me dispararan son borrosos, aun así… —La ansiedad me ahogó, mas me obligué a seguir hablando—. Sigo escuchando estas palabras repetirse en mi mente, como a través de una neblina. Tus palabras. Aunque no estoy seguro de si son reales o no.
Se quedó inmóvil entre mis brazos.
—Dijiste algo... algo sobre un bebé.
Sofiya mantuvo su cabeza contra mi pecho, y yo estaba seguro de que podía escuchar los frenéticos latidos de mi corazón. Me desabrochó los botones superiores de la camisa y recorrió con sus dedos las palabras grabadas en mi pecho.
—Habría hecho algo lindo para decírtelo, pero estaba un poco ocupada salvándote la vida.
Mi corazón se sobresaltó.
—¿Estás embarazada, Tesoro? —Intenté apartarme para verla a los ojos, no obstante, apretó la cara contra mi cuello y se negó a moverse.
—Es muy pronto, así que aún podría perderlo.
El pánico se apoderó de mí.
—¿Ocurre algo malo con el bebé? —¿Y si todo por lo que había pasado le había hecho daño al bebé?
Sería culpa mía. Nunca había pensado en lo que significaba ser padre.
Los hijos siempre habían sido simplemente un concepto abstracto de “herederos”, pero en ese momento era real, una combinación de Sofiya y mía. Y lo deseaba, lo anhelaba.
Ella se movió y aflojé los brazos lo suficiente para que sacara algo de su bolsillo.
—Aunque está un poco arrugado, aquí está.
Me dio una pequeña copia impresa de un ultrasonido. No tenía idea de lo que estaba viendo hasta que señaló un pequeño óvalo blanco.
—Ese es el embrión. La doctora me dijo que tendría que hacerme otro ultrasonido dentro de unas semanas. Quizás entonces podamos escuchar los latidos del bebé.
Pasé mis dedos por la imagen. Nosotros lo habíamos creado. Formaba parte de nosotros.
—Es un bultito adorable, ¿verdad? —preguntó.
—El más adorable.
Nos recostamos en la cama, sosteniendo el ultrasonido, mirándolo en un silencio de satisfacción. Rocé su vientre con mi mano, deseando que nuestro pequeño bultito se hiciera fuerte.
Sofiya empezó a juguetear con el cuello de mi camisa.
—¿Qué pasa? —indagué.
—¿No debería sentir algo ahora mismo por lo de Rustik? ¿Como triste o culpable por haber matado a mi propio padre? Porque no es así, y eso me hace sentir que hay algo malo en mí.
Odiaba la incertidumbre en su voz. Le acaricié la nuca.
—No, Tesoro. No tienes que sentir nada al respecto.
Cuando maté a mi tío, lo único que sentí fue alivio.
Cuando era más joven lo admiraba, incluso lo veía como una segunda figura paterna.
Pero al final, no era nada para mí, como tampoco lo era tu padre.
—Le acaricié el cabello y besé su sien—.
Sé que todo lo que siento es orgullo. Orgullo de lo fuerte que eres, de lo protectora.
—Gracias, Miliy.
Escuchar el término afectuoso en su lengua hizo que me doliera el corazón.
Cuando llegó el momento de aterrizar, nos dirigimos a la parte delantera del avión. Sofiya sonrió cuando le abroché el cinturón de seguridad. Tendría que acostumbrarse a que la cuidara.
Jugué con su cabello mientras nos acercábamos al aeropuerto, y me detuve al darme cuenta de que aún tenía una pregunta sin respuesta.
—¿Viste quién le disparó a Domenico y a los otros hombres que estaban con él? —indagué—. Seguro que huyeron después. —La explosión y todo lo que ocurrió después lo había borrado de mi mente, pero no me cuadraba no saber quién me había salvado—. Por cierto, ¿cómo escapaste de Rustik?
Sofiya resopló.
—¿Hablas en serio?
—¿Qué?
Me miró con una expresión exasperada.
—Tal vez Domenico tenía razón sobre tu falta de neuronas.
Fruncí el ceño y ella puso los ojos en blanco.
—Maté a tres guardias que entraron a mi celda para... —Tragó saliva, y mis manos se tensaron alrededor de las suyas. Si bien acababa de decirme que estaban muertos, las ganas de volver al almacén para matarlos de nuevo me invadieron.
—¿Te tocaron? —Mi voz era grave, peligrosa.
—No, los detuve antes de que... bueno, en fin, tomé sus armas y buscaba la salida cuando vi a Domenico. Me di cuenta de que debía de ser el traidor y lo seguí. Después de eso, fue fácil acabar con ellos.
Me quedé boquiabierto.
Puso los ojos en blanco y me acarició la mejilla.
—No te preocupes. No te tendré en menos estima, aunque tengas peor puntería que yo.
Sacudí la cabeza.
—Eres magnífica, Tesoro.
Volvió a acomodarse contra mi pecho.
—Lo sé.