73 Sofiya
SOFIYA
La puerta trasera se abrió de golpe y una docena de pistolas se alzaron para apuntar a... mi esposo.
El corazón me dio un vuelco.
«Él está aquí. Está aquí».
La última vez que lo había visto, estaba inconsciente y bañado en sangre. Verlo en ese momento, erguido a pesar de que su piel estaba pálida de dolor, me llenó de alivio.
Aún no lo había perdonado, ni siquiera podía estar segura de que estuviera aquí para ayudarme, pero a mi corazón no le importaba. La parte de mi alma que le pertenecía anhelaba correr a sus brazos.
Miró entre el cuerpo tendido y ensangrentado del Pakhan y el arma que yo tenía en la mano. Ladeó la cabeza y supe que me estaba preguntando si yo le había disparado a mi padre. Asentí con la cabeza y sus ojos se suavizaron.
—Estoy orgulloso de ti —pronunció con la boca, y eso fue lo que me convenció.
Me acerqué a tropezones hacia él. En cuanto estuve lo bastante cerca, me estrechó entre sus brazos. Me aferré a él y juré que nuestros corazones latían al unísono, como declarando lo mucho que se habían echado de menos.
—Los albaneses están muertos —declaró, con voz fuerte y clara—. Capturamos a Arben.
—Rustik Ivanov está muerto. —La voz de Dimitri sonó, fuerte y autoritaria. Pasó por encima del cuerpo de nuestro padre hacia el altar de la iglesia.
—Sofiya, Mila, vengan. —La orden de Dimitri resonó en la sala.
Los brazos de Matteo me rodearon con fuerza; sin embargo, los aparté suavemente hasta que me soltó de mala gana. Me acerqué a Mila, mi hermana, mi corazón. Le goteaba sangre de una herida superficial en la garganta, pero estaba viva. Nos abrazamos, temblando de alivio.
—¿Estás herida? —le pregunté.
—No —me respondió, con la voz entrecortada—. Estoy bien.
Me aparté y tomé su cara entre mis manos. Mi visión se oscureció cuando vi la sombra de un moretón en su mejilla, asomándose a través del maquillaje.
—A ti también te lastimó, ¿verdad? —susurró—. No lo sabía.
Tragué saliva.
—Ahora ya no importa.
—Siempre me importará.
Se me desencajó la cara y respiré lentamente.
Me rodeó la cintura con los brazos.
—¿Podrás arreglártelas? —Su barbilla señaló hacia los tres escalones que conducían al altar donde Dimi nos esperaba.
Asentí con la cabeza. Me corría tanta adrenalina por el cuerpo que no sentí ningún dolor.
Ella soportó tanto de mi peso como pudo mientras nos dirigíamos al nuevo Pakhan. El segundo al mando de Dimi, Maxim, se unió a nosotros. De frente al santuario, gritó:
—¡Arrodíllense todos ante el nuevo Pakhan, Dimitri Ivanov!
Los soldados de la Bratva se arrodillaron, seguidos por mi madre y Maxim.
Mila y yo nos quedamos viendo, inseguras de si debíamos arrodillarnos.
Al final, me quedé de pie, al igual que Matteo y sus hombres, y Ronan y Leona, mientras mi hermana se arrodillaba.
Mila seguía formando parte de la Bratva, sin embargo, yo era una reina de la Mafia Italiana.
La sala se llenó de gritos de los hombres que mi hermano se había ganado de alguna manera.
—¡Por la Hermandad! ¡Por el Pakhan!
—Juro ser digno de la lealtad que me han mostrado —vociferó Dimitri en ruso—. ¡Por la Hermandad!
Los hombres se pusieron de pie y vitorearon, y yo estaba segura de que el vodka fluiría esta noche.
Dimi nos estrechó a Mila y a mí entre sus brazos, abrazándonos con fuerza.
—Siento no haber estado aquí antes. Lo siento muchísimo, demonios.
Ahogué un sollozo. No era el momento de derrumbarme.
—¿Qué has estado haciendo? ¿Cómo hiciste todo esto? —cuestioné.
Se apartó de nosotras y sacudió la cabeza.
—Todavía no puedo hablar de ello.
Dejé escapar un sonido de frustración. Estaba harta de secretos y de que me ocultaran cosas. Aunque tal vez era lo inevitable de la vida en el crimen organizado.
Por el rabillo del ojo, vi a mi mama tambalearse mientras intentaba levantarse.
Salté hacia ella, pero un soldado de la Bratva llamado Anatoly, un hombre mayor con el cabello color plateado, la agarró del brazo antes de que se desmayara y la guio hasta una banca.
Miré a Dimi y él asintió. No había amor entre él y mi madre, aun así, sabía que se aseguraría de que la cuidaran.
—Ambas pueden quedarse aquí conmigo —comentó—. Las mantendré a salvo.
Sentí una presencia detrás de mí y me giré para ver a Matteo al pie de los escalones del altar con Romeo a su lado.
—Si alguna vez intentas convencer a mi esposa de que me abandone, acabaré contigo —advirtió, con hielo en su voz.
Dimi inclinó la cabeza.
—Y si tú haces algo que le haga daño a mi hermana, acabaré contigo.
Se enfrentaron, con la mirada fija e inexpresiva, hasta que una leve sonrisa se dibujó en el rostro de mi hermano.
—Ansío formar una nueva alianza con usted, Don Rossi. Una de verdad —pronunció mi hermano. La expresión de Matteo permaneció inmutable, y luego asintió—. Y contigo —continuó Dimi, inclinando la cabeza hacia Ronan, que estaba de pie a mitad del pasillo con Leona.
—Oh, maravilloso. Por fin alguien notó que estaba aquí —murmuró Ronan.
Mila y yo resoplamos entre risas. Después de que la energía masculina había terminado, había cosas más importantes que atender.
Bajé los escalones y tomé la mano de Matteo. Tenía la cara gris por el esfuerzo de estar de pie.
—Tienes que sentarte. Ronan, ¿puedes sacar la silla del auto?
—Matteo no se movió, y le di un pequeño empujón hacia una banca—.
Siéntate. —Me miró incrédulo, no obstante, me mantuve firme—.
O quédate ahí y desmáyate. No creo que sea muy apropiado que el enorme y aterrador Don de la Mafia Italiana se desmaye, aunque supongo que es tu elección.
Gruñó y se sentó.
Mila se me unió y apoyó la cabeza en mi hombro. La rodeé con los brazos.
—No tienes que quedarte aquí. —No podía imaginar que Mila quisiera volver a pisar la casa del Pakhan—. Ven a casa conmigo.
Ella negó con la cabeza y se apartó.
—Te quiero, Sofiya. Más que a nada. Pero necesito un descanso de todo esto... de la violencia, la política y el control.
Abrí la boca para discutir, pero ella negó con la cabeza.
—Si viviera contigo, todos mis movimientos estarían controlados. Necesito espacio para respirar, para experimentar la libertad.
Quería discutir con ella, decirle que no sería así, no obstante, ambas sabíamos lo contrario.
Yo había aceptado las restricciones de mi nueva vida como reina de la mafia, pero Mila siempre había sido un espíritu libre.
Me negaba a ser yo quien la encerrara en una jaula, aunque no estaba segura de que mi corazón pudiera soportar el dolor de decir adiós.
Parpadeó como si estuviera ahuyentando las lágrimas y volvió a estrecharme entre sus brazos.
—No es como si fuera para siempre.
—Más vale que no lo sea —le susurré al oído—. Mi bebé necesita a su tía.
Ella moqueó.
—No podrías mantenerme alejada aunque lo intentaras. Solo necesito algo de tiempo para completar primero las cosas de mi lista.
Me quejé. Las cosas de Mila eran mucho más atrevidas que las mías.
Capté la mirada oscura de Nikolai por encima de su hombro. Mas no me observaba a mí, solo tenía ojos para mi hermana.
—¿Y Nikolai te dejará ir sola? —inquirí, arqueando las cejas mientras nos separábamos.
Por primera vez en mi vida, vi sonrojarse a Mila.
—El vendrá conmigo.
«Bueeeno».
—Ya me contarás más —añadí, con un tono que me recordaba al de mi esposo.
Una sonrisa curvó sus labios.
—Lo haré.
—Tienes que reportarte a diario.
—Y llevar un rastreador —agregó Matteo.
Mila frunció el ceño.
—Yo no...
—Ya está hecho —aseguró Nikolai, acercándose al lado de Mila. Ella lo miró indignada.
—¿Qué carajo estás diciendo, Kolya?
Nikolai sonrió satisfecho.
—No te preocupes por eso.
Mila se encaró con él, cruzada de brazos; sin embargo, antes de que pudiera maldecirlo, que era lo que estaba segura que estaba a punto de hacer, Dimi interrumpió.
—Tenemos que salir de aquí y permitir que mis hombres limpien.
El dolor se apoderó de mi corazón. Dimi, Mila y yo habíamos pasado años teniéndonos el uno al otro como únicos aliados.
En ese momento, Dimitri se alzaba fuerte como Pakhan con cientos de hombres leales a él, y cuando Nikolai puso su brazo alrededor de Mila, me di cuenta de que ya no estaba sola tampoco.
—Vamos, Tesoro —murmuró Matteo, rozando su mano por mi brazo.
Parecía más inseguro de lo que jamás lo había visto.
Había tantas palabras sin decir entre nosotros, tanto dolor y miedo.
Pero había venido a buscarme. Pasé mi dedo por el relicario que me había regalado.
Había decidido dejármelo puesto, sabiendo que él podría rastrearme, porque en el fondo esperaba que viniera.
Esperaba que le importara lo suficiente como para perseguirme.
Apoyé mi mano en su hombro, más alta que él por primera vez.
—Vámonos a casa.
Sus ojos se suavizaron y me pareció vislumbrar una lágrima.
Ronan volvió con la silla de ruedas que nos habíamos robado del hospital y Romeo y él le ayudaron a Matteo a sentarse.
Mi esposo tomó mi mano y caminamos por el pasillo por segunda vez.
Juntos.