Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 72 Matteo
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72 Matteo

MATTEO

Romeo nos condujo por las abarrotadas calles de Chicago mientras perseguíamos a mi esposa. La última vez que estuve en esta ciudad, pensé que me había casado con una chica indefensa y tímida.

Qué jodidamente equivocado había estado.

—Deberíamos entrar por la puerta trasera. Podría darnos una ventaja por la sorpresa —propuso Romeo mientras girábamos por aquella conocida calle de la iglesia en la que me había casado—. Y quizá deberías quedarte en el coche hasta que...

—Ni siquiera pienses en terminar esa frase —siseé.

Romeo suspiró mientras giraba hacia el callejón junto a la iglesia, conduciendo hasta que nos encontramos con la pequeña explanada de grava junto a los contenedores de basura de la parte trasera.

Enzo y Ajello estaban con nosotros. Ojalá hubiera traído más hombres, pero había optado por la velocidad antes que por la fuerza.

Solo el tiempo diría si lamentaría aquella decisión.

Romeo estacionó el coche y agarró la manija de la puerta.

—No te mueras, Fratello.

—Lo mismo digo.

Los cuatro salimos del vehículo, Enzo y Ajello a mi lado y Romeo a la cabeza.

Justo cuando nos acercábamos a la plancha de metal de la puerta trasera, se abrió de golpe.

Nos escondimos detrás de los contenedores de basura mientras un grupo de hombres salía corriendo hablando en albanés. Con Arben justo en medio del grupo.

—Arben permanece vivo. Maten a los otros —dictaminé antes de inclinarme lo suficiente más allá de los contenedores para disparar por primera vez.

Un soldado albanés cayó, provocando un caos absoluto.

Los otros hombres dispararon alocadamente mientras corrían, y pudimos acabar con ellos en cuestión de segundos, dejando a Arben de pie en medio de un montón de cadáveres.

Apuntó al contenedor que nos ocultaba, con las manos temblorosas y la piel pálida mientras vaciaba el cargador.

Todos sus disparos salieron desviados y entonces su arma hizo clic, indicando que se había quedado sin balas.

Me lancé desde detrás del contenedor mientras Arben intentaba recargar su arma con manos temblorosas, y le disparé en la pantorrilla. Cayó gritando, y Romeo, Enzo y Ajello corrieron hacia nosotros para desarmarlo y empujarlo al suelo.

Odiaba que tuviéramos que mantenerlo con vida.

Lo único que deseaba era destriparlo, arrancarle los órganos de su patética carne.

Sin embargo, él tenía la información que necesitábamos, la ubicación de las chicas víctimas de la trata y la lista de otros aliados.

La única sensación de satisfacción que sentí mientras Enzo y Romeo lo ataban y amordazaban fue saber que podría torturarlo todo el tiempo que quisiera.

Días. Semanas. Meses.

Nada era demasiado para este bastardo.

Mis soldados lo metieron en el maletero del coche. Le hice una señal a Ajello para que se quedara con él mientras Romeo y Enzo se dirigían hacia la puerta de la iglesia.

El sonido amortiguado de un disparo desde el interior retumbó en el aire y se me paró el puto corazón. Me precipité hacia la puerta trasera, olvidando cualquier idea sobre mi seguridad. Mi esposa estaba allí dentro y no me detendría ante nada para llegar hasta ella.

Romeo me agarró del brazo antes de que mi pierna cediera del todo. El sudor me mojaba la frente, pero seguí subiendo los escalones y crucé la puerta.