Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 71 Sofiya
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71 Sofiya

SOFIYA

Las bocinas de los coches sonaban mientras Leona se movía entre el tráfico de Chicago, y cada una de ellas me subía la presión arterial.

—Es un poco inoportuno que celebren la ceremonia en hora pico —se quejó mientras le cortaba el paso a otro auto.

—No sé si estaban pensando en la conveniencia —solté.

—¿Conoces la iglesia? —preguntó Ronan. Estaba agarrado a la puerta y a su asiento mientras Leona tomaba otra curva demasiado rápido.

—No muy bien. Es en la que me casé, pero estuve poco tiempo allí para la ceremonia.

—Ahh, maravilloso. Llena de buenos recuerdos, estoy segura —comentó inexpresiva Leona.

Si no tuviera el pecho tan apretado que apenas pudiera articular palabra, me habría reído.

—La ceremonia ya comenzó —continuó—. Así que vamos a hacer una gran entrada.

Ronan se pasó la mano por la cara con un suspiro exasperado.

—¿No se supone que eres buena siendo sigilosa? ¿Alguna idea de cómo podemos rescatar a Mila sin que todos muramos en el proceso?

Leona se encogió de hombros.

—Siempre tengo tiempo para planear y reunir información antes de mis misiones. Es emocionante improvisar sobre la marcha. Quizá debería intentarlo más a menudo.

—Leona —gruñó Ronan.

—Qué susceptible —replicó Leona, con la voz entrecortada por la risa.

Ronan me miró por encima del hombro y supe que ambos nos estábamos preparando mentalmente para nuestra muerte inminente.

Leona dio otra vuelta y vi la iglesia ante nosotros. Se estacionó justo enfrente.

—Hoy tengo un buen presentimiento. Las cosas saldrán bien.

Justo en ese momento, tres G-wagons negras se detuvieron a nuestro lado, bloqueándonos el paso.

—Me alegro de que tuvieras un puto buen presentimiento —ironizó Ronan, sacando su pistola.

La puerta del pasajero del primer coche se abrió de golpe y bajó alguien conocido. Abrí la puerta de golpe, sin importarme que el hombre me estuviera apuntando con su pistola.

—¡Dimi! —grité con lágrimas en los ojos.

Mi hermano maldijo, enfundó su arma y ordenó a sus hombres que se retiraran. Corrió hacia mí y me abrazó con fuerza.

—¿Qué haces aquí, Sofiya?

—Lo mismo que tú, supongo. Rescatando a Mila.

Maldijo.

—Ustedes dos me van a matar. Quédate en el coche mientras nos ocupamos de esto.

Me soltó e hizo un gesto a sus hombres, que habían salido de los vehículos. Subieron corriendo las escaleras de la iglesia y desaparecieron por la puerta principal.

—¿Cuáles son las probabilidades de que nos quedemos aquí? —preguntó Ronan.

—Menos diez —respondió Leona. Metió la mano en la guantera y me dio una pistola. Comprobé que estuviera cargada y me la metí en la parte trasera de mis jeans.

—Me lo imaginé —dijo Ronan—. Malditas mafiosas.

—Salió del coche y me ofreció su brazo, medio cargándome hasta las escaleras de la iglesia.

Insistió en pasar primero por la puerta, lo que hizo que Leona pusiera los ojos en blanco, y luego los tres nos arrastramos por el vestíbulo vacío hasta el santuario.

Lo que vi al asomarme por la ventana del santuario me heló la sangre y no dudé en abrir la puerta de golpe.

El Pakhan estaba en la parte de enfrente de la iglesia. Mi madre estaba de pie junto a él, con un vestido chillón de satén amarillo neón. Sin embargo, apenas la vi porque mi padre rodeaba a Mila con el brazo mientras le apoyaba un cuchillo contra la garganta y sujetaba una pistola con la otra mano.

Dimitri estaba parado en el pasillo de la iglesia, mirando fijamente a nuestro padre.

—Perdiste —declaró—. Tus hombres son leales a mí. —Miré alrededor de la iglesia y vi a todos los soldados de la Bratva, hombres a los que conocía de toda la vida, frente a mi padre con las armas desenfundadas.

—¡Traidores! —bramó el Pakhan. Tenía los ojos desorbitados, y eso me aterrorizó. Era un hombre sin nada que perder.

Continué mi camino por el pasillo, obligando a mis rodillas y la cadera a mantenerse fuertes. No había forma de conseguir un tiro limpio cuando tenía a Mila frente a él. Pero tal vez podría distraerlo, hacer algo, lo que fuera, para salvar a mi hermana.

Los ojos de mi padre se clavaron en mí, llenos de crueldad, y el cañón de su pistola se desvió para apuntarme al pecho.

—Mi otra hija inútil —se mofó.

Cada latido furioso de mi corazón me impulsaba a seguir. «Haz algo. Haz algo. Haz algo».

—¿De verdad vas a asesinar a tus dos hijas? ¿Y a tu nieto nonato? —Mi voz era firme y llena de desprecio.

Mi madre inhaló bruscamente, y los ojos de Mila se abrieron de par en par mientras bajaban hacia mi estómago.

El Pakhan soltó una dura carcajada.

—Mi hija defectuosa y el débil Don de la Mafia Italiana van a tener un bebé. Qué pareja tan perfecta. —Agitó el cuchillo mientras hablaba, y las palmas de mis manos se empaparon de sudor.

—¿Realmente quieres que te recuerden así? —Agité la mano.

Soltó una carcajada áspera.

—¿Que me recuerden? Pareces creer que no saldré vivo de aquí.

Un estruendo de disparos sonó desde el exterior y todos nos quedamos paralizados. Mi mente daba vueltas mientras intentaba averiguar quién disparaba. Los ojos de Dimi se cruzaron con los míos y negó sutilmente con la cabeza. Sus hombres no eran los responsables de aquellos disparos.

Tenía las axilas empapadas de sudor y respiraba entre una oleada de mareos. Mantuve mi mirada fija en el Pakhan, ignorando el destello de neón de movimiento detrás de él.

—Se acabó, Rustik —afirmó Dimi, alzando la voz por encima de la cacofonía exterior—. Perdiste.

—¡No, carajo! —exclamó. Sus brazos se agitaron, soltando momentáneamente a Mila.

Todo sucedió a la vez en un borrón de sonido y color.

Las manos de mi madre se cerraron en torno al pesado candelabro del altar.

Lo levantó y golpeó con fuerza a su esposo en la parte posterior de la cabeza.

Él soltó un rugido de dolor y volteó hacia mi madre, con el arma levantada.

Yo no vacilé. Saqué mi pistola de detrás de mi espalda, en un movimiento fluido, automático.

Apunté y apreté el gatillo.

La bala se clavó en un costado de la cabeza del Pakhan. La sangre brotó de la herida como una flor, y luego se desplomó en el suelo.

Ese hombre que había causado tanto dolor, a su propia familia y a innumerables vidas desconocidas, estaba muerto.

Miré alrededor de la habitación, con el corazón palpitándome de miedo de que los hombres de la Bratva se volvieran contra mí, mas ninguno se movió. Algunos me levantaron la barbilla en señal de respeto.

El pesado candelabro resbaló de las manos de mi madre, golpeando el suelo de mármol con un fuerte estruendo.

—Spasibo, Mama —agradecí.

Ella me miró, y hubo un breve destello de algo en sus ojos, fuego, determinación, y luego desapareció, sustituido por la inexpresividad familiar que impregnó mi infancia.

Y entonces la puerta trasera de la iglesia se abrió de golpe.