Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 70 Matteo
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70 Matteo

MATTEO

Los párpados me pesaban miles de kilos mientras luchaba por abrirlos.

Entrecerré los ojos y contemplé la habitación blanca. Sin ventanas. Olor antiséptico. Algún tipo de equipo médico emitiendo un suave pitido de fondo.

Giré la cabeza, mis músculos gritando por el movimiento, hasta que mis ojos se posaron en Romeo.

—¿Estoy en el infierno? —solté con voz ronca.

Romeo tenía ojeras y no se había afeitado.

—Deberías estarlo. No sé cómo saliste de esa, Fratello.

—¿Qué ocurrió?

—La Bratva provocó la explosión. Nos impidió llegar hasta ti. Tuvimos que luchar entre los escombros. —Su expresión era sombría, su mandíbula apretada—. Finalmente nos abrimos paso y encontramos a Ronan Finnegan.

—¿Qué? —Intenté incorporarme.

—Recuéstate, demonios —gruñó Romeo—. Estaba allí con Sofiya, parando la hemorragia de tu pierna. —Sus ojos se desviaron hacia donde la sábana del hospital cubría mis piernas. La aparté y gemí al ver la herida de bala vendada y la gran cantidad de moretones que tenía en los muslos.

—Los hombres de Ronan te liberaron y nos transportaron a todos aquí, a su hospital privado. Habrías muerto de no ser por él. Angelo también.

—¿Angelo?

—Los hombres de Arben le dispararon en la pista de aterrizaje. Lo operaron, pero se pondrá bien.

No sabía cómo sentirme por Angelo. Había sido uno de mis hombres más leales, no obstante, su lealtad se había desplazado obviamente hacia mi esposa. Sus acciones la habían puesto en peligro.

—¿Dónde está ella?

—Sofiya está en una habitación al final del pasillo. Está bien —añadió rápidamente ante mi expresión de pánico—. Tiene algunas cortadas y moretones, mas está bien.

La rabia me quemaba en el pecho por el hecho de que tuviera marcas en el cuerpo.

—Necesito verla.

Romeo suspiró.

—Perdiste mucha sangre y te tuvieron que operar la pierna. Necesitas tiempo para recuperarte.

—A la mierda con eso. —Me levanté para sentarme y balanceé las piernas sobre la cama.

Romeo me puso la mano sobre el pecho.

—Puedo ir a buscarla.

—No —gruñí—. Yo iré con ella. —Era lo menos que podía hacer después de todo el dolor que le había causado.

Romeo refunfuñó, pero se levantó y agarró una silla de ruedas de un lado de la habitación.

—Irás en esto. No es negociable.

—Yo soy tu Don —siseé en voz baja.

—Sí, sí, eres muy feroz y das miedo. Ahora súbete a la puta silla de ruedas.

Empecé a sudar por el esfuerzo de moverme de la cama.

Mi respiración era agitada y me sentía mareado.

Romeo me miró con desaprobación, aunque no dijo nada mientras me empujaba hacia el pasillo vacío.

Odiaba estar atrapado en la silla de ruedas y me di cuenta de que estaba experimentando apenas una pizca de lo que Sofiya hacía todos los días.

—¿Qué pasó con Rustik? ¿Arben?

—Ambos escaparon con algunos de sus hombres. El resto de sus soldados murieron o fueron capturados. Ronan los mantiene prisioneros.

—Joder. Ahora estoy en deuda con él, ¿no? —Algo se me vino a la cabeza, ¿fue él quien le disparó a Domenico y al resto de sus hombres?

—Me temo que sí. Al menos sabemos que no están metidos en el tráfico de mujeres.

Doblamos una esquina.

—Esa es la habitación de Sofiya. —Romeo señaló una puerta al final del pasillo.

—¿Por qué no hay un guardia afuera de la habitación? —gruñí.

—Ronan está adentro con ella.

—¿Qué? —Giré la cabeza para fulminar con la mirada a mi segundo al mando—. Dame una razón por la que no debería matarte ahora mismo por dejar que un hombre que no conozco, un jefe de la mafia rival, esté en una habitación con mi esposa.

—Estaría temblando de miedo si tuvieras la fuerza suficiente para limpiarte el trasero tú solo —replicó Romeo.

Antes de que pudiera decir algo más, añadió—: Finnegan es la razón por la que no estamos todos muertos.

No teníamos suficientes hombres ilesos para hacer guardia, así que se ofreció a quedarse con ella.

—Tú deberías haberte quedado con ella.

—Soy tu segundo al mando. Me quedo contigo.

Apreté la mandíbula, sin embargo, no respondí porque por fin estábamos frente a la habitación de Sofiya.

Empujé la puerta. El corazón me latía con impaciencia por ver a mi esposa.

¿Me gritaría? ¿Me echaría de la habitación?

Me lo merecía. Me merecía toda su ira, su juicio.

Lo soportaría todo con tal de estar cerca de ella, de satisfacer el ansia desesperada de mi cuerpo por estar siempre con ella.

Estaba preparado para cualquier cosa que me lanzara; no obstante, para lo que no estaba preparado era para encontrarme una cama vacía. Romeo se adelantó corriendo y revisó el baño. Sacudió la cabeza cuando se dio la vuelta.

—Mi teléfono. —Me atraganté.

Romeo lo sacó de su bolsillo y yo abrí la aplicación de rastreo, enviando una plegaria al universo para que no se hubiera quitado el collar.

Su punto estaba en el aeropuerto y el corazón me dio un vuelco en el pecho. Me temblaron las manos al llamarla. No contestó.

—Voy a llamar a Ronan —dijo Romeo. Se llevó el teléfono a la oreja y luego maldijo, colgó y sacudió la cabeza.

Justo entonces sonó mi móvil, pero era Sienna, no Sofiya. Estuve a punto de no contestar, en ese momento tenía que concentrarme en mi esposa, aunque luego me di cuenta de que mi hermana probablemente tendría el número de contacto de Leona.

—Matteo, Sofiya va hacia Chicago —soltó Sienna inmediatamente cuando contesté.

—¿Qué? —Puse la llamada en altavoz para que Romeo pudiera oírla.

—Nikolai me llamó. Rustik obligará a Mila a casarse con Arben. Sofiya, Ronan y Leona van a impedir la boda.

—Prepara el avión —le ordené a Romeo.

Sienna inhaló bruscamente.

—Matteo, no puedes ir. Romeo dijo que te habían disparado, lo que hace que sea la segunda vez esta semana.

—Si crees por un momento que voy a dejar que mi esposa se enfrente sola a Rustik y Arben, ¡no me conoces, maldición! —bramé.

—Demonios, Matteo —comentó Sienna con un suspiro—. Solo ten cuidado, ¿de acuerdo? Necesito que ambos regresen.

—Lo tendré —prometí. Romeo me acercó a la puerta y quité el altavoz de la llamada—. ¿Cómo está Noodle?

Sienna hizo una pausa antes de contestar.

—Parece triste. Se queda tumbado junto a la puerta llorando. Creo que echa de menos a Sofiya.

Ya éramos dos.

—La traeré de vuelta a casa —juré—. Por todos nosotros.

No había vida para mí sin ella. Pude haber sido demasiado tonto para verlo al principio, pero ya que lo sabía, nunca la dejaría ir.