Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 69 Sofiya
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69 Sofiya

SOFIYA

—¿Qué haces aquí? —Ronan gruñó—. Se supone que deberías estar en cama.

—Por favor, apenas fue una herida superficial. —Leona estaba increíblemente arreglada, con el cabello impecable. Lo único que delataba su herida era un vendaje alrededor de su bíceps.

—¡Te acaban de operar el jodido brazo!

Leona ignoró a Ronan y se acercó a mi lado

—Sofiya, acabo de hablar con el guardaespaldas de Mila.

Fruncí el ceño.

—¿Nikolai? ¿Qué quieres decir?

—Llamó a Sienna porque no pudo ponerse en contacto contigo, y Sienna me llamó a mí. Rustik regresó a Chicago con Arben, que se casará con Mila esta noche.

Las náuseas me revolvieron el estómago.

—¿Qué? No. —Eché las piernas a un lado de la cama—. Tengo que llegar a ella. ¿Qué dijo exactamente Nikolai?

—Dijo que necesita refuerzos. Mila está siendo vigilada demasiado de cerca como para que él pueda llevársela.

—Tengo que llegar a Chicago.

—Ya avisé al jet —respondió ella.

Ronan maldijo.

—¿Qué demonios, Leona?

Ella lo fulminó con la mirada.

—Ronan, esta boda consolidaría la alianza entre Arben y Rustik, que, por si acaso lo olvidaste, son tus enemigos. Así que puedes quedarte aquí sentado, cruzado de brazos mientras esperas a que los albaneses y la Bratva ataquen tu ciudad, o venir con nosotras.

—Lo juro por el maldito Dios. ¿Por qué te permití volver a Boston? Debería haberte hecho quedarte en New York.

—Porque sabes que podría matarte de cien maneras diferentes si quisiera.

—Ah, sí, eso —respondió con ironía. Se encontró con mi mirada suplicante y se restregó la mano por la cara en un movimiento que hizo que me doliera el corazón por lo mucho que me recordaba a Matteo—. No puedes venir con nosotros. Estás embarazada.

Leona levantó las cejas.

—Mila es más importante. —No me inmuté al encontrarme con sus ojos.

Quería desesperadamente que mi bebé sobreviviera.

No entendía cómo podía querer tanto a algo de lo que apenas llevaba un día sabiendo, no obstante, palidecía ante el amor que sentía por mi hermana.

Era mi mejor amiga, mi compañera de vida para siempre.

Iría hasta el fin del mundo por ella. Lo arriesgaría todo por ella.

Ronan apretó la mandíbula, pero agarró la silla de ruedas del hospital que estaba en un rincón de la habitación y la colocó junto a la cama, permitiéndome pasar a ella.

—De acuerdo, maldita sea. —Se dirigió a la puerta, murmurando algo sobre mujeres agobiantes y de carácter fuerte.

Leona me puso la mano en el hombro mientras me acercaba a la puerta.

—Los detendremos —aseguró, llena de confianza—. Y necesito la oportunidad de ver quién de nosotras tiene mejor puntería. Desde luego, la respuesta soy yo, aun así, me gustaría acallar cualquier rumor sobre tu destreza.

Puse los ojos en blanco, pero estaba más que agradecida de tenerla de mi lado.