Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 66 Matteo
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66 Matteo

MATTEO

Me quedé mirando fijamente el punto inmóvil de Sofiya en la aplicación de rastreo. Llevaba cuarenta y cinco minutos dentro del almacén. Cada segundo de espera había sido una agonía, pero no sabíamos cuántos irlandeses había adentro y teníamos que ser estratégicos.

Al menos, eso era lo que Romeo me seguía diciendo.

El almacén estaba en medio de la nada. Un largo camino de grava atravesaba campos abiertos hasta llegar a la entrada de un edificio gris.

Había un anexo abandonado a la vista del edificio, y allí fue donde esperamos a Rustik.

Había aterrizado en el mismo pequeño aeropuerto que nosotros y estaba en camino.

Recibí una llamada en mi teléfono. Pasé el dedo por encima del botón de respuesta, pero era un número desconocido, así que lo envié al buzón de voz.

—Rustik está a tres minutos —avisó Romeo.

—Pongámonos en posición. —Habíamos planeado con Rustik mientras estaba en el avión. Mis hombres y yo tomaríamos el lado este del almacén y él tomaría el lado oeste. Nos abriríamos camino hasta el centro para liberar a Sofiya y destruir a los irlandeses y albaneses.

La propiedad estaba en silencio mientras nos acercábamos. Me encontré con la mirada igualmente confusa de Romeo ante la ausencia de guardias. Con suerte, eso significaba que no nos esperaban y que no encontraríamos mucha oposición.

—Rustik está en posición —susurró Romeo.

Asentí con la cabeza a mis hombres. Veinte de ellos habían venido con nosotros y en ese minuto los observaba a los ojos.

Eran hombres que me habían sido leales y, en el caso de los más viejos, leales a mi padre.

La Mafia Italiana, estos hombres, eran la Familia, aun así, mi familia nunca estaría completa sin Sofiya.

—Gracias por estar a mi lado —dije. Unas cuantas expresiones de asombro se dibujaron en los rostros que tenía ante mí—. No hay nadie más a quien le confiaría la seguridad de mi esposa. —Sus rostros se volvieron serios y sus pechos se hincharon de orgullo. Me giré hacia Romeo—. Vamos.

El interior del almacén estaba oscuro. Las sombras de las pequeñas ventanas con barrotes jugaban con las paredes de concreto.

Atravesamos una habitación pequeña y silenciosa hasta que llegamos a otra puerta.

Romeo la tanteó, se abrió con un chirrido y todos entramos en un espacio negro como el carbón y sin ventanas.

Se escuchó un ruido sordo cuando la puerta se cerró tras nosotros.

Antes de que pudiera sacar mi teléfono para encender la linterna, la habitación se inundó de luces, luces cegadoras y brillantes que iluminaban una enorme sala con interminables tarimas de cajas apiladas.

Y una hilera de hombres uniformados y armados frente a nosotros.

Al frente de la fila estaba Domenico.

Un Domenico bastante vivo y sonriente.

Un momento de confusión fue seguido por un relámpago de rabia. Levanté mi pistola.

—Dame una razón por la que no deba matarte.

La sonrisa de Domenico era algo enfermiza y retorcida.

—Mi muy buen amigo está ahora mismo con tu esposa. Todo lo que me pase a mí le pasará a ella.

Las piezas del rompecabezas encajaban, cada una resaltando lo absolutamente tonto que había sido.

Había estado tratando de averiguar con quién se habían aliado los albaneses, y todo el tiempo había sido el maldito Rustik Ivanov.

Que había trabajado con mi ejecutor. E incriminó a los irlandeses para distraerme.

—Veo que finalmente lo has descubierto. —Domenico estiró los brazos, parecía completamente tranquilo, sabiendo que no podía hacerle nada y arriesgar a Sofiya—.

Ha sido agotador tener que inclinarme ante ti todo este tiempo.

Te apoyé hace tantos años, lamentablemente, te has vuelto débil.

No eres nada comparado con Arben y Rustik.

Romeo gruñó a mi lado y apreté mi mano contra su pecho. El corazón me latía con fuerza. No sabía cómo íbamos a salir de esta.

—Ahora, ha llegado el momento de usar sus lamentables neuronas y rendirse. Tú, por supuesto, tendrás que morir, aunque prometo ser gentil —se mofó Domenico.

Apreté la mandíbula, resistiendo la tentación de dispararle en la boca.

—Pero si tus hombres se rinden, estoy seguro de que podremos encontrarles un lugar en el nuevo imperio de Arben.

—Si crees que alguna vez te serviríamos... —gruñó uno de mis hombres.

—Carajo, la idiotez es muy profunda en la Familia —comentó Domenico. El hombre a su lado resopló.

Desvié la mirada hacia Romeo, tratando de sopesar las posibilidades.

Podíamos dispararles. No había forma de que permitieran que alguno de nosotros sobreviviera, así que más nos valía acabar con tantos de ellos como pudiéramos.

Pero ¿qué le pasaría a Sofiya? No estaba convencido de que Rustik pudiera matar a su hija, mas no estaba dispuesto a correr ese riesgo, sobre todo sabiendo que no tenía reparos a la hora de lastimarla. O venderla para casarse.

«Hijo de puta».

Otra pieza del rompecabezas cayó en su lugar. Iba a casarla con Arben.

—¿Cómo sé que realmente tienes a Sofiya? —Necesitaba ganar tiempo.

Domenico se encogió de hombros.

—Es un riesgo que tendrás que...

Un disparo sonó desde el otro lado de la habitación. La boca de Domenico goteó sangre antes de caer hacia adelante.

Se desató el caos.

—¡Abran fuego! —bramé. Mis hombres dispararon contra la línea de soldados de la Bratva y albaneses, que seguían siendo abatidos por la espalda por algún tirador desconocido.

Las balas pasaban a mi lado mientras me agachaba y disparaba a los hombres que caían rápidamente.

El suelo y las paredes de concreto levantaron polvo, y luego las luces se apagaron, empapándonos de oscuridad mientras los gritos y las balas llenaban el aire.

Luego se hizo un silencio espeluznante. La linterna de mi teléfono iluminó el cuerpo de Domenico, rodeado de soldados muertos.

Dirigí la luz hacia mis hombres, que parecían casi ilesos gracias a quienquiera que hubiera disparado a los soldados enemigos desde atrás.

El tirador debía de seguir en la sala, aunque era imposible localizarlo, ya que las cajas apiladas creaban un escondite perfecto.

—Le dispararon a Francesco —notificó Romeo—. Parece una herida superficial, pero Ajello va a llevarlo al coche para ver cómo está.

—Bien. —Me dirigí al resto de los hombres—. Dispérsense por el almacén y encuentren a Sofiya.

Volteé hacia Romeo y bajé la voz.

—Voy a ver si hay otra puerta por ahí. —Hice un gesto con la cabeza hacia el otro lado del gran espacio del almacén.

Romeo levantó la barbilla y el resto de mis hombres se dispersaron para revisar las otras habitaciones del edificio.

Tanteé la pared en busca de un interruptor de la luz, pero no lo encontré.

Me abrí paso por el lugar, con los ojos recorriendo las paredes y moviéndome entre las tarimas, con la pistola alzada en brazos por si me topaba con el tirador. Fuera quien fuera, no parecía mi enemigo, sin embargo, no me fiaba de nadie que se escondiera en las sombras.

Un fuerte ruido de raspaduras y gritos sonaron desde el exterior. El corazón me latía con más fuerza mientras avanzaba por la pared hacia el otro lado de la habitación, buscando una puerta. Mis dedos chocaron contra un bulto y me di cuenta de que era un interruptor de la luz.

Lo accioné. Mis ojos recorrieron a mi alrededor y entonces la vi.

Sofiya. Mi amor.

Tenía los ojos desorbitados y se arrastraba hacia una puerta no muy lejos de donde yo estaba.

Un alivio como nunca antes había sentido me dejó sin aliento.

Estaba aquí.

Estaba viva.

La llamé por su nombre y corrí hacia ella. Se volteó, la expresión de su rostro era de confusión y alivio. Sus labios se movieron, formando mi nombre.

Entonces, una explosión golpeó el costado de la propiedad y me arrojó con fuerza hacia atrás.