65 Sofiya
SOFIYA
Unos brazos fuertes me arrojaron al suelo. Me agarré antes de que la cara golpeara el piso, lo que me produjo un dolor agudo en los hombros y las muñecas. La puerta se cerró de golpe y me quedé sola, con el frío calándome la piel.
Me quité la capucha empapada en lágrimas y eché un vistazo a la oscura celda. Era parecida a la del sótano de Matteo, salvo que había una pequeña ventana en lo alto de la pared con barrotes. Al parecer, todos los jefes de la mafia seguían el mismo esquema de diseño interior.
Las lágrimas caían por mis mejillas y me agarraba el pecho, sintiendo como si me arrancaran el corazón.
Me negaba a creer que Angelo estuviera muerto, pero mis manos seguían empapadas en su sangre.
El estómago se me revolvió y respiré lentamente por la nariz para no vomitar.
Mi mente estaba aletargada y el agotamiento me abrumaba.
Tuve la tentación de acurrucarme en el suelo mugriento y cerrar los ojos, sin embargo, necesitaba mantenerme alerta.
¿Fueron los albaneses quienes nos atraparon?
Entonces... ¿por qué había escuchado a alguien hablar en ruso? No le encontraba sentido a nada.
Mis hombros se curvaron hacia dentro cuando la verdad se asentó en mis huesos. Fue mi culpa que le dispararan a Angelo. Por mi culpa habían capturado a los irlandeses. Mi plan había sido imprudente y estúpido.
Me tembló el labio inferior y me lo llevé a la boca. Tenía que controlarme. No merecía revolcarme en la autocompasión. Tenía que arreglar esto.
Miré alrededor de la celda para ver si había algo que pudiera utilizar para escapar, pero no había nada. Al menos no me habían atado, aunque mis brazos y piernas no servirían de mucho contra un enemigo.
Tendrían que ser suficientes. Mi cuerpo era todo lo que tenía.
Utilicé la pared para ponerme de pie y probar mis piernas.
Me dolían las caderas y sentía los tobillos inestables, pero era cuestión de vida o muerte, así que ya me ocuparía más tarde de las consecuencias en mi cuerpo.
Giré suavemente el hombro y me masajeé el brazo, deseando que todo se mantuviera en su sitio.
Me puse de puntitas para mirar por la ventana. Lo único que veía era un pedazo de cielo gris. Pasaron los minutos y finalmente volví a sentarme. Necesitaba conservar energía.
Un estruendo fuera de la habitación me sacudió de la bruma del sueño.
Me puse de pie justo a tiempo para que se abriera la puerta.
La luz del pasillo me irritaba los ojos, pero cuando me acostumbré, vi al Pakhan parado en el umbral.
Era la primera vez en mi vida que me alegraba de ver a mi padre.
Sentí alivio al darme cuenta de que Matteo le había pedido refuerzos contra los albaneses.
Sin embargo, volteó hacia mí con la misma expresión oscura y retorcida que había visto demasiadas veces en su rostro.
Se me encogió el corazón. No estaba aquí para rescatarme. Maldición, por supuesto que no.
—Sofiya.
—¿Estás trabajando con los albaneses?
Sacó un cigarrillo y lo encendió, soplando el humo en mi dirección.
—Al menos no eres una completa idiota, a diferencia de tu esposo.
—¿Por qué?
—Como si yo fuera a explicarle mis decisiones a una chica como tú —se mofó, como si yo fuera una escoria en la suela de su zapato.
—Por favor, déjame ir. —Me mataba suplicarle, mas no me quedaban opciones.
Su expresión se transformó en una mueca de desprecio.
—No te preocupes. Tengo planes para ti. —Y con eso, cerró la puerta, encerrándome de nuevo.
Solté un grito. ¿Cómo podía ser esta mi vida? ¿Qué había hecho para merecer un padre de mierda? Volví a desplomarme en el suelo. Tenía un nudo en la garganta, no obstante, estaba demasiado enfadada para llorar.
Me sobresalté cuando la puerta volvió a abrirse, aunque esta vez eran tres hombres los que estaban en el umbral. Uno de ellos me resultaba vagamente familiar, era uno de los soldados del Pakhan, pero los otros dos eran desconocidos.
Se me aceleró el corazón. Su mirada únicamente podía describirse como siniestra, pero contuve mi temor. Tenía que mantenerme alerta, podía ser mi única oportunidad de escapar.
Me quedé en el suelo, intentando idear un plan.
—Es más guapa de lo que imaginaba —señaló el primer hombre. Era calvo y vestía un uniforme negro de estilo militar.
El soldado de la Bratva esbozó una desagradable sonrisa amarilla.
—Son sus piernas las que no funcionan. Su cara, sus tetas y su culo no se ven afectados. Además, me gusta cuando se quedan ahí tumbadas mientras te las follas.
—¿Y qué hay de su coño? —inquirió el tercer hombre. Era rubio y parecía unos años mayor que yo.
—Supongo que tendremos que probarlo y ver —añadió el calvo.
El soldado de la Bratva parecía nervioso por primera vez.
—El Pakhan dijo que no había que tocarla. Se va a casar.
—Ya está casada —replicó el rubio.
El soldado calvo dio otro paso hacia mí, y mis ojos revolotearon hacia la pistola que llevaba en la cintura. Tensé los músculos para no moverme. Tenía que calcularlo todo con cuidado.
—Eso no importará una vez que su marido haya muerto. Las viudas pueden volver a casarse.
Oh Dios. Por muy enredados que estuvieran mis sentimientos hacia Matteo, no lo quería muerto
Y prefería morir antes que ser vendida a otro hombre elegido por mi padre.
El soldado de la Bratva cerró la puerta de la celda tras de sí, dejándonos a todos a oscuras. El putrefacto olor a sudor empapaba la habitación.
—¿Qué importa si la follamos? De todos modos, ya está usada. Y no es como si Arben la vaya a comprar por su coño.
La bilis se me subió a la garganta, pero me la tragué. Esta alianza había sido una farsa desde el principio. El Pakhan había jugado con todos nosotros, utilizándome como pieza de ajedrez en su retorcido juego.
Los hombres se acercaron, discutiendo quién iba a “cogerme el coño primero”. Parpadeé, haciendo que mis ojos se adaptaran a la oscuridad.
Uno de ellos se agachó sobre mí y yo me moví. Con la mano derecha, le agarré la entrepierna y apreté con fuerza. El grito de sorpresa del hombre llenó la habitación y me empujó a un lado, pero yo ya había conseguido agarrarle la pistola.
—¡Maldita perra! —soltó.
El sonido de tres disparos resonó en la pequeña habitación, seguido del ruido sordo de tres cuerpos.
La adrenalina se apoderó de mí y me permitió mantenerme en pie sin dolor.
Rodeé los cadáveres y abrí la puerta con cuidado.
Estaba segura de que alguien había escuchado los disparos, aun así, nadie vino corriendo.
La luz del pasillo se filtró en la celda lo suficiente para que viera que los tres guardias estaban muertos.
Le había dado a cada uno en la frente. Estaba bastante impresionada conmigo misma.
Estaban tan cerca que no había sido un tiro difícil, pero acertarles a todos en la oscuridad era bastante bueno. Dimi estaría orgulloso de mí.
Les quité las armas a los otros guardaespaldas y me las metí en la cintura.
La sangre se acumulaba en el suelo, empapando las rodillas de mis jeans.
Me temblaban las manos mientras buscaba un teléfono en los bolsillos.
Cuando saqué uno, se me encogió el corazón al ver que no tenía cobertura.
Tendría que llegar a un lugar mejor y llamar a Matteo.