Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 64 Sofiya
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64 Sofiya

SOFIYA

El dolor me recorrió el brazo y el hombro, y apreté los dientes para no sentirlo.

—¿Puedes colocarme el brazo en su lugar cuando aterricemos? —le pedí a Angelo.

Me miró con pánico.

—¿No debería hacerlo un médico?

Negué con la cabeza.

—Te diré cómo hacerlo. No es difícil.

Me invadió una oleada de náuseas que no sabía si eran causadas por la ansiedad, las náuseas matutinas o el dolor. El helicóptero sufrió una turbulencia y el estómago se me revolvió.

—¿Ir en helicóptero estaba en tu lista? —Quiso saber Angelo. Intentaba distraerme y se lo agradecí.

—No, no lo estaba. —Y por una buena razón, aparentemente, el aparato volvió a sacudirse—. Creo que me quedaré con los aviones. O mejor aún, con los autos.

Leona sonrió de oreja a oreja.

—¿Dónde está tu sentido de aventura?

—Debo de haberlo dejado en New York —murmuré.

Puse una mano sobre mi vientre y pedí que mi bebé estuviera bien.

Odiaba no poder hacer más para protegerlo casi tanto como me odiaba a mí misma por echar de menos a Matteo.

No dejaban de asaltarme recuerdos de él siendo tierno conmigo, de la sensación de sus brazos y el roce de sus labios.

Me había sentido protegida y segura con él.

Hasta que dejé de estarlo.

Miré por la ventana y me sequé las lágrimas.

El helicóptero descendió mientras nos acercábamos a una pista vacía rodeada de campos.

—En cuanto aterricemos, nuestro piloto, Finn, nos llevará a ver a Ronan. Hemos estado trabajando aquí, en el oeste de Massachusetts, por eso no aterrizaremos en Boston.

—¿Qué tipo de trabajo? —Angelo preguntó, con voz dura.

—Eso es algo que yo debo saber y tú de averiguar —respondió guiñándole un ojo.

Angelo me miró, tan poco impresionado como yo, sin embargo, no hubo tiempo de decir nada más porque estábamos aterrizando. Apreté los dientes mientras nos sacudía la turbulencia y cada movimiento me agravaba el hombro.

Dejé escapar un grito de dolor cuando aterrizamos, y Angelo se puso inmediatamente frente a mí, con las rodillas apretadas contra las mías.

—Dime qué tengo que hacer.

—Tienes que ayudarme a poner el hombro en su lugar, pero no tienes que forzarlo. Solamente pon tu mano en mi codo y deja que el peso de tu mano tire de él hacia abajo. —Doblé el brazo derecho y él me puso la mano en el pliegue del brazo—. Ahora, con la otra mano, masajéame el hombro y el bíceps.

Hizo lo que le pedí, con semblante serio y concentrado mientras me sujetaba con firmeza. Finn, el piloto, y otro hombre que había estado sentado adelante nos observaron con curiosidad mientras Angelo continuaba con el masaje. Al cabo de unos minutos, mi hombro se movió.

—Creo que ha vuelto a entrar. —Todavía me dolían los músculos y sabía que tenía que tener mucho cuidado los próximos días, aun así, ya podía mover el brazo con más facilidad.

—Vaya, esperaba que el proceso fuera más dramático —comentó Leona.

—Oh, intento que mi vida no sea muy dramática —repliqué.

Ella resopló.

—Así es exactamente como yo describiría...

—Leona —soltó Finn—. Acercándose.

Todos, incluido Angelo, sacaron sus armas. Maldije internamente por no tener todavía un arma. Debería haber presionado más para conseguir una. Al menos así no sería completamente un blanco fácil, atrapada en un helicóptero del que ni siquiera podría salir por mis propios medios.

—No son nuestros hombres —advirtió Leona, sin ningún rastro de humor en su voz.

Me incliné lo suficiente como para ver una fila de coches negros acercándose.

—Mierda —soltó Finn—. ¿Podremos llegar a tiempo a nuestro auto? ¿O deberíamos intentar despegar y aterrizar en otro lugar?

Miradas furtivas vinieron hacia mí, y mis mejillas ardían. Estaba claro que yo era el eslabón más débil.

—Enciende los motores, Finn —dijo el otro hombre—. Deberíamos tener suficiente combustible para llegar al aeropuerto de Westover.

Los dos hombres se dirigieron a la cabina mientras Leona y Angelo permanecían junto a la puerta abierta, con las armas desenfundadas. El motor se puso en marcha y sentí que mi corazón latía al compás de las vibraciones.

—¡Cúbranse! —bramó Angelo, saliendo del helicóptero para cerrar la puerta cuando las balas empezaron a repiquetear contra la estructura metálica.

—¡Están intentando derribar la cola y las aspas! —alertó Finn.

El helicóptero se elevó del suelo y se tambaleó, cayendo de golpe. Angelo se arrojó sobre mí y yo acurruqué mi cuerpo sobre mi estómago. El sonido de cristales rompiéndose fue seguido de rápidos disparos, mas, no tenía ni idea de dónde venían.

—¡Son demasiados! —gritó Leona—. ¡Le envié un mensaje a Ronan, pero está a veinte minutos de distancia!

Angelo se apartó de mí, girando para disparar desde la ventana destrozada de la puerta hasta que su arma hizo clic.

—Demonios.

—¡Ríndanse ahora y salven sus vidas! —gritó alguien desde afuera del helicóptero.

Finn se arrastró hasta nosotros desde la cabina.

—Sus coches son a prueba de balas y me he quedado sin municiones. Leona...

—No —replicó ella. No podía verla desde mi posición estrecha, pero sonaba furiosa—. No podemos rendirnos.

—Podemos salir de esto —apoyó el otro irlandés—. Aunque tenemos que rendirnos primero. Ronan vendrá por nosotros.

Me agarré al brazo de Angelo, con un terror agudo apuñalándome el pecho.

—Simplemente nos matarán, Aidan —afirmó Leona—. Ni siquiera sabemos quiénes son. No tienen ninguna razón para mantenernos con vida.

De repente, la puerta del helicóptero se abrió. Cuatro hombres enmascarados nos apuntaban con sus rifles.

—¡Suelten sus armas! —ordenó uno de los enmascarados mientras agitaba su pistola. Tenía acento, pero no pude distinguirlo.

Uno a uno, Leona, Finn, Aidan y Angelo soltaron las armas. Otro hombre se acercó por detrás de los guardaespaldas armados, pero no estaba enmascarado. Aparentaba unos treinta y tantos años, con el cabello rapado y corpulento.

Angelo inhaló con fuerza y se colocó frente a mí, bloqueándome la vista.

—Arben.

Se me heló la sangre.

—Angelo Conti —saludó una voz despectiva.

Entonces sonó un fuerte disparo y Angelo se desplomó delante de mí.

Todo se desvaneció, todo mi mundo se redujo a mi guardaespaldas inconsciente, mi amigo. Un grito de agonía salió de mis labios mientras me abalanzaba sobre él.

—¡Angelo! —Apreté las manos sobre la herida de bala de su pecho. La sangre caliente brotó contra mis palmas y las lágrimas cayeron sobre el dorso de mi mano—. Juro por Dios que te mataré si te me mueres.

El aire se llenó de gritos y ruido metálico, y entonces unas manos frías me agarraron por detrás, arrancándome de Angelo y llevándome hacia atrás y sacándome del helicóptero.

Grité y me agité, no obstante, quienquiera que me sujetara tenía un agarre de hierro y mi hombro estaba débil y adolorido, dejándome indefensa.

Una bolsa áspera me cubrió la cara y me metieron en un coche. Antes de que se cerrara la puerta, me pareció escuchar a alguien hablar en ruso.