Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 67 Matteo
85%

67 Matteo

MATTEO

Un sonido estrangulado me dejó sin aliento y algo duro aterrizó sobre mis piernas.

Parpadeé a través del polvo que llenaba la habitación y vi un gran pedazo de concreto de la pared derribada que me inmovilizaba contra el suelo.

Podía mover los dedos de los pies, así que no creía que me hubiera roto algo, sin embargo, no podía moverme de debajo.

Giré la cabeza, desesperado por ver a Sofiya. Me estremecí de alivio cuando la vi a unos tres metros, cubierta de polvo pero aparentemente ilesa.

—Sofiya, amor, ¿estás bien?

Tosió y se limpió la cara con la manga.

—Estoy bien. ¿Y tú?

—Sí, solamente atrapado aquí.

Asintió con la cabeza e intentó ponerse de pie, pero cayó al suelo.

Me estremecí cuando sus rodillas golpearon el suelo.

—Ten cuidado —gruñí.

Puso los ojos en blanco.

—Sigues siendo tan mandón como siempre. —Se mordió el labio mientras miraba el gran agujero en la pared—. ¿Quién provocó la explosión?

Antes de que pudiera responder, se escuchó un fuerte grito. Al principio, todo lo que podía ver a través del agujero era un destello verde y azul del exterior. Pero entonces apareció Rustik, rodeado de sus hombres.

Clavé los ojos en Sofiya.

—¡Corre! —pronuncié con la boca.

Aunque intenté quitarme el pedazo de concreto de las piernas, no pude.

Me puse más frenético cuando mi esposa se acercó a donde yo estaba en lugar de cruzar hacia la salida.

Se colocó detrás de una viga metálica retorcida que debió de desprenderse del techo.

Tenía una pistola en las manos y me di cuenta de que pretendía quedarse y luchar.

—Tesoro, no, no puedes hacer esto. Lárgate de aquí —siseé.

Ella me ignoró y se asomó alrededor del montón de escombros, con la pistola firmemente sujeta en la mano.

Joder, ¿por qué no le había enseñado a disparar?

Busqué mi pistola con la mano, no obstante, únicamente sentía pedazos de roca y cristal.

Había volado de mis manos en la explosión, así que en ese instante estaba a minutos de la muerte, y mi esposa también.

Los hombres de Rustik gritaban mientras atravesaban los montones de escombros.

El traqueteo de los disparos llenó la habitación cuando uno de sus guardaespaldas me apuntó.

Los bloques de cemento que me rodeaban desviaron la mayoría de las balas, pero entonces una línea de fuego me atravesó el muslo y supe que me habían dado.

Volví a mirar a Sofiya. Sería lo último que vería antes de morir.

La contemplé con avidez, memorizando la forma en que se apartaba el cabello despeinado de la cara, la determinación con la que apretaba la mandíbula, la firmeza con la que sus manos envolvían el arma.

Su determinación era contagiosa y me llenaba el pecho.

Me negaba a creer que mi tesoro fuera a morir ese día.

Mientras la vida se desangraba de mi cuerpo, confiaba en que ella sobreviviría.

Los refuerzos llegarían a tiempo para ella si tan solo corría.

—Sofiya, por favor, corre, escóndete. No hagas esto, por favor. —Yo era el objetivo de la Bratva, no ella. Rustik no ganaría nada matando a su hija, pero si ella se quedaba, podría convertirse en un daño colateral.

Sofiya me ignoró y apuntó con su arma antes de apretar el gatillo y disparar un tiro tras otro.

A pesar de que las balas chocaron contra la viga metálica tras la que se escondía, ni se inmutó.

Sus disparos parecían efectuarse sin esfuerzo y, aunque no giré la cabeza para ver si alguno de ellos había impactado, me quedé sin aliento ante lo magnífica que lucía.

Los gritos se unieron al olor a pólvora y sangre en el aire. Con cada latido de mi corazón, le recé a un Dios en el que no creía que salvara a Sofiya.

Me zumbaron los oídos cuando todo quedó en silencio. Una mirada de pura rabia transformó el rostro de Sofiya. Intentó levantarse, mas, le fallaron sus fuerzas.

—¡Rustik! —vociferó—. ¡Vuelve y enfréntame, cobarde! ¡Cobarde! —repitió algo en ruso y luego soltó una sarta de maldiciones.

Mi corazón latía tan rápido que pensé que iba a explotar de tanto terror. En cualquier momento, vería cómo la luz abandonaba los ojos de mi mujer, sabiendo que todo había sido culpa mía.

Se escuchó un ruido sordo de pasos que se disipaban, el crujido de los escombros y luego el silencio.

La confusión me invadió. ¿Dónde estaban los otros hombres?

Rompí mi promesa de no apartar la mirada de Sofiya y giré dolorosamente la cabeza hacia la abertura de la pared.

El suelo estaba lleno de cadáveres y la sangre empapaba el suelo en ruinas.

Todos estaban muertos.

—Te dije que sabía disparar. —Sofiya me miró con una arrogante inclinación de cabeza antes de apuntarme lentamente con su arma—. Fuiste tú quien dudó de mí.

Mis labios se entreabrieron. ¿De verdad había acabado con todos ellos? ¿Con una docena de hombres ella sola? Era mejor tiradora que yo, que cualquiera de mis hombres.

—Dios, Tesoro, nunca te habías visto tan hermosa. —Sonreí mientras observaba el cañón del arma—. ¿Vas a matarme ahora? Me lo merezco.

—Aún no lo he decidido —contestó. Entonces sus ojos se desviaron hacia la sangre que se acumulaba bajo mi pierna y su labio empezó a temblar—. No. —Jadeó.

—No pasa nada. —Mi cuerpo se estaba enfriando y entumeciendo, y sabía que no tenía mucho tiempo antes de que la pérdida de sangre me obligara a perder el conocimiento—. Puedo irme ahora, sabiendo que estarás bien.

—No —repitió, sacudiendo la cabeza mientras se le entrecortaba la voz. Bajó el arma al suelo y empezó a arrastrarse hacia mí.

—Tesoro, no —le supliqué. Intenté moverme, hacer algo para detenerla, pero mis extremidades no respondían—. Sofiya, por favor, detente.

El suelo estaba lleno de trozos de cristal y mi perfecta y preciosa esposa se arrastraba por él para llegar hasta mí.

—Pensé que solamente estabas atascado —mencionó al llegar a mí—. No vi... —Se le escapó una lágrima que me rompió el corazón. Tuve suficientes fuerzas para rozar su brazo con mis dedos y fue como el cielo, simplemente volver a sentirla por última vez.

—Lo siento mucho —me disculpé—. Siento mucho haberte hecho daño y no haber podido protegerte. Eres tan valiosa. Te amo tanto. —Mis palabras salieron arrastradas.

Sus manos se posaron en mi muslo, presionando la herida, sin embargo, apenas podía sentirlas.

—Te juro por Dios, Matteo, que no te me vas a morir. —Las lágrimas resbalaban por sus mejillas y yo quería besarlas. No había reconocido realmente el tesoro que era hasta que fue demasiado tarde.

—Después de toda la mierda que ha pasado en estos últimos días, nunca te perdonaré que nos dejes solos —reviró. Se quitó la camisa y la usó para mantener la presión sobre mi herida—. Tienes que estar aquí por mí. —Su voz se quebró cuando añadió—. Y por el bebé.

Sus palabras flotaron en el aire hasta mí, aterrizando suavemente en mi mente mientras me desvanecía del mundo.