59 Sofiya
SOFIYA
Estaba entumecida mientras la doctora Amato me sacaba sangre. Era su tercer intento de pincharme, aun así, apenas lo sentí.
Estaba metida bajo las mantas, no obstante, lo único que me daba calor y me mantenía un poco pegada a la realidad era el suave cuerpo de Noodle contra el mío. Se negaba a moverse de mi lado. Su cabeza descansaba contra mi pecho, la presión mantenía a raya mi pánico.
—¿Sofiya? ¿Me escuchas? ¿Sofiya?
Me sobresalté al darme cuenta de que la doctora Amato me hablaba.
El tiempo corría demasiado lento y rápido.
La habitación giraba a mi alrededor, aumentando mi desorientación.
Giré la cabeza para mirarla. A pesar de que tenía el ceño fruncido por la preocupación y los ojos tristes, no sentí nada.
Era como si el frío hubiera congelado mis emociones.
Me parecía bien.
No quería sentir. No quería existir. Pensé que tenía todo lo que quería. Todo lo que había soñado. Pero ya no tenía nada, y lo peor era que no entendía por qué. ¿Qué había hecho para que mi esposo me odiara? ¿Para que quisiera torturarme? ¿Había sido real algo de lo que habíamos vivido?
Me estremecí cuando la doctora Amato me tocó la cara.
—Lo siento —murmuró—. Quisiera tomarte la temperatura otra vez y también darte una bolsa de suero intravenoso. Estás muy deshidratada.
No encontraba palabras para hablar.
—¿Qué tal un poco de chocolate caliente? —Ofreció—. Te ayudará a entrar en calor.
Cerré los ojos. Tal vez podría bloquear el mundo entero.
Quizá podría desvanecerme.
Noodle me rozó el cuello con su nariz fría y húmeda.
Intenté ignorarlo, pero cada vez insistía más y más, hasta que con esfuerzo saqué la mano de debajo del peso de todas las mantas para acariciarle la cabeza.
Una oleada de emoción me recorrió el pecho ante su tacto suave, la suavidad de su pelaje, mas la aplasté rápidamente.
No era lo bastante valiente para enfrentarme a la realidad.
Me acurruqué alrededor del cuerpo de Noodle, rodeándolo con ambos brazos.
—Te extrañé —musité—. ¿Tú me extrañaste?
Noodle dejó escapar un largo suspiro, como diciendo que sí.
—¿Tengo tu permiso para administrarte el suero intravenoso? —preguntó la doctora Amato.
Permanecí pegada a Noodle, pero asentí. Ya no me importaba lo que pasara. La doctora podía hacer lo que quisiera.
Un sabor metálico en la boca me indicó que me había administrado el suero. Mantuve los ojos cerrados.
—Voy a llevar las muestras de sangre al laboratorio y volveré esta tarde para revisarte de nuevo. —Vaciló antes de cuestionar—: ¿Quieres que alguien se siente contigo mientras no estoy?
—No —repliqué, con la voz ronca y quebrada.
No quería que nadie me viera.
Nadie era seguro.
La doctora Amato abrió la puerta y vi brevemente a Matteo antes de que volviera a cerrarse. Parecía destrozado, con marcas oscuras bajo los ojos enrojecidos.
¿Qué motivos tenía para estar alterado?
Apoyé la cara en el pelaje de Noodle y cerré los ojos, dejándome llevar por el sueño.
—¿Sofiya?
Las palabras de la doctora Amato llegaron flotando hasta mí, como si tuvieran que cruzar un gran abismo en el espacio para alcanzarme.
Noodle movió la cola, golpeándola contra el colchón, pero no se movió de su lugar. La ansiedad se apoderó de mí cuando me di cuenta de que probablemente necesitaba comida y salir afuera. ¿Alguien le había dado de comer mientras yo estuve encerrada?
Me incorporé y me senté.
—¿Han alimentado a Noodle? —inquirí con un toque de pánico en la voz.
—Oh —contestó la doctora Amato, con el ceño fruncido—. No estoy segura. ¿Podría preguntarle a alguien?
Me mordí el labio, mi miedo de ver a alguien luchaba con mi necesidad de asegurarme de que Noodle estuviera bien cuidado.
—Angelo —decidí finalmente—. ¿Puedes traerlo aquí?
Unos minutos después, mi guardaespaldas entró a la habitación. La expresión de su rostro era de agonía. Cayó de rodillas junto a mi cama.
—No te pediré perdón, porque no lo merezco.
Debí haber matado a Domenico, debí haber hecho lo que fuera necesario para impedir que te metiera ahí.
—Tragué con fuerza contra el nudo emocional que tenía en la garganta—.
Todo lo que puedo decir es que de ahora en adelante, mi lealtad es hacia ti y únicamente hacia ti. Estoy a tus órdenes.
Sabía que lo que había pasado no era culpa de Angelo. La culpa era del Don. No obstante, en lo único que había podido pensar mientras estaba encerrada en esa celda era en cómo había entregado mi confianza con demasiada facilidad a todos los que me rodeaban.
—¿Le han dado de comer a Noodle? —pregunté con la voz áspera.
Al escuchar su nombre, Noodle se animó. Giró hacia mi guardaespaldas y le lamió la cara.
—Sí, lo estuve alimentando y sacando a pasear —explicó.
—Bien —añadí. Me empezó a temblar el labio inferior y me acurruqué en la cama, rodeando a mi perro con los brazos—. Ya puedes irte.
Angelo jadeó bruscamente, como si quisiera decir algo más, pero luego se puso de pie.
—Le traeré algo de cenar dentro de una hora.
La doctora Amato volvió al lado de la cama.
—Sofiya, tengo los resultados de tus análisis.
Me quedé mirando fijamente a la pared. No me importaban mis resultados. ¿Qué podía decirme que yo no supiera ya? Que mi cuerpo estaba roto. Que yo estaba rota.
—La mayoría de los resultados estaban dentro de lo normal, pero también revelaron... — Se interrumpió antes de aclararse la garganta—. Sofiya, estás embarazada.
Sus palabras me sacaron de mi niebla.
—¿Qué dijiste?
Aria me miró atentamente.
—Estás embarazada.
Un torrente de emociones rompió el entumecimiento del que me había rodeado y casi me dejó sin aliento. Me incorporé y me llevé la mano al estómago bajo las mantas.
Noodle se acercó a mi regazo, apretando la nariz contra mi vientre como si ya supiera que allí crecía una vida.
Aunque cerré los ojos con fuerza, las lágrimas seguían corriendo por mis mejillas. Este había sido mi sueño, todo lo que siempre había querido, mas en ese momento me sentía como si estuviera atrapada en una pesadilla.
—Sé que es mucho para asimilar, sobre todo porque aún estás en estado de shock —comentó la doctora Amato, con voz suave.
Un pensamiento horrible se apoderó de mí y estiré el brazo para agarrar la mano de la doctora, apretándola con fuerza.
—¿Se lo dijiste al Don?
—No, quería decírtelo...
—No puedes decírselo —agregué, apretando su mano con más fuerza—. No puede saberlo. —Mis pensamientos eran confusos y me tropezaba con las palabras, aun así, mi cuerpo gritaba: «no es seguro, no es seguro».
Sus ojos se desviaron hacia la puerta y luego volvieron a mí.
—Acabará por enterarse.
Clavé mis uñas en su mano, en su brazo, acercando su cuerpo al mío.
—Tienes que prometerme que no se lo dirás. Prométemelo. —Sabía lo que le estaba pidiendo, lo que podría costarle traicionar al Don. Pero necesitaba que lo entendiera, necesitaba que me protegiera a mí y a mi bebé.
Respiró lentamente y me miró fijamente a los ojos.
—De acuerdo, Sofiya —dijo lentamente—. No diré nada. Por ahora.
Por ahora.
Al menos su silencio me daría algo de tiempo para resolver las cosas. Solté su brazo. Había dejado hendiduras en forma de media luna en su piel.
—¿El bebé está bien? —susurré.
—No estoy segura. Tu cuerpo ha sufrido mucho estrés. —Ante mi expresión de pánico, me puso una mano suavemente en el hombro—. Eso no significa que el bebé no esté bien. ¿Sabes desde cuándo estás embarazada?
Intenté recordar cuánto tiempo había pasado desde la primera vez que Matteo y yo tuvimos sexo; sin embargo, mi mente iba demasiado rápido como para pensar con claridad.
—No pueden ser más de un par de semanas.
La doctora Amato asintió.
—Han pasado poco más de dos semanas desde que me preguntaste por la posibilidad de un embarazo.
Dios, parecía que había pasado toda una vida. Nuestra primera vez había sido tan mágica, tan perfecta.
Todo fue una mentira.
—Los análisis de sangre pueden mostrar el embarazo más rápidamente que los de orina —continuó—. ¿Recuerdas cuándo fue tu último período?
—No lo he tenido desde antes de la boda —dije, pasándome la mano por la cara—. Debí sospechar algo. Pero mis periodos pueden ser impredecibles.
La doctora Amato estrechó mi mano entre las suyas y me dio un suave apretón.
—Has pasado por muchas cosas últimamente. No me sorprende que no te dieras cuenta.
Noodle volvió a darme un golpecito en el estómago. Todo mi mundo había cambiado en los últimos minutos.
—¿Puedes hacer un ultrasonido para ver si el bebé está bien?
La doctora negó con la cabeza.
—Es demasiado pronto para ver algo en un ultrasonido. Por lo general, hay que esperar al menos hasta las seis semanas para ver algo.
Se me encogió el corazón. Quería ver a mi bebé ahora, quería saber que no le había fallado. ¿Cómo podía mi cuerpo ser un hogar seguro para mi bebé si yo no estaba a salvo?
Se me llenaron los ojos de lágrimas y las dejé salir.
Estaba dispuesta a rendirme, a dejarme llevar por esta vida llena de dolor y sufrimiento.
Pero en ese momento tenía una razón para seguir adelante.
Le daría a este bebé todo el amor con el que había soñado y que nunca había recibido, costara lo que costara.