60 Sofiya
SOFIYA
La doctora Amato me trajo la cena en una bandeja junto con una taza grande de chocolate caliente. Antes de irse, le pedí que hiciera pasar a Angelo.
Había pasado la última hora reflexionando y había ideado un plan. Era una locura, muy arriesgado y requería que confiara en al menos una persona.
Angelo estaba parado a al pie de mi cama, con los hombros firmes y las manos juntas frente a él.
—¿Fue cierto lo que dijiste? —le pregunté. Estaba orgullosa de que mi voz hubiera recuperado algo de fuerza. Necesitaba ser fuerte por mi bebé—. ¿Qué harías cualquier cosa para protegerme?
—Sí —afirmó Angelo sin vacilar.
—¿Me ayudarás a mí? ¿No a Matteo? —Me dolía físicamente pronunciar su nombre.
—Mi lealtad es hacia ti, Sofiya. Te lo juro.
—De acuerdo. —Jugueteé con la manta, deseando tener fuerzas para ponerme de pie. Era difícil irradiar poder y confianza envuelta en la cama.
Respiré profundamente y enderecé mis hombros.
—Entonces me ayudarás a escapar.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Qué quieres decir?
—Tenemos que irnos. No estoy a salvo aquí. Y... —Lo miré atentamente, esperando desesperadamente no estar cometiendo un error. Quería confiar en él. Necesitaba creer que aún tenía a alguien de mi lado—. Y necesito proteger a mi bebé.
Angelo palideció y sus ojos revolotearon entre la puerta y yo. Dio un paso titubeante hacia mí, esperando a ver si protestaba o si Noodle gruñía. Cuando ambos nos quedamos tranquilos, se sentó suavemente a mi lado.
—¿Estás embarazada, bella? —Colocó suavemente su mano sobre la mía.
Me limpié rápidamente una lágrima mientras asentía con la cabeza.
—¿Él lo sabe?
—No. Acabo de enterarme. La doctora Amato dijo que no se lo diría todavía. Pero no podemos esperar. Pronto se enterará y tengo que proteger a este bebé de él.
—Sofiya, él nunca lastimaría a tu bebé. Al Jefe le mostraron pruebas de que lo habías traicionado al hacer un trato con Arben, y sintió que no tenía más remedio que actuar. No era su intención que estuvieras tanto tiempo en esa celda.
La ira relampagueó en mi pecho y aparté la mano de la suya.
—Oh, ¿así que debería estar agradecida de que solamente me quisiera allí por poco tiempo?
¿Lo suficiente para que Il Diavolo me contara todas las formas en que mi esposo me torturaría para sacarme la información?
—reviré las palabras con las manos temblorosas.
Noodle se quejó y se tumbó en mi regazo.
Angelo abrió mucho los ojos.
—El Jefe nunca te torturaría.
—Ya lo hizo —siseé, furiosa—. ¿Estás de mi lado o no?
Tragó saliva y volvió a mirar hacia la puerta. Se me formó un nudo de pavor en el estómago mientras esperaba su respuesta. ¿Había vuelto a calcular mal otra vez?
—Estoy de tu lado —confirmó finalmente—. Siempre.
Dejé escapar un escalofrío de alivio.
—Necesito un teléfono que no se pueda rastrear.
Sacó un teléfono plegable de su bolsillo.
—¿Cuál es tu plan? No puedes volver a Chicago.
—No —dije, tomando el teléfono—. A Chicago no.
Agarré mi bolso de la mesita de noche y saqué la tarjeta de Leona del bolsillo oculto con manos temblorosas.
Si su madre había escapado de la Mafia Italiana, quizá Leona estaría dispuesta a ayudarme.
Odiaba tener que confiar en otra persona, pero ¿qué otra cosa podía hacer?
No involucraría a Mila, el Pakhan nunca estaría de mi lado, y no podía confiar en nadie más de la Familia.
Ella contestó al tercer timbrazo.
—¿Hola?
—¿Leona?
Hubo una larga pausa.
—Bueno, esto es una sorpresa. No esperaba su llamada, señora Rossi. ¿A qué debo el placer?
—¿A quién le eres leal? —inquirí, intentando sonar firme.
Ella resopló.
—¿Qué es esto, una encuesta tipo Gallup? Me temo que no tengo la...
—Necesito saberlo —interrumpí—. ¿A quién le eres leal? ¿A los italianos o a los irlandeses?
Casi esperaba que me colgara el teléfono. No tenía ningún motivo para hablar conmigo, pero tal vez escuchó algo en mi tono, porque después de unos momentos de tortura, respondió.
—El tío de tu esposo asesinó a mi mamá. ¿Tú qué crees?
—Bien —pronuncié—. Porque necesito tu ayuda.