Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 58 Matteo
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58 Matteo

MATTEO

Abrí los ojos, sintiéndome drogado y aturdido.

Traté de tocarme la cara y sentí que el brazo me ardía muchísimo.

—No fue una buena idea.

Giré la cabeza hacia la derecha, siguiendo la voz de Romeo. Su rostro parecía demacrado, con sombras oscuras bajo los ojos.

—Estás hecho una mierda —solté con voz ronca.

Romeo resopló.

—Tienes suerte de que aquí no haya un espejo, porque yo tengo mejor aspecto que tú.

Le creía si mi aspecto se parecía un poco a cómo me sentía.

—¿Qué pasó?

Romeo me pasó un vaso de agua de la mesa auxiliar junto a la cama.

—Una bala en el brazo. Uno de los soldados albaneses en el suelo no estaba del todo muerto, al parecer.

—Carajo.

Cuando llegamos al almacén, Arben no estaba por ninguna parte. Habíamos derrotado a los soldados albaneses sin mucha dificultad, liberando a mis hombres atrapados. Estábamos cargando a los soldados que capturamos en camionetas cuando caí.

—¿Cuál es el daño?

—Te operaron. Dicen que te recuperarás completamente, aunque tendrás que ser cuidadoso durante las próximas seis semanas.

Me quejé.

—Maldita sea, odio que me disparen.

Romeo resopló.

—Te pasa muy a menudo.

—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?

—Desde ayer por la tarde. Ahora son las diez de la mañana.

Miré alrededor de la habitación, con la vista borrosa, para ver si Sofiya estaba aquí.

Mi corazón se hundió cuando los recuerdos del día anterior volvieron a mí.

Maldición, ¿cómo se había jodido tanto todo?

Necesitaba volver a casa para llegar al fondo de las cosas.

Era difícil rebatir los mensajes que había visto, no obstante, seguía pareciéndome imposible que me hubiera traicionado.

Era una muy buena actriz si todo era cierto.

Me pasé la mano por la cara. O quizás ella me había ablandado.

Estaba seguro de que estaría furiosa cuando volviera al apartamento. Intenté encontrar la frialdad que se había forjado dentro de mí como Don de la Mafia Italiana, pero no pude borrar la culpa que sentía de que ella hubiera pasado algo de tiempo en el sótano.

Me levanté para sentarme, maldiciendo la debilidad de mi brazo.

—Tenemos que volver a casa.

Me apoyé en el ascensor mientras nos llevaba al último piso. Lo único que quería era arrastrar a Sofiya hasta la ducha, besar cada centímetro de su cuerpo y estrecharla contra mí en la cama mientras dormía.

Y luego me despertaría y me la follaría un par de veces.

Lamentablemente, demasiadas cosas se interponían entre esa fantasía y yo.

Salí del ascensor y encontré a Angelo de pie fuera del apartamento. Su rostro era una máscara de rabia y no me miró. Apreté la mandíbula por la insubordinación, pero era el hombre que cuidaba a Sofiya y comprendí por qué estaba enfadado conmigo. Me dirigiría a él más tarde.

—¿Quieres que entre como refuerzo? —Romeo preguntó.

Probablemente debería, aunque fuera solamente para evitar que Sofiya me envolviera en su dedo. Necesitaba interrogarla, llegar al fondo de lo que estuviera pasando. Asentí con la cabeza y pasé junto a Angelo para entrar en el apartamento.

Noodle me recibió en la puerta, rebosante de energía. Intenté darle una palmadita en la cabeza, pero salió corriendo hacia la habitación.

Mierda, ahora no le caía bien ni al perro.

—¿Sofiya? —grité. Debía de estar en nuestra habitación.

Mis pasos eran pesados por el cansancio. Antes de que pudiera llegar a la habitación, Noodle salió corriendo y me lanzó la bolsa con los medicamentos de Sofiya. Una sacudida de pánico me recorrió el pecho. ¿Sofiya estaba herida?

Me apresuré a entrar en la habitación, pero estaba vacía. Volví a llamarla y revisé el baño. Volví corriendo a la sala.

—No está aquí —le avisé a Romeo, que estaba sacando algo del refrigerador.

De inmediato volvió a poner el recipiente en su sitio, entrando en acción como mi segundo al mando. Llegó antes que yo a la puerta principal y la abrió de golpe.

—Angelo, ¿dónde está Sofiya? —inquirió.

Se volteó, mirándonos a ambos confundido.

—Está donde la dejaste. —Me miró fijamente mientras hablaba, con los ojos llenos de furia.

Tardé un momento en asimilar sus palabras.

¿Dónde yo la dejé?

—¡¿Todavía está en el puto sótano?! —bramé.

Romeo maldijo detrás de mí. Me temblaron las manos al presionar el dedo contra el lector del ascensor. Se abrió enseguida.

—Entra —le demandé a Angelo—. Y explica de una puta vez lo que pasó.

—Ordenó que la señora Rossi debía quedarse en la celda y que nadie debía dejarla salir excepto usted —me recordó.

Golpeé con el puño la pared del ascensor.

—¿Y a nadie se le ocurrió hacer algo cuando no regresé después de unas horas?

—Cuando no volvió, intenté sacarla. Domenico dijo que había llamado a Romeo, quien le confirmó que debía quedarse allí hasta que usted regresara.

Giré la cabeza hacia mi hermano, que levantó las manos.

—Él no me llamó. Nunca dije eso. Yo también supuse que había vuelto al apartamento.

Domenico era hombre muerto.

Se me aceleró el corazón y quise gritar por lo lento que iba el ascensor. En cuanto se abrieron las puertas, corrí por el sótano hasta la celda en la que estaba Sofiya. No había nadie colocado en el exterior y las llaves no estaban por ninguna parte.

—¡Trae las llaves extra de mi oficina! —le grité a Romeo. Me dirigí de nuevo a la puerta—. Sofiya, Tesoro, ¿puedes escucharme? —Sabía que no podía. Esta era la habitación que usábamos para torturar. Era a prueba de sonidos.

Mas eso no me impidió exclamar su nombre a través del metal, haciéndole saber que estaba aquí y que saldría en un minuto.

Romeo estaba sin aliento cuando volvió con las llaves.

Quité el seguro de la puerta con manos temblorosas y luego la abrí de golpe.

Nada podría haberme preparado para lo que vi.

La luz se colaba en la habitación, mostrando a mi esposa desplomada en el suelo y empapada de orina.

Caí de rodillas y la hice girar suavemente sobre su espalda. Tenía los ojos cerrados y la piel helada.

—No, mi amor, por favor, tienes que estar bien —le supliqué mientras la estrechaba entre mis brazos—. ¡Romeo! ¡Trae a Aria aquí inmediatamente!

Corrí hacia el ascensor lo más rápido que pude sin sacudir a Sofiya.

—Quédate conmigo —le rogué a su cuerpo aún inconsciente.

Angelo se arrancó la chaqueta y la envolvió con ella mientras todos nos amontonábamos en el ascensor.

—Sofiya, ¿puedes oírme? Por favor, baby, di algo.

Dejó escapar un gemido, y el sonido fue alivio y tortura al mismo tiempo.

Las puertas del ascensor se abrieron en el último piso y entré corriendo al apartamento.

—Vamos a darte calor. —Intenté que mi voz sonara calmada, pero era una causa perdida. Nada podía calmarme o tranquilizarme mientras mi mujer yacía casi inconsciente en mis brazos.

Sus ojos se abrieron.

—Ahí estás. —Mi voz temblaba de alivio—. Vamos a meterte en la bañera. El agua caliente te ayudará.

Una expresión de horror se dibujó en su rostro.

—No, por favor, nada de agua. Te prometo que me portaré bien. Por favor, no lo hagas. —Forcejeó contra mi abrazo, sin embargo, sus movimientos eran débiles y letárgicos. Aun así, la abracé con más fuerza para evitar que se cayera o se hiciera más daño.

—Sofiya, amor, ¿qué ocurre? —Mi corazón se aceleró mientras ella seguía forcejeando y llorando, cada sonido que emitía era otra daga que se retorcía en mi pecho.

—Por favor, no. El agua no. Por favor, me portaré bien, lo prometo. —Sus palabras se arrastraban mientras sus ojos se cerraban de nuevo.

Romeo entró corriendo a la habitación.

—Aria está en camino. Dijo que primero teníamos que calentar su cuerpo. Hay que quitarle la ropa mojada y cubrirla con mantas.

Angelo entró corriendo con los brazos cargados de mantas.

Dejar a Sofiya en la cama fue una de las cosas más difíciles que tuve que hacer.

Los otros dos salieron de la habitación mientras yo la desnudaba. Le pasé un paño caliente por la piel, limpiándola, antes de taparla con las mantas.

Di un respingo cuando se abrió la puerta de la habitación. Era Aria. Se acercó rápidamente a Sofiya y sacó una compresa caliente de su maletín. Quería gritarle que se diera prisa mientras le tomaba los signos vitales, pero me mordí la lengua.

—Sus signos vitales son fuertes —dijo finalmente—. Y su temperatura corporal está aumentando.

No podía dejar de mirar a mi esposa.

—¿Cómo pasó esto, Matteo? —indagó.

Las palabras no eran suficientes para detallar lo que había hecho. Para exponer mi vergüenza.

Sus ojos se oscurecieron cuando Romeo se lo explicó todo.

Sofiya se removió en la cama y yo me acerqué, pero Aria me detuvo.

—Tienes que irte.

Una neblina roja se apoderó de mi vista.

—¡No voy a dejarla, joder! Tengo que cuidarla.

—¡Tú eres el responsable de esto! —arremetió—. ¿Crees que Sofiya se quedará tranquila contigo en la habitación? Ella es mi paciente, y te ordeno que te marches. Puedes volver solamente si ella pregunta por ti.

Angelo apareció frente a mí, su cuerpo ancho se cernía sobre mí.

—Vamos —indicó, mirándome como si fuera basura.

Por primera vez desde que era un niño, me sentí pequeño.

Dejé que me empujara fuera del dormitorio y lejos de mi amor.