Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 57 Sofiya
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57 Sofiya

SOFIYA

Angelo metió la pesada olla de hierro en el horno mientras yo supervisaba nerviosamente.

—Quedará muy bien, principessa —alentó, cerrando la puerta contra el fuerte calor.

—No lo sé —vacilé, retorciéndome las manos—. Es la primera vez que horneo pan sourdough. Probablemente lo arruiné.

Mi guardaespaldas se burló.

—No te preocupes. No es como si el Jefe no se fuera a comer lo que le pongas enfrente.

—Eso es una exageración —murmuré, pero la expresión de Angelo me decía que estaba diciendo tonterías. Había un brillo travieso en sus ojos y me sonrojé, recordando cómo Matteo me había comido sobre la encimera de la cocina apenas el día anterior.

Noodle me dio un golpecito en la mano y le rasqué la oreja.

—¿Quieres dar un paseo, Malysh?

—Tenemos tiempo de dar una vuelta a la manzana antes de que el pan esté listo —anunció.

—De acuerdo, entonces vamos a dar un paseo rápido —le dije a Noodle, que giró entusiasmado.

Me deslicé con la silla hacia la puerta principal, pero se abrió antes de que llegara. Por un momento tuve la esperanza de que Matteo hubiera vuelto temprano, sin embargo, se me encogió el corazón cuando vi que era Domenico. Noodle se puso frente a mí, con el cuerpo en alerta.

—¿Qué está pasando? —preguntó Angelo, apresurándose a mi lado.

—¿Matteo está bien? —inquirí, mirando entre los dos hombres.

—El Jefe está bien. Estoy aquí por usted, señora Rossi. —El rostro del ejecutor era inexpresivo, aun así, había un brillo en sus ojos que me hizo estremecer.

—¿Qué quieres decir?

—El Jefe me pidió que la llevara abajo. Te está esperando allí.

Una sensación de incomodidad se apoderó de mi pecho. Si bien Matteo confiaba en su ejecutor, yo no quería ir a ninguna parte con él.

—No he escuchado nada sobre esto —comentó Angelo.

Domenico resopló.

—El Jefe me envió a buscarla. Tiene una sorpresa para ella. —Su voz era tranquila, pero la tensión crepitaba en el aire.

—Yo me quedo con ella —espetó Angelo.

Domenico se encogió de hombros.

—Como quieras.

Cuando iba a ponerle el arnés a Noodle, Domenico me detuvo.

—Deje al perro aquí.

—Él viene conmigo —repliqué con frialdad.

Domenico puso los ojos en blanco.

—Bien, bien, haga lo que quiera.

Cuando entramos al ascensor, Angelo estaba enviándole un mensaje a alguien en su teléfono, y supe que debía de estar confirmando la situación con mi esposo.

Respiré con calma y acaricié las suaves orejas de Noodle.

Estaba exagerando. Matteo simplemente tenía una sorpresa para mí. No tenía nada de extraño.

La puerta del ascensor se abrió y Angelo maldijo mientras se colocaba frente a mí, bloqueándome la vista.

—¿Por qué carajo estamos aquí abajo, Domenico? —cuestionó Angelo.

—Tan solo cumplo las órdenes del Jefe —aclaró, agarró las manijas de mi silla de ruedas y me empujó hacia adelante, obligando a Angelo a retroceder de un salto.

Un escalofrío me invadió cuando vi que estábamos en un sótano, no en el garaje. Estaba oscuro y frío, y frente a mí había una puerta abierta que daba a una pequeña celda.

Angelo rugió y lo empujó en el pecho.

—¿Qué demonios es esto?

Respiré agitadamente mientras Domenico apuntaba con su pistola a mi guardaespaldas.

—¿Qué haces? ¡No dispares! —grité.

—Cumplo las órdenes del Jefe —afirmó—. Y no toleraré ninguna traición.

—Mientes. —La rabia bailaba en los ojos de Angelo, y me aterrorizaba que atacara a Domenico y recibiera un disparo. Justo entonces, sonó su teléfono.

—Romeo —saludó Angelo, con el alivio bañando su rostro mientras contestaba. El resto de la conversación se desarrolló en un italiano acelerado. Solamente entendí un par de palabras, pero el horror en sus ojos era demasiado fácil de comprender.

Colgó.

—Sofiya —dijo con voz suave.

—No —balbuceé, negando con la cabeza—. ¿Qué está pasando? No me dejes aquí.

Mi guardaespaldas parecía angustiado.

—Es solo hasta que regrese el Jefe. No tardará mucho.

—Por favor —supliqué—. Por favor, no hagas esto.

Domenico agarró mi silla de ruedas y me empujó dentro de la celda. Noodle gimoteó, negándose a separarse de mí.

—Fuera.

Antes de que pudiera procesar la orden de Domenico, inclinó la silla de ruedas hacia delante y yo solté un grito. Conseguí agarrarme a Noodle, que me estabilizó e impidió que me golpeara demasiado fuerte contra el suelo.

El ejecutor agarró la correa de Noodle y empezó a jalar. Mis mejillas se llenaron de lágrimas mientras le gritaba que lo soltara. Sin embargo, se limitó a hacer una mueca de desprecio y arrastró a mi perro llorando fuera de la celda, cerrando la puerta tras ellos.

La habitación estaba envuelta en la oscuridad.

Y yo estaba sola.

No supe cuánto tiempo había pasado cuando la puerta volvió a abrirse.

Domenico entró, arrastrando una silla de metal en una mano y sosteniendo una linterna en la otra.

Eché un vistazo a su alrededor, intentando ver a Angelo o a Noodle, pero la puerta se cerró con un fuerte estruendo, dejándome sola en la pequeña celda con el ejecutor.

Apreté la mandíbula con fuerza para evitar que se me escaparan las lágrimas.

—Te creíste muy lista, ¿verdad? —Empezó, encendiendo la linterna. Proyectaba sombras amenazantes a lo largo de las paredes.

—No sé a qué te refieres.

Una sonrisa siniestra se dibujó en su rostro mientras se reclinaba en la silla.

—Voy a disfrutar viendo cómo el Jefe te saca información.

La primera vez que lo vi torturar a un hombre, nunca había visto nada igual.

Ese hombre también era un traidor. El Jefe lo mantuvo vivo una semana entera, cortándole lentamente las uñas y luego los dedos y luego las extremidades.

Cada parte de su cuerpo estaba tan destrozada cuando finalmente murió, que apenas parecía humano. Fue... inspirador.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo y mis axilas se humedecieron.

—No soy una traidora.

Domenico resopló.

—Al menos tienes un par de horas para practicar tu actuación.

La ira se encendió en mi pecho.

—No estoy actuando.

—Hace semanas que sabemos que alguien estaba pasando información a los albaneses.

El Jefe no esperaba que fueras tú, pero las pruebas son contundentes.

—Sus ojos se oscurecieron al recorrer mi cuerpo, y de repente me sentí horriblemente desnuda—.

Me pregunto si empezará con el ahogamiento forzoso.

Es increíble lo que puede hacer con tan poca cantidad de agua.

O tal vez te arrancará tus bonitas uñitas de los pies.

Si tengo suerte, me dejará hacerlo a mí también.

Mi mente rechazó sus palabras. Matteo se preocupaba por mí. Nunca me haría daño. Esto debía de ser solo idea de Domenico.

Aunque... Angelo había confirmado la orden con Romeo.

El pánico estalló en mi pecho.

—Todo esto es un malentendido —solté, no obstante, mis palabras sonaron débiles.

Domenico se limitó a reír. Me alejé de él todo lo que pude en esta pequeña y asquerosa celda. El suelo de cemento estaba frío y sucio, y mi posición me hacía aún más vulnerable ante el horrible ejecutor.

—Adiós, señora Rossi. No es que vaya a llamarla así durante mucho más tiempo. Espero que disfrute de su estancia.

La habitación estaba envuelta en una oscuridad opresiva que hacía imposible saber cuánto tiempo había pasado.

Me acurruqué en torno a mis rodillas, intentando generar calor.

Mas era inútil, ya que el frío húmedo del suelo y las paredes de concreto se sentía como hielo a través de mi ropa.

A pesar de que el castañeo de mis dientes rompía el silencio, nada podía distraerme del dolor de mi vejiga.

Medio me acerqué, medio me arrastré, a la puerta metálica y golpeé las manos contra ella.

—Tengo que ir al baño. Por favor, déjame salir. —Mi voz estaba ronca por las horas que había pasado gritando pidiendo ayuda cuando me metieron aquí por primera vez. Finalmente me desplomé contra la puerta mientras las lágrimas caían por mi cara.

Estaba sola.

Completamente sola.

Los brazos me fallaron y caí al suelo, con el cuerpo demasiado débil y cansado para seguir sosteniéndome. El duro suelo era insoportable para mis caderas, mas no podía hacer nada para evitarlo.

Cerré los ojos, imaginando a Matteo irrumpiendo en la celda y rescatándome. Pero ni siquiera mi imaginación pudo ofrecerme consuelo cuando la imagen cambió y la expresión de Matteo se volvió cruel. Me miró con desprecio.

«—Ahora por fin puedo librarme de ti».

Mis sollozos me asfixiaron.

«—No me dejes aquí —susurré una y otra vez, hasta que mis labios se movieron en silenciosa agonía, con la voz robada».

Era la criatura más patética del mundo mientras la orina caliente se deslizaba por mis piernas, encharcándose en el suelo. Triste, patética y pequeña. Porque pensé que por fin lo había encontrado. Amor, afecto... algo que parecía una familia.

Sin embargo, nunca fue real. Porque incluso en ese momento, incluso mientras mi corazón se rompía, sabía que no importaba lo que hiciera, nunca sería capaz de hacerle esto a Matteo.

Lo amaba demasiado.

Qué tonta había sido.