56 Matteo
MATTEO
Domenico entró a la oficina, con la mandíbula apretada y una laptop en las manos.
—Infórmame —ordené.
—Sí, Jefe. —Luego dudó.
Tuve que contener un gruñido. Debería estar con Sofiya en ese momento.
No había querido salir de la cama esta mañana, sobre todo con lo cansada que estaba últimamente.
Quería pasar todo el día abrazados, follando, tocándonos y escuchando su dulce voz mientras me recorría el pecho desnudo con sus dedos.
Si no hubiera querido matar a los albaneses antes de esto, lo habría hecho simplemente porque me alejaban de mi esposa.
Domenico se aclaró la garganta, abriendo la laptop.
—Encontré al traidor.
Arqueé una ceja, sin que mi expresión delatara algo. Aunque por dentro, el corazón me latía con fuerza por la necesidad de destruir. La sed de sangre se apoderó de mí. Por fin los teníamos.
—Entonces, ¿quién es? —preguntó Romeo.
Mi ejecutor dejó la computadora sobre el escritorio de modo que quedara frente a mí.
—No quería creerlo —dijo—, pero es la señora Rossi.
Tardé un segundo en procesar sus palabras, y en cuanto lo hice, la rabia me inundó el pecho.
No.
Estaba equivocado. Jodidamente equivocado.
Domenico se movió y miró hacia abajo, donde sabía que tenía la pistola escondida bajo la chaqueta. Debería estar nervioso de que le fuera a disparar después de haber acusado a mi mujer de ser una traidora.
—Me dio permiso para investigar a todos los miembros de la Familia y vigilar las comunicaciones —continuó apresuradamente—.
Instalé un software espía en el teléfono de su esposa cuando recibió el nuevo.
Lo hice por precaución, por supuesto sin esperar encontrar algo, pero entonces noté un patrón de llamadas y mensajes extraños.
Se movió para poder desplazarse por la pantalla, mostrando un archivo con capturas de pantalla de mensajes de texto.
Se me nublaron los ojos. Sofiya había estado enviando mensajes de texto a un número desconocido con un código de área del norte del estado, enviándoles información confidencial sobre nuestros movimientos.
Información que podría haber conseguido fácilmente sentada conmigo en este mismo escritorio.
Mientras mi polla estaba dentro de ella, había estado trabajando para traicionarme.
Romeo frunció el ceño cuando me miró, y supe que ambos estábamos recordando a mis padres y la traición que nadie había visto venir.
Domenico pasó por una serie aparentemente interminable de llamadas y mensajes. La mayoría de los mensajes recientes habían sido enviados a media mañana, cuando ella me había dicho que estaba demasiado cansada para levantarse de la cama. Cuando estaba sola en el apartamento.
Romeo me analizaba atentamente, como esperando una explosión. Pero la ira dentro de mí ardía oscura y fría.
—¿Por qué haría esto? —cuestionó.
—Hay mensajes entre la señora Rossi y su hermana, Mila, que sugieren que Mila está enamorada de... —Domenico se interrumpió.
—Escúpelo —gruñí.
—Arben —añadió.
El nombre me produjo un escalofrío.
—Rustik nunca permitiría que Mila se casara con Arben y destruyera nuestra alianza —intervino Romeo.
—A menos que Arben reclamara la ciudad. —Las palabras de Domenico flotaban en el aire.
Si los albaneses se apoderaban de New York, a Rustik le convendría mucho más romper nuestra alianza y ponerse del lado de los albaneses.
Sofiya amaba a su hermana. Dijo que haría cualquier cosa por ella. ¿Eso incluía traicionar a su nueva familia, traicionarme a mí?
—¿Arben y Rustik están trabajando juntos? —pregunté.
—No lo parece —expresó Domenico—. Todo esto es un plan de Mila y Sofiya. Arben le prometió a Sofiya una casa en cualquier parte del mundo que quisiera —continuó mientras buscaba un mensaje de texto entre Mila y mi esposa.
Sofiya
Siempre he sido una prisionera. No puedo hacer nada sin que me vigilen y estoy harta. ¿Estás segura de que realmente puede liberarme?
Mila
Arben dice que está todo arreglado. Una casa junto al océano, y puedo visitarte en secreto siempre que quiera. Nadie lo sabrá jamás.
Sofiya
De acuerdo. Hagámoslo, entonces.
No pensé que algo pudiera tener el poder de destruir mi mundo tanto como escuchar los disparos que mataron a mis padres, sin embargo, el dolor que me atravesaba el pecho en ese instante me demostraba que estaba equivocado.
Había pasado años endureciendo mi corazón, pero de algún modo Sofiya se había abierto camino.
Y en ese segundo mi mundo volvía a desmoronarse.
—Espera afuera, Domenico —pidió entre dientes Romeo, señalando hacia la puerta. Mi ejecutor dudó un momento antes de asentir con la cabeza y salir de la habitación. Cuando la puerta se cerró tras él, volteé hacia mi segundo al mando.
—Puede que no sea lo que parece, Fratello.
Me pasé la mano por la cara, dejando que mi máscara se cayera un poco en su presencia.
—Me dijo que me amaba. —Sentí las palabras como ceniza en la boca.
—Te ama —repitió Romeo.
—¡¿Cómo explicas esto?! —grité, señalando a la laptop. Los mensajes se remontaban a los primeros días después de casarnos. El día que la había abandonado en el apartamento. Pero las cosas habían mejorado desde entonces. Yo había mejorado. Y aun así, ella eligió a su hermana antes que a mí.
El silencio sofocante de Romeo se extendía por la habitación como algo tangible, robándome el aliento de los pulmones.
Yo era un hombre que actuaba. Siempre en control, siempre con un plan. Y sin embargo, mi cabeza estaba vacía. Todo mi mundo se desmoronaba y no podía ver el siguiente paso que tenía ante mí. En contra de mi buen juicio, me había abierto a Sofiya, le había desnudado mi alma. ¿Y así me lo pagaba?
Romeo abrió la boca para hablar, pero lo interrumpió un golpe seco en la puerta.
—Jefe —llamó Domenico—. Tengo a Ajello al teléfono. Es una emergencia.
Levanté la barbilla hacia Romeo y este abrió la puerta.
Mi ejecutor entró, con los ojos abiertos de par en par.
—Hay una emboscada en el almacén del norte. Nuestros hombres se han atrincherado en el interior, pero puede que no duren mucho. Ajello dice que Arben está allí.
—¡Carajo! —bramé. Este era el momento que había estado esperando, la oportunidad de acabar con Arben. ¿Por qué tenía que ser en ese momento, cuando tenía que ocuparme de Sofiya?
A menos que fuera por eso. ¿Estaba Arben en la ciudad porque estaba haciendo algún tipo de jugada con Sofiya?
—Joder, Jefe, no durarán mucho más sin refuerzos —comentó Domenico. Incluso al otro lado de la habitación podía escuchar gritos a través del altavoz del teléfono.
Me puse la chaqueta. Tenía que moverme ya.
—Ve por Sofiya y ponla en una habitación del sótano —le ordené a mi ejecutor. Cada palabra era una agonía, pero no veía otro camino por delante.
—¿Qué? —siseó Romeo, con los ojos muy abiertos.
Me enfrenté a su expresión de sorpresa con la mía de dureza. Podía ser mi hermano en todo menos de sangre, no obstante, yo era el Don y mis órdenes no podían ser cuestionadas públicamente. Romeo reconoció su error y asintió con la cabeza. Su mandíbula seguía apretada.
—¿No quiere que vaya con usted? —inquirió Domenico.
—No, quédate con Sofiya. —La rabia posesiva surgió en mí ante la idea de que otro hombre estuviera cerca de mi mujer.
Sin duda, mi cuerpo no se había dado cuenta de que era una traidora.
¿Cuánto de nuestro tiempo juntos había sido una mentira?
Mas no tenía elección. Mi prioridad tenía que ser ir tras Arben.
Mientras que Domenico era una ventaja en una pelea, necesitaba a alguien de confianza para quedarse aquí.
Él era quien me había ayudado a identificar a los traidores hacía más de una década, cuando luchaba contra mi tío para recuperar lo que era mío.
—¿Qué quiere que haga con ella una vez que esté en el sótano? —preguntó.
—Nada —respondí entre dientes—. No le hagas daño, solamente métela en la habitación.
Asegúrate de que no tenga su teléfono ni ninguna otra forma de comunicarse.
Iré a buscarla cuando volvamos. —Me dirigí a Romeo, incapaz de ignorar el impulso de defender mis acciones—.
Si ella es la traidora, esperemos que el tiempo que pase en la habitación la asuste lo suficiente como para confesar.
Romeo no formuló su pregunta, pero flotaba en el aire entre nosotros tan clara como el día: ¿y si no lo era?
No podía correr ese riesgo. Mis hombres estaban en peligro, todo mi imperio estaba amenazado. No podía dejarla sin supervisión en mi ausencia. Era posible que ella y Arben ya tuvieran algún tipo de plan en marcha, y si sospechaba que la habían descubierto, podría intentar huir.
«Nunca».
Nunca, Tesoro.
Jamás huirás de mí.
—Sí, Jefe —expresó Domenico—. Me ocuparé de ello.
Romeo y yo agarramos armas adicionales en la armería antes de dirigirnos al garaje con diez de mis mejores hombres.
Iríamos al almacén, destruiríamos a los albaneses, capturaríamos a Arben, y luego volvería y le sacaría la verdad a mi esposa.