Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 54 Sofiya
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54 Sofiya

SOFIYA

Matteo estuvo callado todo el trayecto en coche de vuelta a casa. Mantuvo mi mano apretada entre la suya, negándose a soltarla incluso cuando salimos del auto y subimos a nuestro apartamento.

—Iré a casa de Enzo a recoger a Noodle por esta noche —informó Angelo cuando salimos del ascensor.

Apenas pude decir “gracias” cuando Matteo prácticamente me empujó hacia dentro y cerró la puerta.

Me soltó la mano y se alejó unos pasos, con una expresión ilegible.

—Entonces... —dije, rompiendo el silencio—. Le disparaste al segundo al mando de mi padre. En un restaurante.

Matteo se cruzó de brazos, con el ceño fruncido.

—Lo volvería a hacer.

—¿De verdad?

—Sí.

Le hice un gesto con el dedo.

—Ven aquí.

El músculo de su mandíbula se tensó y soltó un largo suspiro. Me mordí el labio para ocultar mi sonrisa. Se tardó unos segundos antes de caminar hacia mí. Levanté los brazos y él se inclinó, permitiéndome rodearle el cuello. Me levantó con un movimiento rápido y sus manos me tocaron el trasero.

Pasé la nariz por su cara, respirándolo.

—Pareces creer, esposo, que estoy disgustada por lo que hiciste.

—Sonreí al ver la sorpresa en su rostro—.

Pocas personas en mi vida me han defendido, y nunca de esa manera.

—Tomé su rostro y le pasé los pulgares por la mejilla antes de apretar mis labios contra los suyos—. Te has ganado una recompensa.

Apretó mi espalda contra la pared y gemí mientras su polla se agitaba contra mi cuerpo.

—¿Y cuál será mi recompensa, esposa?

Pasé mis dedos por su cabello.

—Lo que tú quieras. Haz lo que quieras conmigo.

—Es una oferta bastante peligrosa.

—¿Y eso por qué?

—Acabas de darme una fuerte motivación para dispararle a un montón de hombres, Tesoro, simplemente para poder reclamar mi premio.

Me reí contra su piel.

—Menos mal que puedes reclamarme en cualquier momento, sin necesidad de balas; así que, por favor, no le dispares a más gente por mi culpa.

—Haré lo que crea conveniente. —Su tono era de disgusto y lo apreté fuerte mientras me llevaba a nuestra habitación.

Encendió la lámpara de la mesita de noche y el suave resplandor iluminó la cama mientras me acostaba en ella.

—¿Te he dicho lo hermosa que te ves? —Me besó el cuello y la clavícula.

—Puede que lo hayas mencionado.

—Nunca lo diré lo suficiente. Nunca habrá palabras suficientes para describir tu belleza.

Parpadeé furiosamente. No lloraría ante sus dulces palabras.

Volvió a acercar sus labios a los míos, profundizando nuestro beso, y me aferré a él, necesitando hacer todo lo posible para fusionar nuestros cuerpos. Su sabor y su aroma me envolvieron mientras me recorría la piel con manos firmes. Se apartó con una maldición.

—Necesito quitarte esto —dijo jalando mi vestido.

Me di la vuelta para que pudiera acceder a la cremallera. La bajó y su aliento me recorrió la piel mientras me daba besos cálidos en la espalda. Me quitó lentamente el vestido y soltó un gruñido cuando vio mi pequeña tanga negra.

—Joder. —Me mordió cada nalga, haciéndome chillar, mas, no me quitó las bragas—. Date la vuelta, baby.

Sus manos acariciaron mi piel mientras hacía lo que me pedía, sus pulgares rodeaban mis pezones excitados.

Se apartó lo suficiente para quitarse la chaqueta y remangarse la camisa, dejando al descubierto sus gruesos y musculosos antebrazos.

Me acerqué a él, necesitaba tocarlo, pero me agarró las dos muñecas con una mano.

—Necesito tener el control esta noche.

La vulnerabilidad de sus ojos me oprimió el pecho.

—Lo que necesites, Miliy.

Me besó en la frente y me ayudó a sentarme, colocando un almohadón detrás de mi espalda para darme apoyo.

Cruzó la habitación y sacó una soga de la cómoda.

La tensión que arrastraba desde la noche anterior, cuando me enteré de que tendría que ver a mi padre, disminuyó cuando mi esposo se acercó a mí aflojándose la corbata.

Tal vez yo necesitaba ceder el control esta noche tanto como él necesitaba tomarlo.

Matteo pasó la soga por mi piel, el borde ligeramente áspero del material hizo que me recorriera un escalofrío.

Se tomó su tiempo para atarme el arnés del pecho, besándome y estimulando mi clítoris mientras enrollaba la soga alrededor de mis senos y bajaba por mi torso en un patrón de diamante.

La firmeza de la soga contrastaba con la forma suave y tentadora en que sus dedos rozaban mi piel, dejándome con ganas de más.

—Lo estás haciendo muy bien para mí. Me dejas atarte, usarte como yo quiera. —Sus palabras fueron un susurro contra mi piel y me balanceé, intentando inclinarme más hacia él.

Me sujetó con firmeza y me colocó de modo que pudiera agarrar el extremo de la soga y pasarla entre mis piernas.

Gemí cuando la apretó entre los labios de mi coño.

Mi ropa interior de encaje me proporcionaba una pequeña capa de protección, pero la soga me rozaba el clítoris, haciéndome arder.

Pasó la soga entre mis nalgas y jadeé cuando tiró de ella con fuerza, atándola a la parte posterior del arnés de mi pecho.

Tenía los labios entreabiertos y jadeaba. Mi clítoris estaba hinchado y necesitado, desesperado por la fricción, y el apretado arnés era un recordatorio constante de que estaba completamente bajo el control de Matteo.

—Mírame —ordenó en voz baja. Me sentí cada vez más sumisa cuando me encontré con su vista oscura.

—Por favor —le supliqué.

Me colocó frente a él, con las piernas a horcajadas sobre su muslo. Su corbata y su chaqueta yacían olvidadas en el suelo, sin embargo, aparte de eso, estaba completamente vestido. Estaba vulnerable y a su merced, y me sentía completamente segura.

Sujetaba el arnés del pecho y me balanceaba hacia delante y hacia atrás, y cada movimiento me producía un pulso de placer mientras me frotaba contra la soga y su pierna. Intenté moverme más deprisa, pero él tenía todo el control, alargando mi placer hasta que me quejé y gemí en su agarre.

—Tan hermosa —murmuró.

Respirábamos al mismo ritmo, nuestros latidos se sincronizaban mientras yo caía más profundamente bajo su hechizo. Estaba flotando, atada a la tierra únicamente por su tacto. Un par de veces se me cerraron los párpados y me golpeó el muslo en señal de castigo.

—Voy a ver cómo te desmoronas por mí, Tesoro. Tu cuerpo me pertenece por completo. Mío para tocar, mío para mandar, mío para controlar.

—Sí. —Exhalé.

—Nadie más te tocará. Nadie sentirá jamás lo empapada que te pones por mí.

—Solo tú. —La niebla se estaba asentando con más fuerza en ese instante, mi mente flotaba hacia el delicioso lugar al que solamente él podía llevarme. Rendición absoluta, porque sabía que no había ningún lugar en el universo tan seguro como sus brazos.

Gruñó y aceleró sus movimientos, pellizcándome el pezón hasta que grité. Mi orgasmo estalló, inundándome como una oleada. Me aferré a sus hombros, clavando mis dedos para evitar salir flotando.

—Buena chica, lo hiciste muy bien para mí.

—Sus labios rozaron mi oreja mientras seguía murmurando elogios.

Me bajó a la cama y desató la soga, depositando besos en cada punto de mi piel enrojecida antes de estrecharme contra su pecho.

Me agarró la nuca y me acarició suavemente el cabello—.

Maldición, Sofiya, carajo. Somos tú y yo, para siempre.

Le chupé el cuello, deseando, necesitando, dejar también mi huella en él. El silencio entre nosotros era fácil, envolviéndonos suavemente.

—Probablemente dejé una mancha húmeda en tus pantalones —susurré.

—Bien. Necesito tu olor en cada par que tenga.

—Eres ridículo.

Deslicé mis manos por su pecho, desabrochando los botones de su camisa antes de descender.

Apreté su polla dura a través de sus pantalones, y él empujó hacia mí con un gemido.

Dios, quería escucharlo hacer ese sonido una y otra vez.

Le bajé la cremallera y él levantó la cadera, ayudándome a bajárselos hasta que mis dedos rodearon su cálida y suave polla.

Inhaló con fuerza y me apretó el trasero con firmeza. Solté un gritito cuando me levantó y deslizó su polla entre los labios de mi coño.

—¿Estás cansada, Tesoro?

—No —repliqué con una sonrisa—. Estoy bien despierta.

Nos hizo rodar de modo que quedó suspendido sobre mí. Sus gruesos muslos se apretaban entre los míos y su polla me acariciaba la entrada.

—No me hagas esperar —musité, con mis labios rozando su garganta.

Presionó, provocándome únicamente con la cabeza de su polla.

—Viviría dentro de ti si pudiera. —Antes de que pudiera responder, me la metió hasta el fondo y solté un grito de placer. Sus brazos rodearon mi cuerpo, manteniéndome lo más quieta posible mientras él entraba y salía.

—Joder, me voy a correr rápido. Vente conmigo, baby. Necesito sentir tu coño perfecto apretando mi polla.

Hizo una pausa para colocar una almohada bajo mis caderas.

El cambio de posición alivió la presión sobre mis articulaciones e hizo que cada embestida diera en el punto perfecto de mi interior.

Fue como electricidad en mi interior y gemí, aferrándome a Matteo mientras me corría.

Él me siguió segundos después, los dos montados en nuestro placer, con los corazones acelerados donde nuestra piel se presionaba.

—Perfecta. Eres tan perfecta —murmuró, besándome suavemente los labios antes de quitarse de encima de mí.

Me acurruqué mientras Matteo entraba al baño.

Salió unos minutos después con una toallita húmeda y me limpió, haciendo que se me calentaran las mejillas.

Siempre sentía una mezcla de placer y vergüenza cuando se ocupaba de mí de ese modo.

Volvió a tumbarse a mi lado y me acurruqué en su pecho.

—Todo se siente bien cuando estoy contigo. —Mis palabras salieron entre dientes, pero su agarre se hizo más fuerte—. Aunque siempre soñé con tener esto, nunca pensé que lo tendría. Gracias.

—Nunca tienes que agradecérmelo —aseguró. Sonaba como si estuviera medio dormido, y sonreí contra su pecho desnudo.

El sueño me arrastraba, pero justo antes de que lo hiciera, las palabras que había retenido durante tanto tiempo salieron de mí.

—Te amo.

El pecho de Matteo seguía subiendo y bajando sin cesar. Le di un suave beso en la piel y cerré los ojos.