Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 53 Matteo
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53 Matteo

MATTEO

Había torturado a muchos hombres a lo largo de los años.

También había matado a muchos. Hacía tiempo que había aprendido a ir a lo más profundo de mí mismo, a ese lugar frío y oscuro carente de humanidad.

Pero nada en mí era carente de sentimientos mientras me sentaba frente a la mesa con Rustik Ivanov.

Sofiya seguía negándose a darme detalles sobre lo que su padre le había hecho, y eso me decía todo lo que necesitaba saber.

Levanté mi copa cuando Rustik hizo un brindis.

Sus días estaban contados.

—He oído rumores de algunos problemas en tu ciudad. —Empezó Rustik mientras bebía otro trago de vodka.

Incliné la cabeza.

—Los albaneses son cada vez más audaces. —No quería revelar demasiado, me negaba a mostrar cualquier tipo de debilidad delante de aquellos hombres, sim embargo, necesitaba ver cuánto sabían ya.

Los rusos se miraron entre sí.

—Eso hemos escuchado —dijo Rustik—. Arben es aún más imprudente que su padre.

—¿Están interfiriendo en las rutas de droga? —indagó Bogdan, arrastrando las palabras con su voz de acento marcado. Tenía los ojos vidriosos y me pregunté si solamente estaba borracho o si también había drogas de por medio.

—No —respondió Romeo—. Nuestras rutas de comercio están controladas. Lo que nos preocupa es el comercio que los albaneses intentan introducir en la ciudad.

Rustik levantó las cejas.

—¿El comercio de pieles?

Incliné la cabeza. Todo el mundo conocía mi aversión y la de mi padre al respecto.

Hasta ese momento, Rustik no había traficado personas, una de las únicas razones por las que había aceptado esta alianza.

No estaba seguro de por qué Rustik lo había evitado; desde luego, no se debía a ninguna decencia humana.

—Arben necesita una lección —anuncié.

—¡Otra ronda! —gritó Rustik. El camarero se apresuró a llenar nuestros vasos. Rustik levantó el suyo—. Por dar lecciones.

Incliné la cabeza hacia él y me tomé el trago. El vodka ardía al bajar.

Maldición, odiaba el vodka.

—Mañana por la mañana examinaremos los almacenes del puerto —concluyó Rustik—. Y luego podremos centrarnos en el problema de los albaneses. Ahora, basta de negocios. —Golpeó sus manos contra los muslos, repentinamente jovial—. ¿Estás satisfecho con tu esposa?

Mi mandíbula se apretó lo suficiente como para romperme un diente. Si este bastardo decía algo en contra de Sofiya...

Bogdan resopló mientras bebía otro trago.

—Te dije que no sería un problema, Pakhan. Es guapa, aunque sea una lisiada.

Una neblina roja se apoderó de mi vista, los latidos furiosos de mi corazón resonaban en mis oídos. Ni siquiera tuve que mirar a Rustik para saber que no haría nada, ni diría nada, para defender a su hija.

Bogdan se inclinó hacia mí, bajando la voz, aunque seguía siendo lo bastante fuerte como para que todos los presentes lo escucharan.

—Supongo que una puta es una puta. No importa si no puede usar las piernas.

Mi pistola estaba en mi mano antes de que pensara en moverme, mi cuerpo actuando por puro instinto. Apunté a su rótula y apreté el gatillo.

Su grito atravesó el aire y la sangre brotó de su herida. Miré a Sofiya al otro lado de la habitación. Tenía las cejas levantadas y los labios ligeramente entreabiertos.

Rustik maldijo mientras el hombre caía al suelo. Todos sus guardaespaldas me apuntaron con sus armas, y mis hombres hicieron lo mismo con ellos.

Me senté en mi silla como si no me importara nada en el mundo.

—Pido disculpas. —Me dirigí a Rustik, ignorando los gritos de Bogdan—. Debería haberte permitido el privilegio de disparar, ya que estaba insultando a tu hija.

Rustik apretó el puño, con los ojos llenos de furia, ambos sabíamos que mi disculpa era una simple forma de aparentar.

Le estaba dando la razón al tiempo que señalaba su fracaso a la hora de defender a su propia sangre.

Mis dedos se estremecieron por las ganas de dispararle a él también, y por la forma en que sus ojos revoloteaban hacia mi arma, me pregunté si lo había notado.

Sin embargo, me limité a sonreír y volví a guardar mi pistola en la funda de mi pecho.

Inclinó la cabeza hacia mí.

—Me ahorraste una bala.

Bebí el resto de mi trago y me levanté.

—Se está haciendo tarde. Te veré en el almacén mañana por la mañana. —Me di la vuelta antes de que pudiera decir algo, despidiéndolo, y me acerqué a mi esposa.

Me incliné y le agarré la barbilla. Sus ojos atónitos se encontraron con los míos.

—Hora de irnos, Tesoro. —Asintió y se dirigió hacia la puerta, pero permaneció en silencio. Mantuve una expresión tranquila y confiada, aunque mi interior se retorcía. ¿Me tenía miedo?