52 Sofiya
SOFIYA
Mi padre estaba retrasado.
No debería sorprenderme, era otra manera de imponer su poder en cualquier situación, faltándole sutilmente el respeto a Matteo, aunque necesitaba esta alianza tanto como mi esposo.
No sabía mucho de los negocios del Pakhan; no obstante, sabía que llevaba años codiciando las rutas comerciales de New York.
Mi padre dejaba que su orgullo interfiriera en sus propios intereses.
La mano de Matteo se posó en mi nuca, su agarre era lo único que me mantenía remotamente tranquila.
Mi padre ya no podía lastimarme. Podía intentarlo, pero en ese momento tenía gente a mi lado.
Angelo, Romeo y Domenico estaban ubicados alrededor del restaurante, y aún más hombres estaban en la parte trasera y rodeando el perímetro.
Lo peor que podía hacer el Pakhan era humillarme; aun así, confiaba en que mi esposo no prestara atención a cualquier insulto que mi padre soltara sobre mí.
Jugueteé con mi nuevo brazalete de diamantes.
Los pendientes a juego se balanceaban suavemente contra mi piel.
Eran preciosos, pero mi favorito seguía siendo el delicado relicario que me había regalado Matteo.
Era cálido mientras descansaba contra mi cuello.
Las joyas eran una armadura contra las mujeres de la Bratva que sabía que asistirían.
Tres G-Wagons negras se detuvieron frente al restaurante y Matteo me agarró con fuerza antes de soltarme. Le agarré la mano mientras se levantaba.
—No hagas nada que arruine la alianza solo por mí, ¿de acuerdo?
Un destello de furia cruzó su rostro y se inclinó, apoyando las manos a los lados de mi silla de ruedas, enjaulándome.
—¿Solo por ti, Tesoro? Sé que no estás insinuando que no vales la pena, que no eres mi prioridad. Porque si así fuera, tendría que inclinarte sobre mis rodillas aquí mismo.
Mis mejillas se encendieron.
—No, definitivamente no estaba sugiriendo eso.
Me dio un beso en los labios con el ceño fruncido y se enderezó cuando se abrió la puerta principal.
Uno de los guardaespaldas italianos la abrió y el Pakhan entró.
Me miró con desprecio y apreté los puños.
Lo siguió su segundo al mando, Bogdan, un hombre cruel más o menos de la edad de mi padre.
Había hecho todo lo posible por mantener mi distancia con él durante toda mi infancia.
Era un hombre al que le encantaba infligir dolor a los demás.
Le seguían dos guardias que reconocí como Igor y Arkadi.
Sentí que me encogía, tratando de convertirme en un blanco más pequeño para sus burlas.
Las esposas entraron detrás de los hombres. Mi madre, con un vestido de satén verde guisante con una falda amplia; Yulia, la esposa de Bogdan, y dos mujeres más jóvenes que debían de estar casadas con los guardaespaldas. Me pareció que la guapa de cabello castaño podría llamarse Liliya.
Deseé que Noodle estuviera a mi lado. Llevaba muy poco tiempo en mi vida, pero en ese momento no podía imaginarme sin él.
Enzo se lo había llevado por la tarde y, aunque lo echaba de menos, nunca arriesgaría a Noodle teniéndolo cerca de mi padre.
Cuando tenía seis años, encontré una gatita en una zanja cerca de casa.
La llamé Zvezda, Estrella, y la cuidé en mi habitación durante semanas.
Se había hecho fuerte bajo mis cuidados, deleitándonos a Mila y a mí con sus pequeñas travesuras en nuestra habitación, hasta que el Pakhan la descubrió y la ahogó delante de mí.
No había ninguna maldita posibilidad de que Noodle se le acercara.
La expresión de Matteo era relajada e impasible mientras daba la bienvenida a nuestros invitados. ¿Era yo la única que notaba la rabia hirviendo a fuego lento bajo la superficie?
—Vengan, vamos a comer —indicó, guiando a todos a la gran mesa en el centro del restaurante. Estaba decorada magníficamente con candelabros encendidos, flores y vino.
—Siéntate en ese extremo —dictaminó el Pakhan a mi madre, despidiéndola con un gesto de la mano.
Matteo ocupaba el asiento de honor en la cabecera de la mesa y me guio hasta el que estaba a su derecha.
—Bah, deje que su esposa se siente en el otro extremo, Don Rossi. Así los hombres podremos conversar de verdad.
«¿Su esposa?». Típico. Qué rápido había eliminado cualquier recordatorio de su parentesco conmigo.
—Mi esposa se sienta a mi lado —declaró Matteo, con un tono de voz helado.
—Bueno, desde luego no está parada a su lado —soltó Yulia en ruso, con la voz lo suficientemente fuerte como para asegurarse de que la escuchara.
Le dediqué una sonrisa enfermizamente dulce y le respondí en ruso.
—Atrevidas palabras de una mujer cuyo marido no puede alejarse de ella lo bastante rápido. ¿Llegaron anoche? Eso significa que ya debe de haber encontrado al menos tres mujeres a las que follarse.
Fue un golpe bajo y me sentí un poco culpable, pero la expresión furiosa de Yulia también me produjo cierto placer.
Matteo me miró y yo negué ligeramente con la cabeza. Podía defenderme de las mujeres de la Bratva. Me tomó de la mano y me ayudó a sentarme en la silla antes de colocarse detrás de mí, con las manos sobre mis hombros, mientras veía fijamente a mi padre, desafiándolo a decir algo.
El Pakhan se echó a reír.
—¡Amor joven! Cómo recordamos todos aquellos tiempos.
Ninguno de sus hombres esbozó una sonrisa. Dudaba que supieran lo que era el amor aunque los golpeara en la cabeza.
Todos tomaron asiento, las esposas de la Bratva relegadas al extremo opuesto de la mesa. Uno de los nuevos guardias se sentó a mi lado, cosa que agradecí. Ya era bastante malo tener que mirar al Pakhan y Bogdan, no creía que pudiera tolerar sentarme a su lado.
La cena transcurrió lentamente, llena de conversaciones educadas e insípidas.
La mano de Matteo nunca se apartó de mi piel, ya fuera apoyada en mi pierna bajo la mesa o sosteniendo mi mano sobre ella.
Un par de veces capté la mirada de mi padre, que se desviaba hacia donde mi esposo y yo nos tocábamos, y sentí una enfermiza satisfacción.
Me había vendido a los italianos sin preocuparse por mi bienestar, y le había salido el tiro por la culata.
Angelo me miró por encima del hombro de mi padre y me guiñó un ojo.
Sentí una calidez en el estómago. Por fin tenía una familia de verdad que me brindaba sus cuidados y su protección.
Mi madre guardó silencio, pero miró mi plato de comida. Su expresión era tan clara que prácticamente podía escuchar su regaño por mi aumento de peso. Comí otro gran bocado de fettuccine, mirándola fijamente todo el tiempo. Apartó la vista, con el asco torciéndole los labios.
A medida que nos acercábamos al final de la cena, aparecieron porciones de tiramisú y Sambuca. Angelo se frotó el estómago mientras observaba las grandes bandejas de postres desde su posición junto a la pared. Tenía que asegurarme de que comiera algo más tarde.
Mi padre se levantó y anunció que los hombres tenían que probar el vodka que había traído.
Se trasladaron a la parte del restaurante con chimenea y grandes sillones de piel.
Esta vez, apreté la mano de Matteo y le dirigí una mirada alentadora.
Tenía que ir con el resto de los hombres para apaciguar a mi padre.
Se inclinó y me rozó la mejilla con un beso.
—Pórtate bien.
Puse los ojos en blanco.
—Tú pórtate bien —reviré sarcásticamente.
Su expresión sombría me dijo que se estaba imaginando cómo me daba nalgadas.
Señaló con la cabeza a Angelo, que enseguida se puso a mi lado y me acompañó hasta donde las otras mujeres estaban sentadas en los sofás.
Sin embargo, yo solamente tenía ojos para mi madre.
Su vestido se ceñía a su delgada figura y sus ojos parecían aún más inexpresivos que la última vez que la vi.
Estiré una mano y agarré la suya. Su piel estaba fría al tacto.
—Mamá, ¿estás bien? —Mis sentimientos hacia mi madre eran infinitamente complicados. Nos había fallado a Mila y a mí una y otra vez, y no había bondad en ella. Pero también sabía que era una víctima del Pakhan, y me aferraba a la esperanza desesperada de que algún día pudiera salir de esta niebla.
Respondió a mi mirada preocupada con una expresión perdida.
—Mamá, por favor —susurré, deseando que las otras esposas no estuvieran a poca distancia. Estaba segura de que esto sería motivo de habladurías en los círculos de la Bratva—. Háblame.
—¿Qué podría tener que decir cuando te presentas en eso? —intervino Yulia, con voz mordaz, mientras señalaba mi silla de ruedas.
Solté la mano de mi madre y tragué con fuerza. Me negaba a avergonzarme. Sentirme aceptada por mi nueva familia me estaba ayudando poco a poco a aceptarme a mí misma. ¿Cómo se atrevían estas mujeres a hacerme sentir mal por usar una silla de ruedas?
—¿No es maravillosa? Me la regaló mi esposo.
—Como si eso lo hiciera mejor —se burló.
Mamá se quedó sentada en silencio. Ojalá supiera cómo llegar a ella.
—Dinos, Sofiya, ¿cómo van las cosas con tu nuevo marido? —preguntó Liliya—. Ciertamente es bastante guapo.
Arqueé una ceja.
—Maravillosamente. ¿Y tú estás recién casada? —Estaba girando su anillo alrededor de su dedo.
—Con Arkadi —dijo, señalando al guardaespaldas de cabello negro que estaba detrás del Pakhan, con una sonrisa tensa—. Otro hombre guapo.
Incliné la cabeza.
La otra joven que no conocía habló.
—¿Ese es tu anillo? —Su voz estaba llena de indignación fingida.
Miré mi anillo de oro, tan sencillo, sobre todo comparado con los vistosos anillos de diamantes de las esposas de la Bratva, con sus tres bandas entrelazadas. Era el anillo que me había dado mi esposo cuando no me quería. Me pregunté cómo sería tener un anillo unido a un recuerdo más feliz.
—Pensé que la Mafia Italiana se dedicaba al comercio de diamantes —comentó Yulia—. Supongo que ese maravilloso marido tuyo no te consideró digna de uno.
No dije nada, pero agité mi muñeca, asegurándome de que la luz captara los diamantes de mi brazalete. Yulia puso los ojos en blanco y yo sonreí.
Miré por encima del hombro a Matteo, al otro lado de la habitación.
Los hombres bebían mientras el humo de sus puros se arremolinaba a su alrededor.
Aunque sabía que había sido yo quien lo había empujado a ir allí sin mí, en ese minuto lo quería desesperadamente a mi lado.
En realidad, quería estar acurrucada en su regazo en el sofá de nuestra casa, lejos de toda esta gente horrible.
Su mirada se clavó en la mía, tan intensa como siempre. Rompí todas las reglas de etiqueta y le lancé un beso. Sus labios se inclinaron ligeramente antes de retomar su conversación.