Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 51 Sofiya
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51 Sofiya

SOFIYA

Estaba en el taburete de la cocina, usando la máquina para hacer pasta que había encontrado en el fondo de la despensa, cuando se abrió la puerta y Sienna entró dando saltitos.

—¡Sofiya! Te extrañé. Matteo te retiene demasiado para él solo.

Recibí su abrazo, manteniendo las manos cubiertas de harina y las muñequeras en el aire para no manchar su bonito atuendo.

—Ha sido muy protector desde que pasó el ataque —comenté.

—Algunos dicen protector, otros lo llaman monstruo autoritario.

Sonreí. Aunque me había encantado lo intensas que habían sido las cosas entre Matteo y yo los últimos días, de igual manera había echado de menos a Sienna.

—¿Pasta casera para el almuerzo? Chica, me estás haciendo quedar mal. Eres prácticamente más italiana que yo.

—Lo intento —repliqué encogiéndome de hombros—. Cocinar es lo único que siempre se me ha dado bien. —Ese día llevaba puestas las muñequeras para mantenerlas estables mientras usaba la máquina para hacer pasta.

—Estoy segura de que se te dan bien un millón de cosas —opinó Sienna.

Era muy dulce de su parte, mas no era verdad. Yo no era muy lista y apenas tenía habilidades, pero dar de comer a los demás me hacía sentir que aportaba algo bueno al mundo.

Se sentó a mi lado.

—¿Qué tal la fiesta de anoche?

Pasé otra hoja de pasta por la máquina.

—Fue... buena, no estoy segura. Matteo habló de asuntos de la mafia con los hombres.

La mayoría de las mujeres fueron bastante distantes.

—Estaba acostumbrada a las miradas y susurros de las esposas de la Bratva, aun así, esperaba que aquí las cosas fueran diferentes—. Pero conocí a esta mujer llamada Leona.

Los ojos de Sienna se abrieron de par en par.

—¿Leona Byrne?

—Sí. ¿La conoces?

—¡Caramba! No sabía que había vuelto a la ciudad.

—Sienna me pasó la siguiente hoja de masa—.

Éramos amigas, pero hace años que no la veo.

Su madre, Aurora, era la mejor amiga de mi mamma.

No sé exactamente qué pasó; no obstante, por lo que escuché, creo que Mamma ayudó a Aurora a dejar a la Familia y casarse con su novio irlandés.

Creo que fueron felices juntos hasta que mi tío llegara al poder.

Mató a Aurora por desertar. —Se aclaró la garganta y se me estrujó el corazón.

—Siento escuchar eso.

—Sí, bueno... En fin, Leona creció en Boston, pero quería ir a la Universidad de New York para estudiar.

Mis labios se entreabrieron por la sorpresa. Tenía tantas preguntas.

—¿Fue a la universidad?

—Sí. Tuvo que conseguir un permiso especial de Matteo para que la dejara entrar a la ciudad, pero yo lo obligué a aceptar para tener una amiga en mi carrera.

Ambas estudiábamos administración de empresas y éramos muy amigas en la escuela.

Sin embargo, una vez que se graduó, se unió oficialmente a la mafia irlandesa, así que se supone que no puede estar en New York por ningún motivo.

—Matteo no se alegró de verla en la fiesta.

Sienna resopló.

—Me lo imagino. ¿Te contó a qué se dedica?

—Umm, ¿dijo que es una asesina?

Sienna sonrió.

—Sí. Es bastante ruda. Los irlandeses les enseñan a sus chicas a pelear y combatir, y Leona siempre tuvo talento para ello.

No era difícil de creer. Toda la energía de Leona gritaba peligro.

—¿Te enseñaron combate y todo eso?

Sienna negó con la cabeza.

—Sé disparar un arma en un apuro, y Angelo me enseñó algo de defensa personal, pero eso es todo.

—Yo podría enseñarte a disparar, si quieres. —Ofrecí, recordando que había dos cosas que se me daban bien: cocinar y disparar.

Alzó las cejas.

—¿En serio?

—Sí, mi hermano me enseñó. Todavía estoy intentando que Matteo me deje ir al campo de tiro, aunque supongo que tendremos que esperar hasta que se acabe la amenaza albanesa, de todos modos.

—¡En cuanto así sea, lo hacemos! Y apuesto a que Angelo también te enseñaría técnicas de defensa personal.

Mis labios se curvaron en una sonrisa al imaginar lo que Matteo pensaría de eso.

—Me encantaría. —Pasé a cortar la pasta en tiras—. No sabía que habías ido a la universidad. ¿Es normal en la Familia que las chicas vayan a la escuela?

—Mi papà empezó a permitirlo en su tiempo. Mamma quería estudiar Literatura Italiana, y él nunca podía negarle nada. —Sienna sonrió, aunque con un toque de tristeza—. Permitió que Aria estudiara Medicina, y poco a poco se hizo más común. Supongo que en la Bratva no es así.

—En absoluto. No conozco a ninguna mujer que haya ido a la universidad.

Mila y yo ni siquiera fuimos a una escuela normal.

—Se me sonrojaron las mejillas de vergüenza—.

Si bien teníamos tutores que venían a casa, incluso eso se acabó hace varios años.

Estoy segura de que reprobaría si alguna vez tomara una clase de verdad.

Sienna me apretó la mano.

—Estoy segura de que te iría muy bien. Puedo ayudarte a apuntarte a algunas clases si alguna vez te interesa.

Mi mente daba vueltas. ¿De verdad me dejaría Matteo tomar clases? Sabía leer y escribir bastante bien, pero aparte de eso, mi educación era muy deficiente.

—Siempre pensé que sería divertido tomar clases de cocina —admití en voz baja.

—Oh, eso sería divertido. Quizá podría acompañarte.

No sé nada de cocina ni de repostería. Matteo y yo prácticamente sobrevivimos a base de comidas para microondas después de la muerte de nuestros padres.

Una vez que volvió a ser Don, contrató a Giana, y ella ha cocinado para nosotros todos estos años.

No puedo esperar a que la conozcas. Te va a adorar.

A pesar de que estaba un poco nerviosa por conocer a esta mujer que obviamente significaba tanto para Sienna y Matteo, también sería agradable tener más compañía.

Me levanté del taburete y tomé mi andador. Me acerqué al armario inferior, me incliné para tomar una olla y sentí una oleada de mareos. Noodle estaba a mi lado al instante y me apoyé en él, mientras la habitación daba vueltas.

—¿Sofiya? —La voz de Sienna se escuchaba lejana, como si me llegara a través del agua.

Respiré profundamente y me aferré a Noodle hasta que se me aclaró la vista. Me dio un empujoncito hasta que me senté en el andador.

—¿Estás bien? —Sienna estaba a mi lado—. ¿Llamo a Matteo o a Aria?

Sonreí mientras acariciaba la cabeza de Noodle.

—Todo bien. Solo me mareé.

—¿Qué puedo hacer?

—¿Puedes sacar una olla de ahí abajo? —Señalé el armario inferior—. Iba a hacer cacio e pepe, si te parece bien.

Sienna tomó la olla y la llenó, lanzándome miradas preocupadas.

—Podrías darme pasta normal y me parecería bien, pero cacio e pepe suena perfecto. ¿Si estás segura de que puedes prepararla? Si no, podrías decirme qué hacer e intentaré no quemar la cocina.

Resoplé.

—No, en realidad creo que ya estoy bien. —Tomé mi vaso de agua de la encimera y me bebí el resto. Necesitaba mantenerme hidratada.

Sienna puso la olla encima de la estufa. Volví a levantarme, esta vez moviéndome despacio, aunque ya se me había pasado el mareo. Me ocupé de preparar la pasta.

—Qué bien huele —comentó Sienna, observando por encima de mi hombro lo que estaba haciendo—. Creo que tenemos que almorzar juntas todos los días.

Sonreí.

—No estoy segura de que a Matteo le entusiasme ese arreglo.

—No todos podemos doblegarnos a su voluntad —dijo, poniendo los ojos en blanco—. Por cierto, ¿cómo reaccionó al ver a Leona?

—No le hizo mucha gracia, pero no le hizo nada.

Sienna sonrió satisfecha.

—No te preocupes, Leona sabe defenderse.

Seguro que sí. Aun así, no le diría a Matteo que había encontrado una tarjeta con su número de teléfono en mi bolso.

—¿Cómo van las cosas entre ustedes dos? —preguntó Sienna.

Me sonrojé.

—¿Matteo y yo? Bien.

—Si no fuera mi hermano, estaría exigiendo todos los detalles sucios porque ese rubor lo dice todo.

Me reí.

—Sin detalles sucios, lo prometo. —Dudé antes de añadir—: Esta mañana me dio un regalo.

—Ooh, ¿qué es?

—Umm... un armario entero lleno de joyas —musité, con la cara calentándoseme aún más. ¿Pensaría Sienna que era demasiado? ¿Que no me lo merecía?

Sienna jadeó.

—¿Puedo ver?

Asentí y se marchó al armario mientras yo terminaba de preparar la comida. Cuando volvió, tenía los ojos radiantes.

—Maldita sea, mi hermano lo hizo bien. Bueno, quienquiera que haya contratado para elegir esas cosas lo ha hecho bien. Te verás increíble con todo eso.

—¿Realmente crees que debería usarlas? Todo parece tan... excesivo.

—Ese es el punto —remarcó Sienna guiñándome un ojo—. Ahora estás en la Mafia Italiana. Vivimos para los excesos.

—¿Tú y Sienna la pasaron bien hoy? —inquirió Matteo.

Estábamos acurrucados en el sofá. Era casi medianoche, pero ninguno de los dos quería irse a la cama. Acababa de llegar a casa hacía apenas unos minutos y yo quería pasar el mayor tiempo posible con él.

—Sí. Hice pasta y ella se invitó a comer todos los días a partir de ahora.

Matteo se burló, pasando su mano por mi cadera.

Debía de haber subido la calefacción al llegar a casa, porque yo estaba cómoda en camiseta y pantalones cortos de encaje, y él estaba sin camiseta.

Recorrí con los dedos los tatuajes de su pecho.

Había buscado el significado en italiano de las palabras que tenía en el pecho: familia, honor, lealtad.

Me pregunté cómo encajaba yo en aquella ecuación.

—¿Por qué me diste un armario lleno de joyas? —susurré.

—No lo hice. Es solo la pared del fondo.

Le pellizqué un pezón y me reí cuando dio un respingo. Me dio una fuerte nalgada, pero no pudo ocultar cómo se le escapaba un sonrisa.

—¿Por qué? —Volví a insistir.

—Porque te lo mereces.

—Es demasiado.

—No, no lo es. No discutas conmigo, Tesoro.

Apreté mi sonrisa contra su pecho.

—De acuerdo, Miliy.

Una sonrisita de satisfacción se dibujó en el rostro de Matteo al escuchar el apodo que le había puesto.

Jugaba con mi cabello, con los ojos cerrados y la expresión más serena que le había visto hasta entonces.

La película que habíamos puesto sonaba tranquilamente de fondo, olvidada.

En momentos así deseaba que él no fuera Don de la Mafia Italiana y yo no fuera la princesa de la Bratva.

Deseaba que pudiéramos ser simplemente Matteo y Sofiya.

—¿Cómo te fue hoy con los asuntos de la mafia?

Casi sonrió.

—Jodidamente terrible. Me alejó de ti.

—Eres un adulador. —Le acaricié la cara y le besé la mejilla—. Oh, estaba leyendo algo hoy y aprendí una nueva palabra. —Había comprado algunos libros de autoayuda además de mi creciente horda de libros de romance. Crecimiento personal y todo eso.

—¿Qué palabra es esa?

—Alexitimia.

Matteo arqueó una ceja.

—Es cuando te cuesta trabajo sentir y nombrar tus emociones. Mucha gente que sufre traumas infantiles parece tenerla. —Mantuve la voz neutra, como si estuviera contando algo interesante, aunque no pude evitar que mis ojos se desviaran hacia su rostro y luego hacia mis manos.

—¿En serio?

—Sí. Me pareció interesante.

Matteo se movió rápidamente, inclinando su cuerpo hacia mí y enjaulándome para que su cuerpo me inmovilizara contra los cojines.

—¿Estás tratando de diagnosticarme, Tesoro?

Lo miré, manteniendo los ojos abiertos de par en par con inocencia, pero no pude evitar que una sonrisa me traicionara.

—Yo nunca haría eso, Miliy.

—Claro que no —afirmó, tomándome la barbilla entre el pulgar y el índice.

—Además, tienes un gran control de tus emociones —declaré.

Matteo maldijo mientras sus labios se torcían en una sonrisa involuntaria.

—Malcriada.

—Tu malcriada. —Apreté mis labios contra los suyos, le pasé los dedos por el cabello y lo atraje hacia mí.

Le mordí el labio y apreté mi lengua contra la suya, amando su sabor.

Me agarró del cuello; no obstante, en lugar de profundizar el beso, se apartó, dejándome fría. Me invadió un sentimiento de rechazo.

—No me mires así, Tesoro. Eres irresistible. Pero tengo que hablarte de algo. —Su tono serio hizo que se me revolviera el estómago.

Hizo girar un mechón de mi cabello alrededor de su dedo.

—Hemos organizado una cena para mañana. Con tu padre. Viene a la ciudad.

Me quedé helada, pero mi corazón se aceleró, como si supiera que pronto estaría a pocos kilómetros de mi padre. Sabía que no era realista, mas esperaba no volver a verlo.

—Lo sé, Tesoro. —Me subió a su regazo, acunándome contra su pecho—. No me gusta. Lamentablemente, necesitamos su apoyo en esta guerra con los albaneses. Arben se ha aliado con alguien, y no sé con quién. Debería haber podido acabar con esto hace semanas.

Odié la culpa que vi en sus ojos.

—No es culpa tuya. —Apoyé mi cabeza en su pecho. No sabía el alcance de lo que estaba ocurriendo, sin embargo, si aliarse con el Pakhan ayudaría a mi esposo a destruir a sus enemigos más rápido, yo no se lo haría más difícil—. ¿Quieres que vaya a la cena?

Suspiró y me dio un beso en la frente.

—No te obligaré. Pero las esposas asistirán.

—¿Mi mama?

—Sí, creo que sí.

No había forma de evitarlo. Mi ausencia sería cuestionada, y la autoridad de Matteo con ella.

—Entonces iré —susurré—. ¿Dónde será?

Sus brazos me rodearon con fuerza.

—En el restaurante de mi primo. Seremos los únicos.

—¿Vendrá Mila?

—No lo creo. —Ante mi expresión abatida, me pasó los dedos por la mejilla—. La haremos venir de visita cuando todo esto esté resuelto. ¿De acuerdo, Tesoro?

Asentí.

—Sí. Es que la echo de menos. Y tengo miedo de que el Pakhan haga algo para lastimarla.

La expresión de Matteo se ensombreció.

—¿Qué te hace decir eso?

Mierda. No podía dejar que entrara a una reunión con mi padre listo para asesinarlo.

—Por ninguna razón.

—Eres muy mala para mentir. —Me reacomodó para que estuviera frente a él y me tomó la cara con ambas manos—. Dime. ¿Te hizo daño? ¿Te levantó la mano?

Me mordí el labio.

—No creo que deba responder a eso.

En sus ojos oscuros ardía fuego.

—Lo mataré, Sofiya. Lo juro, acabaré con él, maldita sea.

—No, no lo harás. Estás en una alianza con él. Necesitas su apoyo.

—Nadie te lastima y se sale con la suya.

—No se ha salido con la suya. —Pasé mis dedos por las líneas de su ceño fruncido—. Soy yo quien se salió con la suya. A mi nueva e increíble vida contigo.

Tragó saliva.

—No lo mataré... todavía. Pero te juro por Dios, Tesoro, que lo pagará. No vendrás conmigo mañana por la noche.

—Sí, iré. Tengo que hacerlo, o parecerás débil. —Si yo no estaba allí, sugeriría que Matteo no tiene control sobre su casa.

Él sabía que yo tenía razón porque dejó escapar un sonido de disgusto en el fondo de su garganta antes de agarrarme de la mandíbula y acercarme para darme un beso fuerte.

—Te protegeré. Lo juro. Y algún día lo castigaré por todo el dolor que te ha causado.

Nos miramos fijamente, el silencio guardaba entre nosotros todas las palabras no dichas: mi anhelo, mi amor por él. Me apoyé en su pecho y nos quedamos así, abrazados, mientras la película seguía.