50 Sofiya
SOFIYA
La luz de la mañana entraba por la ventana del baño.
Me recosté en la bañera, con el agua caliente cubriéndome, y tomé un sorbo de mi café.
El cual me había preparado mi esposo, acompañado de una deforme burbuja de espuma encima.
Sonreí pensando en cómo había fruncido el ceño al dármelo, murmurando algo sobre la “falta de cooperación” de la espuma.
Esperaba estar adolorida después de nuestra incursión de la noche anterior con la soga, sin embargo, me desperté sintiéndome extrañamente relajada.
Probablemente se debía a que mi esposo se había dedicado a cuidarme.
Había puesto una expresión asesina cuando vio que la soga me había dejado unas cuantas marcas en la piel y había insistido en untarme crema después de besar cada una de ellas.
No obstante, me gustaba estar marcada por él.
La noche anterior me había dado un largo masaje y esta mañana había insistido en que me diera un baño de sales Epsom.
Había intentado convencerlo de que me acompañara, pero Romeo y él estaban ocupados con algo y no tenía tiempo.
Intenté no sentirme demasiado alterada porque ese día no tendríamos tiempo para entrenar en la oficina... porque no podría pasar el día con él.
Matteo entró al baño, vestido de traje, y se agachó junto a la bañera. Dejé la taza de café y le rocé ligeramente la mandíbula con mis dedos. Aún tenía los labios hinchados por besarlo hasta altas horas de la noche.
—¿Seguro que no puedes meterte conmigo?
Deslizó la mano bajo el agua y me pellizcó un pezón.
—Verte ahí dentro, mojada, suave y jodidamente hermosa, es la mayor tentación de mi vida. Pero me tengo que ir. —Me agarró la barbilla y me levantó la cabeza para darme un beso—. Hay algo esperándote en el armario para cuando salgas.
El corazón me dio un vuelco. ¿Me había traído un regalo?
—¿Qué es?
Matteo se rio entre dientes mientras se levantaba.
—Mi chica impaciente y codiciosa. Tendrás que ir a ver.
Tomé su mano antes de que se fuera.
—¿Volverás esta noche? —Me mordí el labio, insegura de si mi pregunta era demasiado desesperada, pero lo echaba de menos cuando no estaba. Dormía mucho mejor cuando él estaba en la cama conmigo.
—Sí, Tesoro. Volveré esta noche. Pórtate bien para mí. —Se inclinó y me dio un último beso antes de irse.
Volví a sentarme en la bañera, arrastrando los dedos por el agua.
En los últimos días habían cambiado muchas cosas entre mi marido y yo.
Deseaba poder hablar con Mila de todo aquello, prácticamente podía escucharla gritar de emoción ante los últimos acontecimientos, pero no había vuelto a saber de ella.
Hacía todo lo posible para no entrar en pánico, aunque la preocupación constante seguía ahí.
El suspenso finalmente me venció, necesitaba ver lo que Matteo había puesto en el armario. Llamé a Noodle y me apoyé en él mientras salía de la bañera.
—¿Cuál crees que es la sorpresa, Malysh?
Me sequé rápidamente, me envolví en la bata y abrí la puerta del armario.
Me detuve en seco.
El armario de Matteo era enorme, del tamaño de la habitación de mi infancia, y hasta ese momento había contenido una larga hilera de sus trajes en un lado y la ropa que Sienna me había comprado en el otro.
Pero ahora la pared del fondo estaba llena de un gran escaparate de joyas que parecía sacado de una película.
Se me aceleró el corazón al acercarme. La pared estaba iluminada, resaltando brazaletes, collares y pendientes organizados en un arcoíris de piedras preciosas, y en el centro había una tiara de diamantes.
—Santos cielos.
Me acerqué lentamente, como si fuera a sonar una alarma si me acercaba demasiado. Detrás de la tiara había una nota. La tomé con dedos temblorosos.
Para mi reina.
Le di la vuelta a la tarjeta, buscando algo más escrito, algún tipo de explicación para el repentino derroche de regalos de mi esposo, mas no había nada.
Me senté en el asiento de mi andador y me quedé mirando las joyas. No parecía que fueran realmente mías. Pero, de nuevo, nada en mi vida actual parecía real.
Recorrí con los dedos el borde de la tarjeta y me fijé en todos los detalles de la escritura de Matteo, en el inesperado movimiento y la elegancia de sus letras, antes de apretarla contra mi pecho.
Sentí calidez en mi interior porque, fuera como fuera, esta tarjeta era real.
Aunque no quería interpretarla, ni dejar que mi mente creyera que los regalos de mi esposo significaban amor, sí significaban algo.
Sonreí mientras recorría con los dedos la tiara de diamantes.