Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 49 Matteo
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49 Matteo

MATTEO

Mi pequeña esposa estaba embriagada por la soga, su mente iba a ese dulce espacio en el que podía dejarse llevar por completo. Su cuerpo estaba relajado, cediendo perfectamente a sus ataduras.

Me incliné hacia adelante y le besé suavemente la frente, la nariz y los labios. Un pequeño gemido me recompensó. El sonido más dulce que jamás había escuchado.

Mi mano recorrió su pecho, comprobando que la soga no cortaba la circulación, antes de agarrar otro pedazo.

—Voy a atarte las piernas, baby.

Hacía tiempo que no utilizaba la soga, al menos en la intimidad. Utilizaba mis habilidades con frecuencia para torturar a mis enemigos.

Sin embargo, nada me habría preparado para la intensidad de atar a Sofiya.

Había investigado cómo modificar las ataduras para el síndrome de Ehlers-Danlos, incluso había hablado con uno de los profesionales del club que tenía experiencia con este tipo de síndrome.

El SED de Sofiya la hacía muy flexible, aun así, tenía que tener cuidado de no forzar su cuerpo en posiciones que pusieran en tensión sus músculos o provocaran una dislocación o inflamación de las articulaciones.

Además, su piel podía marcarse con más facilidad, le habían salido algunos moretones cuando le había dado nalgadas, así que le puse unas esposas de piel suaves en las muñecas.

La última atadura que quería hacerle era una del tipo de sirena en los muslos, que le mantendría las piernas juntas.

Permanecí concentrado en lo que estaba haciendo, aunque mi polla estaba dura como una roca y presionaba dolorosamente contra mis pantalones.

Sofiya parecía una maldita diosa con el arnés en el pecho, y no dejaba de mirarla para ver si mostraba algún signo de malestar.

El corazón me latía con fuerza, no solamente por la emoción y la excitación, sino también por la ansiedad que me producía el miedo a hacer algo mal y lastimarla.

Terminé de atarle las piernas y el patrón resaltó sus muslos cremosos.

—Eres perfecta —elogié. Metí las manos entre sus gloriosas piernas y le acaricié el coño. Mi polla se puso aún más dura al sentir su calor resbaladizo empapando mi mano—. Estás empapada para mí.

Volvió a gemir y trató de arquearse contra mis caricias, pero las ataduras la sujetaban.

—Por favor. Por favor, Matteo. Necesito... —Ella gimió mientras yo aplastaba el talón de mi mano en su sexo.

—Me encanta escucharte suplicar. Me encanta oírte tan desesperada por mí.

—Metí un dedo dentro de ella, gimiendo al ver cómo se apretaba a mi alrededor—.

Voy a follarte así. Tus dulces piernas atadas, tratando de mantenerme fuera.

—Pasé mi nariz por su garganta, respirando su dulce aroma teñido de sal—.

Y te quedarás ahí acostada y lo recibirás, porque no tienes elección.

—Agarré sus nalgas y apreté con fuerza—. Pero te encantará, joder.

Se estremeció, gimió y luchó contra sus ataduras hasta que me apiadé de ella. Agarré fuertemente su cintura, comprobando una vez más que la soga no la apretaba ni cortaba la circulación, antes de penetrarla por completo.

Sofiya lanzó un grito ahogado.

—Eso es, grita para mí, Tesoro. Grita por la forma en que mi verga se abre paso en tu coño.

—Apenas podía formar palabras. Esto era lo más apretado que ella se había sentido, incluso más apretado que nuestra primera vez.

El sudor caía por mi espalda mientras la penetraba de nuevo, tratando de meterme completamente dentro de ella.

—¡Matteo! —exclamó—. ¡Más!

Dejé escapar una maldición y me incliné hacia abajo, nuestros labios se encontraron con desesperación.

—Joder, baby, me voy a correr vergonzosamente rápido. Necesito que lo hagas conmigo.

Gimoteó mientras le pellizcaba los pezones y su coño se apretaba alrededor de mi longitud.

Acaricié en círculos su clítoris con el pulgar, rogándole en silencio que se viniera antes de hacer el ridículo.

Justo cuando sentía un cosquilleo en la columna y estaba a punto de correrme, ella culminó con un grito.

Solté un suspiro de liberación y me dejé ir, llenando su apretado y caliente coño con mi semen.

Sus ojos se clavaron en los míos, abiertos y vidriosos de placer. Respirábamos el mismo aire, nuestros corazones latían al unísono, y yo nunca había estado tan conectado a otro ser en toda mi vida.

Permanecimos en ese trance incluso cuando me retiré, quité la soga, unté su suave piel con crema y la abracé.

—Gracias por hacerme sentir tan protegida —expresó, rozando con los labios la palabra “lealtà” tatuada en mi pecho.

Presioné mi cara contra su cabeza e inhalé profundamente. No quería, no podía decirlo en voz alta, pero ella también me hacía sentir a salvo.