Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 48 Sofiya
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48 Sofiya

SOFIYA

—Tengo que alimentarte —dijo Matteo, deslizando sus dedos por mi brazo. El coche estaba oscuro mientras nos dirigíamos a casa—. ¿Quieres pedir algo cuando lleguemos?

Un letrero en la interestatal me hizo jadear mientras lo señalaba.

—Oh, Dios mío. ¿Podemos ir a Sonic? Mila y yo solíamos ver comerciales en la televisión.

—¿Qué es Sonic? —cuestionó Romeo.

—Es un autoservicio. O sea, que comes en el auto —expliqué, dando saltitos de emoción—. Parece muy divertido.

Matteo se pasó la mano por la cara.

—Tesoro, por favor, te lo ruego. Déjame gastarme algo más que un par de dólares en una comida para ti.

Me incliné hacia delante para besar su mejilla rasposa.

—Esto probablemente costará más que el hot dog.

Refunfuñó, pero no impidió que Romeo tomara la salida.

Unos minutos después, entramos y nos estacionamos junto a un menú iluminado.

Matteo estaba más cerca, así que me desabroché el cinturón y me arrastré sobre él para verlo mejor.

Su mano se posó en mi trasero, dándole un fuerte apretón, y le golpeé el hombro.

—¿Qué quieres? —le pregunté.

—Una mesa para poder comer —se burló Matteo.

Sonreí.

—Pediré por ti, entonces. Romeo, Angelo, ¿ya saben lo que quieren?

—Oh, sí —recitó Angelo—, esto es mucho mejor que una comida de fiesta pretenciosa.

—Así se habla.

Romeo me bajó la ventanilla y yo hice nuestro pedido, asegurándome de pedir suficientes malteadas para todos, aunque los chicos insistieron en que no necesitaban postre.

Qué mafiosos tan bobos. También pedí una hamburguesa simple para Noodle.

Se había portado muy bien en la fiesta. El hecho de tenerlo cerca me hacía sentir más tranquila.

—¿Estás feliz? —Matteo inquirió en cuanto tuvimos nuestra comida.

—Sí. —Me incliné a su lado mientras bajaba la voz—. Y esto significa que no tendremos nada más que hacer cuando lleguemos a casa.

Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.

—Eres una chica astuta y traviesa.

Matteo me cargó fuera del ascensor, su cuerpo prácticamente zumbando con energía.

Enzo estaba en su puesto frente a nuestra puerta y yo lo saludé con un pequeño gesto con la mano al pasar junto a él.

Angelo se había ofrecido a ocuparse de la rutina vespertina de Noodle, así que mi esposo y yo éramos libres para dirigirnos directamente a nuestra habitación.

Matteo me tumbó en el colchón, abrazándome mientras se inclinaba sobre mí.

—Tengo una idea para algo que me gustaría probar. —Su voz, grave y sensual, me produjo un escalofrío.

—¿De qué se trata?

Separó los labios y luego dudó un momento. Esto me llamó la atención, era muy raro que mi marido dudara de algo.

—Solía ser miembro de un club cuando era más joven. Un club BDSM —aclaró.

Mi corazón se aceleró.

—¿Has escuchado hablar alguna vez del uso de soga? —Me clavó su mirada acalorada.

—¿Como atar a alguien?

Asintió.

—Es algo que disfruto y que me gustaría compartir contigo. He investigado cómo modificarlo para que sea seguro para ti.

—¿Quieres atarme? —Sonaba sin aliento mientras apretaba los muslos, mojándome solo de pensarlo.

—Creo que te gustará. —Me pasó el pulgar por los labios y los separé, llevándome el dedo a la boca y chupándolo—. Buena chica —murmuró—. Tan buena para mí. —Sacó el pulgar y me lo pasó por el labio inferior.

—¿Qué te gusta de eso? —inquirí.

—Mmm, muchas cosas. Me gusta ver a mis parejas caer más profundamente en la sumisión. La soga tiene que ver con la confianza, la comunicación y el lenguaje corporal. Es la interacción del dolor y el placer, de la dominación y la sumisión. Me da una sensación de control que ansío.

Una chispa de excitación me recorrió el estómago, pero también sentí que una emoción incómoda y de celos me oprimía el pecho.

—¿Qué pasa? —inquirió con el ceño fruncido.

Me demoré en contestarle, no quería parecer petulante e inmadura. Me agarró por la garganta, su fuerza sobre mí era pura dominación mientras me obligaba a verlo a los ojos.

—No me gusta pensar en ti con otras mujeres —pronuncié las palabras, tratando de liberarme de su agarre. Él no lo permitió. Me inmovilizó las manos, sin permitirme ningún movimiento. Una sonrisa torció sus labios, aumentando mi indignación.

—No te rías de mí —reviré.

—Jamás —afirmó, con una expresión sobria—.

Sonreía porque me gusta verte siendo posesiva conmigo.

—Sus labios rozaron mi piel—. No tienes nada de qué preocuparte, Tesoro.

Ninguna de esas mujeres significaba algo para mí.

No tuve ninguna conexión con ellas más allá de lo que hicimos en una escena.

Jugar contigo sería completamente diferente.

—¿Y eso por qué? —indagué, todavía un poco malhumorada.

—Porque me importas. Porque verte derrumbarte de placer es lo más hermoso que he visto en mi vida. Porque no quiero que esto sea una escena de una sola vez. Quiero más contigo. Lo necesito todo.

Enterré mi cara en su cuello, necesitando un minuto para asimilar sus palabras. Me acarició el cabello con un ritmo calmante y paciente.

—¿Cómo funcionaría? —pregunté por fin.

—Empezaríamos despacio. Exploraríamos cómo responde tu cuerpo, qué te gusta y qué no.

—¿Y si no me gusta?

—Entonces no lo hacemos.

—¿Eso significa...? —Me interrumpí, sin querer pronunciar las palabras en voz alta. Me agarró la barbilla y levantó una ceja. Resoplé—. Si no me gusta, ¿te irás al club a buscar otras mujeres para atar?

La expresión de Matteo se oscureció como una tormenta.

—No, esposa. No buscaré a otras mujeres.

Aunque su voz contenía una severa censura, alivió la opresión de mi pecho. Me mordí el labio.

—¿Qué quieres decir con que te gusta estar con alguien sumisa? No sé si puedo hacer eso, ser eso. No quiero dejar que me pisoteen.

Un sonido parecido a un gruñido retumbó en la garganta de Matteo.

—Nunca serás un jodido tapete. Eres mi reina. Tu sumisión es algo que das libremente, y que ya me has dado. ¿Qué sientes cuando te entreno en la oficina? ¿Cuándo te controlo durante el sexo?

Me ardían las mejillas.

—Se siente bien, de una manera sucia.

Matteo asintió, sin ninguna señal de juzgarme en su expresión.

—Ahí lo tienes, Tesoro. Ya me regalas tu sumisión maravillosamente. Yo ansío el control. Tú ansías dejarte llevar.

—Oh. Supongo que pensaba que la sumisión era algo diferente.

—Puede que te presione hasta tus límites. Soy un imbécil dominante. Pero tú siempre tienes el poder. Si algo se siente mal y necesitamos hacer una pausa, simplemente dímelo o di amarillo. Y si te asustas, te duele o quieres parar por cualquier motivo, di rojo.

Le pasé los dedos por la mandíbula y asentí. Se movió para sentarse a horcajadas sobre mí sin apoyar su peso en mí.

—No sé cómo tuve tanta suerte. —Sus ojos me estudiaron y me hizo sentir sexy, no cohibida.

Me acarició las mejillas y luego me pasó las manos lentamente por la clavícula, los brazos y luego de nuevo hacia arriba, trazando un patrón de arriba a abajo por mi torso.

Respiré agitadamente cuando me acarició los pechos, aunque su tacto fue frustrantemente ligero.

Intenté arquearme ante sus caricias, y la sonrisa que se dibujó en sus labios me dijo que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

—¿Alguien está muy ansiosa? —Sus labios rozaron mi oreja y sentí un escalofrío.

Sus manos siguieron bajando por mi cuerpo, apretándome la cintura y los muslos. Tanteó la parte inferior del vestido, subiéndomelo por las piernas antes de quitármelo por completo. Inhalé con fuerza. Apenas había hecho algo y ya tenía la piel ardiendo.

Me levantó la pierna y apretó sus labios contra mi tobillo.

La sensación de sus dedos, su boca y su aliento contra mi piel aumentó el calor en mi interior, sobre todo a medida que subía por mi pierna.

Pero cuando llegó a mi coño, lo único que hizo fue darme un ligero beso en el clítoris a través de mi ropa interior de encaje antes de subir besándome por la otra pierna.

—Matteo —me quejé cuando volvió a mi sexo, esta vez limitándose a respirar sobre él—. Necesito más.

Se rio sombríamente mientras se incorporaba.

—Tomarás exactamente lo que te dé, Tesoro. —Su piel era todo calor contra la mía mientras me quitaba el sostén y se llevaba mi pezón a la boca, dejándome retorciéndome.

Cuando se apartó de la cama, solté un grito de indignación y me acerqué a él.

—Tan exigente —respondió con una risita.

Desapareció en el armario y salió con una bolsa negra. Sacó un tramo de soga antes de volver a la cama y sentarme. Se acomodó detrás de mí, con el pecho apretado contra mi espalda, apoyándome y haciéndome sentir querida y protegida. Luego tomó la soga, recorriendo mi piel.

—¿Como se siente? —Sus palabras vibraron contra mi cuello.

—Bien —afirmé. La soga era firme y texturizada, mas no demasiado áspera.

Canturreó mientras empezaba a envolverme el pecho con la soga. Me levantó los pechos y los apretó con sus grandes manos antes de pasar la soga por debajo de ellos. Su mano me rodeó la garganta y me estremecí.

—Lo estás haciendo muy bien para mí. —Cuando retiró la mano, miré el patrón en forma de diamante de la soga sobre mi pecho. Su agarre sobre mí era firme, como una prolongación del tacto de Matteo—. ¿Cómo se siente?

Giré la cabeza y le di un suave beso en los labios.

—Bien.

Me devolvió el beso con otro más fuerte antes de salir de detrás de mí y bajarme a la cama.

El movimiento hizo que la soga se moviera contra mi piel, contrastando su fricción con la suavidad del colchón.

Luego me movió el brazo hacia un lado y cerró unas esposas anchas y acolchadas alrededor de mi muñeca. Lo miré con los ojos muy abiertos.

—No voy a atarte los brazos con fuerza, sino lo suficiente para que lo sientas.

—¿Sentir qué? —susurré.

—Mi control sobre ti.

Ató un trozo de soga a las esposas y luego la sujetó al costado del marco de la cama antes de repetir el proceso en el otro lado.

Tiré de la cuerda y me entró un poco de pánico cuando me di cuenta de que no podía moverme ni levantarme.

Sus manos pesaban sobre mi estómago mientras me observaba, paciente mientras me adaptaba a todas las sensaciones.

Su tacto me tranquilizó. Respiré profundamente y mis músculos se relajaron.

—Tan buena —halagó contra mi piel—. Tan valiente, tan hermosa.

Sus palabras llenaron ese lugar adolorido dentro de mí que nunca me parecía suficiente, curando los bordes en carne viva de la herida que había llevado durante tanto tiempo. No creía del todo que fuera valiente o hermosa, al menos no todavía, no obstante, nunca me cansaría de escucharlo decirlo.