47 Sofiya #3
—No haces más que acumular castigos. —Se llevó mi mano a sus labios y la besó suavemente—. ¿De qué hablaban?
—Me estaba diciendo que soy la persona más poderosa de aquí —expliqué con una sonrisa.
—Bueno, en eso tiene razón —murmuró Matteo en voz baja—. Ven aquí. Te necesito cerca para no entrar y asesinar a tu guardaespaldas.
Me levantó de la silla y me colocó en su regazo. Me acurruqué contra él, absorbiendo su olor y su calor.
—¿No tienes más gente con la que hablar?
—Pueden esperar. —Me besó en la frente.
Un silencio tenso se había apoderado de la multitud, todos intentaban vislumbrar el comportamiento inusual de su Don.
—¿Esto no va a empañar tu imagen? ¿No te hará parecer menos intimidante?
Matteo me sujetó con fuerza mientras intentaba levantarme. No quería hacer nada que pusiera en peligro la autoridad por la que tanto había trabajado.
—No te di permiso para moverte, Sofiya.
Mis dedos se aferraron con más fuerza a su chaqueta mientras la excitación se disparaba a través de mí.
—Estaré más que feliz de mostrarles lo equivocados que están a todos los que piensen que soy menos poderoso porque adoro a mi reina. —Las palabras fueron pronunciadas como una amenaza en voz baja, y me provocaron otro escalofrío.
Un movimiento me llamó la atención cuando Angelo y Romeo se acercaron a nosotros. Rodeé la nuca de Matteo con la mano.
—No puedes matarlos.
—Soy el Don. Puedo hacer lo que quiera. —Fue su única respuesta. Dejé escapar un largo suspiro, contenta de estar en su regazo para que no pudiera atacar fácilmente a mis guardaespaldas.
—Jefe, yo... —Empezó Angelo.
Matteo levantó la mano, silenciándolo.
—Tú y yo, mañana en el ring.
Angelo asintió secamente antes de volver su mirada hacia mí.
—¿Se encuentra bien, señora Rossi?
—Matteo es el que está enfadado contigo, no yo, así que déjate de tonterías de señora Rossi —reprendí, poniendo los ojos en blanco—. Estoy perfectamente bien. Mi esposo está molesto porque tuve una conversación perfectamente encantadora con una asesina irlandesa.
Angelo apretó la mandíbula.
—¿Leona Byrne?
Matteo asintió.
—Mierda —soltó Romeo.
—Leona no es un nombre irlandés, ¿verdad? —Curioseé.
—Es italiano —aclaró Matteo—. Su madre era hija de uno de nuestros capos.
Se escapó para estar con el segundo al mando de la mafia de Boston, el padre de Leona.
Ella reclama su herencia italiana únicamente cuando le conviene.
Haz que Franco investigue qué hace en mi ciudad y pregúntale por qué carajos no sabíamos que estaba aquí.
Romeo levantó la barbilla en señal de asentimiento antes de sacar su teléfono.
—¿Qué estaba pasando adentro? —le pregunté a Angelo.
—Al parecer, la hija de Lombardi no está encantada con su prometido —explicó con una mueca.
—¿Qué quieres decir?
—Está enamorada de uno de los soldados de Riccardo, o al menos eso es lo que deduje cuando apareció para intentar reclamarla —dijo Angelo.
Me volteé hacia Matteo.
—Su padre no puede obligarla a casarse con su prometido si está enamorada de otro. — Podía escuchar lo ridículas que sonaban mis palabras mientras me sentaba en el regazo del esposo que nunca habría elegido, pero al que nunca renunciaría.
—Es su padre, Tesoro. Así son las cosas.
—No es justo —expresé en voz baja.
Matteo me acarició el cabello.
—¿Puedes al menos asegurarte de que no le pase nada al otro chico? ¿Al soldado?
—Insultó a su capo —argumentó Matteo.
Le sujeté la cara y lo miré fijamente a sus oscuros ojos.
—Por favor. No merece morir porque la ama.
Matteo suspiró antes de dirigirse a Romeo.
—Encárgate de que se haga.
—Sí, Jefe —contestó Romeo antes de dirigirse al interior.
—Hora de irse —anunció Matteo. Me mantuvo en sus brazos, abrazándome fuerte mientras salía de la fiesta, ignorando a todos los que trataban de llamar su atención. Angelo nos siguió con Noodle y mi silla de ruedas.
Matteo me acomodó en la parte trasera del coche, pegándome a su cuerpo una vez que entró. Me pasó el pulgar por la mejilla en un gesto que me resultó dolorosamente tierno.
—¿Descubriste alguna información útil? —le inquirí cuando nos pusimos en marcha.
—Ciertamente, descubrí mucha información inútil —aseguró.
Me dio un vuelco el corazón al ver que no contestaba.
Me estaba dejando entrar más, demostrando su interés por mí, pero seguía sin confiarme plenamente los asuntos de la Familia.
En ese momento, sus labios rozaron mi frente y me dije que no importaba.
Aceptaría cualquier cosa que me ofreciera porque lo amaba.
«Lo amaba».
Me di cuenta de que me había enamorado de mi esposo y la emoción me sacudió. Me había enamorado de Matteo poco a poco, mi corazón se ensanchaba con cada gesto de bondad que me mostraba, cada vez que me dejaba entrever su verdadero yo.
No estaba segura de que Matteo pudiera llegar a amarme.
Había encerrado su corazón tras el asesinato de sus padres y yo tenía que aceptar que quizá nunca lo liberaría.
Sin embargo, cuando me acurruqué a su lado, sintiéndome contenta, segura y aceptada, supe que me había dado más de lo que podía pedir.