Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 47 Sofiya #2
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47 Sofiya #2

Me sonroje por lo especial que me hacían sentir sus palabras.

Le di un premio a Noodle mientras esperaba a que Angelo me trajera una bebida.

Un grupo de las esposas de los mafiosos estaban de pie a un lado del jardín, con el cabello perfectamente arreglado, vestidos elegantes y joyas costosas que prácticamente caían a chorros.

Cuando me sorprendieron observando, todas se dieron la vuelta rápidamente.

Una sensación de incomodidad se apoderó de mi pecho, aun así, me obligué a mantenerme erguida, intentando tomarme al pie de la letra las palabras de mi esposo.

Era una reina y pertenecía a este lugar tanto como ellas.

—¿Adónde quieres ir? —Quiso saber Angelo, con mi bebida en la mano.

—¿Qué tal allá? —indiqué un lugar tranquilo al borde del césped. En esa parte del jardín había luces parpadeantes que hacían que pareciera acogedor. Nos dirigimos hacia allá, mi nueva silla de ruedas se adaptaba fácilmente al terreno.

—Me pregunto si les preocupa que mi enfermedad sea contagiosa —bromeé, señalando con la cabeza a las mujeres que me lanzaban miradas furtivas.

—Ignóralas, bella. Si fueran listas, estarían encima de ti intentando ganarse tu aprecio.

Tarareé, tomando mi bebida de Angelo. Debería estar agradecida de que mantuvieran su distancia.

No tenía energía para charlas superficiales esta noche, pero la sensación que había tenido la mayor parte de mi vida de ser siempre indeseada y dejada de lado me subió por la garganta. Parpadeé y aparté la vista de ellas.

Noodle volvió a apoyar su cabeza en mi regazo, como si sintiera que necesitaba más apoyo. Lo acaricié distraídamente mientras observaba a la multitud.

Había al menos cincuenta personas aquí. La mayoría de los hombres eran bastante mayores que Matteo, lo que me llenó de orgullo por lo joven que era cuando asumió el cargo de Don y por el éxito que había tenido todos estos años.

El ambiente era animado, con gente bebiendo y riendo, aunque también había un punto de tensión que reconocí de las reuniones de la Bratva a las que había asistido.

La sensación de que los traidores y las amenazas podían estar acechando en cada esquina.

—Mierda —soltó Angelo, mirando su reloj—. Romeo necesita refuerzos dentro de la casa. —La tensión delineó su mandíbula mientras vacilaba, inseguro de qué hacer.

—Estaré bien aquí. Tengo a Noodle y Matteo está por allá.

Volvió a ver su reloj y maldijo por el mensaje que le había enviado Romeo.

—No te muevas de aquí, Sofiya. Lo digo en serio.

—No lo haré —prometí.

Mi guardaespaldas me hizo un gesto brusco con la cabeza y se dirigió rápidamente hacia las puertas francesas. Matteo se percató de su movimiento y me miró, con una expresión furiosa. Le hice un gesto torpe con la mano y le levanté el pulgar. Consultó su reloj y su expresión se volvió tensa.

Esperaba que todo estuviera bien adentro. Tenía que ser algo importante si Romeo necesitaba refuerzos.

Volví a mi bebida, contemplando las cerezas rojas en el fondo. Intentaba sacarlas discretamente cuando una hermosa mujer se sentó a mi lado. Levanté la vista, sorprendida de que alguien se me hubiera acercado. Noodle movió la cola, mas no me quitó la vista de encima.

La mujer aparentaba unos veintitantos años y tenía el cabello perfectamente ondulado, de un rojo intenso, y un puñado de pecas en el puente de la nariz. Llevaba un ajustado vestido de seda verde y sentí envidia momentánea de su delgada figura y sus elegantes movimientos.

—Dios, estas fiestas son aburridas, ¿verdad? —Se giró en su silla para mirarme, con una sonrisa radiante en su rostro—. Soy Leona.

—Sofiya —respondí.

—Oh, lo sé —dijo guiñándome un ojo—. La misteriosa princesa de la Bratva que le ha robado el corazón al Don.

Me sonrojé.

—No estoy segura de eso.

—Oh, pero yo sí. —La voz de Leona era sensual mientras se acercaba a mí y enrollaba un mechón de mi cabello alrededor de su dedo.

Miré fijamente sus ojos oscuros. Su presencia era seductora y peligrosa a partes iguales—.

Todos estos hombres se creen muy poderosos, aquí pavoneándose con sus pistolas y sus pollas.

Les resulta fácil pasarnos por alto —continuó.

Arqueé una ceja.

—No estoy segura de que alguien pudiera pasarte por alto.

Leona se rio entre dientes mientras se reclinaba en la silla y cruzaba las piernas.

—Eso es porque eres lista y observadora. Yo también lo soy, y por eso sé que eres tú quien más poder tiene en este lugar. Y todos ellos… —Señaló el abarrotado patio de hombres con traje—. Están demasiado ciegos para verlo.

—No estoy segura de eso. He pasado la mayor parte de mi vida sintiéndome débil e invisible.

—Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas.

En pocos minutos, Leona había derribado mis defensas.

O quizás había pasado demasiados años sola y mis defensas se habían vuelto tan patéticas y vulnerables como yo.

Una sonrisa salvaje se dibujó en el rostro de Leona. Se inclinó hacia mí hasta acercar su cara a la mía. Sus ojos se posaron en mis labios.

—Qué peligrosa serás cuando reclames tu poder. Estoy deseando verlo.

Mi corazón latió más rápido. Me sentía inmovilizada por un depredador y no sabía si estaba a punto de besarme o de matarme.

—¡Leona! —Sonó la voz enfurecida de Matteo, y levanté la cabeza para ver a mi esposo irrumpiendo envuelto en una nube de ira.

—Don Rossi. —Se reclinó en su silla, la imagen de la tranquilidad—. Me alegro de verlo.

—Dame una razón por la que no debería matarte aquí mismo. —Matteo vibró con una ira fría mientras inclinaba su cuerpo frente al mío.

Leona resopló.

—Demonios, esa frase fue tan predecible.

—Vio alrededor de él para captar mi mirada—.

Ha sido un placer conocerte, Sofiya. Estoy segura de que nuestros caminos están destinados a cruzarse en el futuro.

—Extendió la mano como si quisiera acariciarme la cara, sin embargo, Matteo le agarró la muñeca.

Ella soltó una carcajada, hizo una especie de movimiento para soltarse y se fundió en las sombras al borde del patio.

Matteo se movió como para perseguirla, pero yo le agarré la mano. Miró hacia abajo, donde nuestros dedos estaban entrelazados.

—No tienes que hacer nada. Solo estaba siendo amable.

—¿Amable? —Se pasó la mano por la cara—. Lo juro por Dios, Sofiya. ¿Cómo te metes en tantos problemas a donde quiera que vas? Leona Byrne es la mejor asesina de la mafia irlandesa de Boston.

Alcé las cejas.

—¿En serio?

Matteo se sentó en el sitio que Leona acababa de dejar libre.

—Sí, en serio. ¿Qué voy a hacer contigo, Tesoro? Debería matar a Angelo por dejarte sola.

—Algo pasaba adentro. Le dije que fuera, así que no te enfades con él.

La mirada acalorada de mi esposo me hizo retorcerme de nuevo.