Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 47 Sofiya
59%

47 Sofiya

SOFIYA

El estómago se me revolvió de ansiedad. Apreté con fuerza la mano de Matteo, con los ojos fijos en las luces que iluminaban la carretera rodeada de árboles por la que conducíamos. La casa del capo estaba a una hora de la ciudad.

Matteo me rodeó con el brazo y me acercó a su lado tanto como lo permitía el cinturón de seguridad.

—¿Por qué estás tan nerviosa, Tesoro? —Su nariz rozó el costado de mi cara y me dio un beso suave en la mejilla.

—Hace mucho tiempo que no salía así en público... a una fiesta. ¿Estás seguro de que debo estar aquí?

Matteo se apartó lo suficiente para que pudiera ver su expresión de desaprobación.

—Tu lugar es a mi lado, esté donde esté, y mataré a quien diga lo contrario.

—No estoy segura de que el asesinato ayude mucho a la situación.

Matteo se limitó a gruñir como si la muerte lo resolviera todo. Le di un codazo en las costillas, exasperada.

—Golpear a tu Don. Eso merece un castigo, Sofiya. —Su tono severo mezclado con su sonrisa burlona y la forma en que su mano se deslizaba por mi muslo me calentaron las entrañas.

Solté un gemido involuntario y Matteo se rio entre dientes, su aliento alborotándome el cabello. Sus labios se acercaron a mi oído, sus palabras eran únicamente para mí.

—¿Estás mojada para mí, Tesoro? ¿Quieres que acaricie este pequeño y necesitado coño? —Su agarre en mi muslo se hizo más fuerte, aumentando mi excitación.

Miré a Romeo y Angelo, que estaban sentados enfrente, y a Noodle, que estaba acurrucado a mis pies, antes de hacerle un pequeño asentimiento con la cabeza a mi marido.

—Mmmm. —Me acarició el coño a través del vestido—. Qué pena que ya hayamos llegado.

Vi por la ventana. Nos habíamos detenido frente a una enorme mansión. Giré la cabeza hacia mi esposo.

—Pero...

Angelo y Romeo salieron del vehículo, dejándonos solos.

Matteo sonrió y me besó suavemente.

—Supongo que tendrás que portarte bien y esperar a que lleguemos a casa.

—No —me quejé.

Me agarró la barbilla.

—Si te portas bien por mí, te comeré ese dulce coño cuando lleguemos a casa.

Haré que te corras en mi lengua, mis dedos y mi polla.

Pero… —Me acarició el cabello con los dedos y luego me agarró con fuerza, inclinando mi cabeza hacia atrás para encontrarme con su mirada abrasadora—.

Si eres una chica traviesa, te daré unas nalgadas y te follaré, tomando mi propio placer de tu cuerpo sin dejar que te corras.

Me retorcí en mi asiento, apretando los muslos con mi ropa interior empapada apretada contra mi centro.

—Eso es, esa es la expresión que me gusta ver en mi mujer. Necesitada y suplicante, sabiendo que tiene que ser una buena chica y obedecer.

Jadeé con fuerza.

—Eres malo.

Me tiró del cabello, haciendo que mis labios se separaran.

—Así es, Tesoro. Malo, cruel y peligroso. No lo olvides. —Me dio un beso intenso y demandante y luego salió del coche y lo rodeó para abrirme la puerta.

Romeo ya había sacado mi silla de ruedas, pero Matteo observaba los escalones que llevaban a la mansión como si fuera a destruirlos.

—Puedo caminar si me ayudas —sugerí.

Matteo se pasó la mano por el cabello con un resoplido.

—No, no lo harás. Te cargaré y luego tendremos una discusión con Lombardi.

—Miliy, no puedes enfadarte con tus capos por no tener casas accesibles para sillas de ruedas.

Sus ojos parpadearon ante el término cariñoso.

Si bien no era mi intención decirlo, me sentí bien cuando salió de mis labios.

No era un término que hubiera escuchado en la vida real, mi madre, desde luego, no iba a llamar cariño al Pakhan, pero lo había leído en una de las pocas novelas románticas rusas a las que había tenido acceso.

Me encantaba tener un nombre que solo yo podía usar para mi esposo.

Me hacía sentir como si realmente me perteneciera.

Los brazos de Matteo enmarcaron la apertura de la puerta del coche, su cuerpo enjaulándome.

—Hoy les estás dando rienda suelta a tus exigencias, esposa.

Me encogí de hombros.

—Es porque soy brillante y siempre debes hacerme caso.

Se pasó la mano por la mandíbula y supe que intentaba no sonreír. Aproveché para recorrer su cuerpo con la mirada. Matteo era alto y fuerte con su traje negro, irradiaba poder puro.

Captó mi mirada errante y arqueó una ceja en señal de interrogación.

—Simplemente admiro a mi esposo —admití—. Eso o estoy tratando de decidir si voy a matarlo por dejarme insatisfecha.

—Podría preocuparme tu amenaza si no sonaras como una gatita feroz.

Puse los ojos en blanco.

—Sigo diciéndote que soy un excelente tiradora. Probablemente podría destruir a todos tus hombres fácilmente en un tiroteo.

Matteo se inclinó, apartándome un mechón de cabello de la cara.

—Lo que tú digas, Tesoro. Ahora, acabemos con esta fiesta tediosa. Nos espera una noche ajetreada cuando lleguemos a casa.

Mis mejillas se calentaron cuando Romeo tosió un poco, claramente habiendo escuchado las palabras de mi esposo.

—Vamos —alentó Matteo. Me sacó del vehículo y me tomó en sus brazos. Le pasé la correa de Noodle a Angelo.

—Quizá deberías quedarte en mis brazos toda la noche.

—Se te cansarían.

Me sacudió en sus brazos, haciéndome reír.

—Como si fuera posible.

Sonreí, apretando mis labios contra su garganta. Olía tan bien, a cuero, humo y lluvia.

—¿Te mencioné que me gusta tu barba? —Le pasé los dedos por su mandíbula afilada y sin afeitar.

—Puede que sí. —Matteo subió los escalones de la casa con facilidad.

La pesada puerta principal estaba custodiada por cuatro guardias que inclinaron la cabeza al ver a Matteo y murmuraron:

—Jefe. —Matteo les hizo un gesto brusco con la cabeza y el mayordomo nos abrió la puerta, dejando al descubierto un vestíbulo tan opulento que me dolían los ojos. Todas las superficies estaban cubiertas de lo que parecía oro auténtico, y de las paredes colgaban enormes pinturas al óleo enmarcadas.

—Umm... Definitivamente les gusta el oro —comenté.

Matteo resopló.

—¿Te sientes inspirada para renovar nuestro apartamento?

—Siempre he dicho que si puedes ver una habitación sin gafas de sol, lo estás haciendo mal. ¿Qué te parece, Angelo? Hay una clara falta de oro en tu apartamento.

Angelo ocultó su risa con una tos ahogada cuando un hombre bajito vestido con esmoquin negro se acercó a nosotros.

—¡Don Rossi! Bienvenido a mi casa. Es un honor para nosotros tenerlo aquí. Todos se están reuniendo en los jardines. —El hombre, que supuse que era Riccardo Lombardi, uno de los capos de las Cinco Familias, miró cómo me sujetaba Matteo y luego mi silla de ruedas frente a Romeo.

—Tu casa no tiene accesibilidad para una silla de ruedas —señaló Matteo a modo de saludo—.

Arréglalo. —Pasó junto a Lombardi por la sala y salió por las puertas francesas que daban al patio.

El decorado era tan opulento como el interior: candelabros dorados sobre mesas cubiertas de lino, arreglos florales que debían de costar mucho dinero y una multitud de miembros de la Familia elegantemente vestidos.

Me ardían las mejillas cuando todos se voltearon hacia nosotros al entrar.

—¿Puedes bajarme? —susurré. Me daba mucha vergüenza que me vieran en silla de ruedas, no obstante, que Matteo me cargara en brazos era mucho peor. En sus brazos, destacaba y me hacía notar. En mi silla, me volvía invisible.

Matteo debió de escuchar la inquietud en mi voz porque me ayudó a sentarme en la silla sin discutir. Sin embargo, tenía una expresión de disgusto, que en ese instante entendí que era frustración por no tenerme en brazos, no estaba enfado conmigo.

—Vamos —me animó, agarrándome la mano con firmeza—. Tengo que hablar con la gente.

—Suenas como si prefirieras ser torturado —mencioné con una sonrisa.

—Probablemente lo preferiría —agregó Angelo.

Resoplé y tomé la correa del perro. Noodle permaneció a mi lado mientras Matteo me guiaba hacia el jardín.

Los miembros de la mafia casi se empujaban unos a otros en un esfuerzo por llegar primero a Matteo, pareciendo pavo reales mientras hinchaban el pecho en un esfuerzo por ser impresionantes. Todos me saludaron amablemente, no obstante, enseguida volvieron a prestarle atención a su Don.

Tras treinta minutos escuchando tediosas conversaciones sobre rutas de transporte, fabricación de armas y tráfico de drogas, me sentía abrumada y aburrida en partes iguales.

No podía concentrarme en lo que decían con tanto ruido, el bullicio de la gente y mi miedo a ser juzgada.

Noodle apoyó su cabeza en mi pierna y su peso me tranquilizó, pero aun así había llegado a mi límite.

Jalé la mano de Matteo. Inmediatamente levantó la mano para detener al hombre que tenía enfrente a mitad de una frase y dirigió su atención hacia mí.

—¿Qué necesitas, Tesoro? —Se inclinó y me acarició la cara.

—Iré con Angelo por una bebida. ¿Quieres algo?

—Mierda —murmulló—. Debería haberte traído algo cuando llegamos.

—Tienes cosas importantes que hacer.

Frunció el ceño.

—Nada es más importante que cuidar de ti.

Sonreí y le pasé el pulgar por el ceño fruncido.

—Sí me cuidas, Miliy. Ahora, ¿quieres algo de beber?

—Ve por algo para ti. Pronto me reuniré contigo. —Me besó en la frente antes de regresar de mala gana hacia el hombre que tenía frente a él, que miraba nuestro intercambio con perplejidad.

Angelo y yo nos dirigimos al bar exterior.

—¿Por qué parecía tan sorprendido ese hombre? —le pregunté.

—Nunca habían visto al Jefe con una mujer en todos estos años —explicó—. Y desde luego nunca lo han visto tratar a alguien como lo hace contigo.