Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 44 Matteo
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44 Matteo

MATTEO

—¿Estás lista para ir a la oficina en unos minutos? —Besé la cabeza de Sofiya cuando me crucé con ella en la cocina para ir por café.

—Ya te preparé una taza —avisó, señalando la que tenía frente a ella.

Mis labios se torcieron.

—¿Qué es esto, Tesoro?

—Un latte de caramelo.

—¿En una taza de un golden retriever? —La taza tenía pequeños golden retrievers por todos lados, todos vistiendo trajes absurdos.

Miró hacia abajo, donde el perro descansaba a sus pies.

—Deberíamos ir a comprarle ropa a Noodle.

Hice una mueca, sabiendo que no podía negarme, aunque temiendo la cara de Romeo cuando viera al perro con un puto impermeable o lo que fuera que Sofiya tuviera en mente.

—Hablando de compras, creí haberte dicho que usaras tu tarjeta de crédito.

—¡Lo hice!

Saqué mi teléfono y leí en voz alta las transacciones de la tarjeta de crédito: un pedido de comida a domicilio y una funda transparente para el teléfono.

—Ves, la usé.

—Gastaste setenta dólares.

Se mordió el labio, insegura, como si de verdad pensara que estaba enfadado con ella. Suspiré y rodeé la isla para poder acercarla a mi pecho.

—Baby, necesito que gastes al menos cincuenta mil al mes. Preferiblemente cerca de cien mil. Si no lo haces, parece que no estoy cuidando de ti como tu esposo, como Don. ¿Entiendes?

—Creo que voy a necesitar unos cuantos pasteles más —susurró.

Me reí y ella se apartó rápidamente, como si intentara captar la sonrisa de mi cara. Arqueé una ceja y ella volvió a acurrucarse en mi pecho.

—Es difícil gastar dinero cuando no puedo salir del apartamento.

Le di un beso en la cabeza, odiando que estuviera fallándole. No estaría a salvo hasta que destruyera la amenaza albanesa.

—Es temporal, Tesoro. Te lo prometo. —El único beneficio era tener una excusa para mantenerla conmigo en todo momento—. Tenemos trabajo que hacer esta mañana. —Me aparté lo suficiente para poder agarrar mi latte, dando un sorbo aunque odiaba estropear el corazoncito que había hecho con la espuma.

—¿Muchos asuntos importantes de la Mafia Italiana?

Le pasé la mano por el cabello y apreté el agarre para echarle la cabeza hacia atrás.

—Que atrevida. Pero sí, hay muchos asuntos importantes de la Mafia Italiana que atender. Sin embargo, lo más importante es que tenemos que seguir entrenándote.

Sus labios se entreabrieron con un leve gemido. No pude evitar que una enorme sonrisa se dibujara en mi rostro.

Su labio hizo un puchero.

—No necesito entrenamiento.

—Desde luego que sí. Sin embargo, no te preocupes, te ayudaré a convertirte en una esposa buena y obediente.

Sus ojos brillaban con fuego y excitación. Le gustaba que jugara con ella, que la degradara.

Bajamos a la oficina. Mi polla ya se estaba poniendo dura. Podría ser el tiempo de entrenamiento de Sofiya, mas mi verga estaba tan condicionada que no podía subir al ascensor sin tener una erección.

—Creo que estoy entendiendo este negocio de la mafia. Tal vez deberías nombrarme CEO —bromeó Sofiya, rebotando ligeramente sobre mi polla.

—¿CEO del negocio de la mafia? —pregunté secamente.

—Sí. —Sofiya se apretó contra mi polla y un gruñido involuntario salió de mis labios. Llevé mi mano a su garganta mientras mis labios se deslizaban por el costado de su cara—. ¿Y qué haré yo si tú eres la CEO?

—Hmmm —reflexionó, tamborileando con los dedos sobre el escritorio—. Puedes ser mi ayudante. De esa forma, tú tendrás que obedecerme.

Mis labios se torcieron al recordar su pequeña rebelión en nuestra boda, seguida de una sensación de opresión en el pecho al recordar que ese día no fue nada de lo que ella se merecía.

—¿Quieres una luna de miel? —solté.

Ella se giró, intentando verme el rostro, no obstante, el movimiento nos hizo gemir a los dos por el cambio de posición.

Sofiya se retorció contra mí, tratando de conseguir algo de fricción.

Tuve que hacer todo lo posible para sujetar firmemente su cadera.

Era una tortura para ambos, pero la sensación de tenerla completamente a mi merced era demasiado embriagadora para renunciar a ella tan pronto.

—¿Querrías ir a una… conmigo?

Resoplé.

—Desde luego que no quiero ir con otra persona.

—Sí. —Aceptó, con una suave sonrisa en los labios—. Eso me gustaría.

No tenía ni idea de lo dominado que me tenía. La sensación era estimulante y aterradora a partes iguales.

Revisé más correos, saboreando sus pequeños gemidos.

—Espera, detente —pidió bruscamente—. ¿Qué es eso?

Señaló el correo que estaba leyendo, confirmando que mi plan estaba en marcha.

—¿Hmmm? —solté, fingiendo ignorancia.

Volteó hacia mí, con expresión severa.

—¿Por qué dice este correo que has confiscado con éxito los bienes de Yuri Kozlov?

Me encogí de hombros.

—Es parte de los negocios de la mafia.

—¿Forma parte de los negocios habituales de la mafia embargar los bienes del hombre que me quitó la virginidad?

Apreté la mandíbula al recordar que ese hombre había estado dentro de ella, y apreté más mi agarre, tratando de penetrarla aún más.

—Sí. —Arqueé una ceja, desafiándola a protestar.

Volvió al correo electrónico y leyó el resto.

—¿Donaste el dinero a una organización benéfica que proporciona equipos de movilidad?

Le acaricié el cuello con mi nariz, respirando su dulzura. Quería hacer más. Había pensado mandar matar a Kozlov, en ir a Chicago y hacerlo yo mismo. Pero matarlo pondría en peligro la alianza.

Así que me conformé con tomar anónimamente su dinero.

Su casa.

Enviarle a su esposa pruebas de su infidelidad.

¿Y si la noche anterior lo hubieran asaltado de camino a casa? Bueno, esas cosas pasan en las grandes ciudades todo el tiempo.

Sofiya permaneció en silencio y me pregunté si la habría disgustado con mis acciones. ¿Seguramente Kozlov no le importaba? ¿No sentía algún tipo de lealtad hacia él? Antes de que mi ira aumentara, Sofiya me agarró la mano.

—Fóllame.

—¿Qué?

—Necesito que me folles, esposo.

La agarré de la barbilla y acerqué su cara hacia mí. Tenía las pupilas dilatadas y los labios entreabiertos.

Una lenta sonrisa se dibujó en mi rostro. Mi mujercita estaba excitada por mis acciones.

—Agárrate, Tesoro. Voy a asegurarme de que me sientas durante el resto del día. Y en cuanto la sensación de mi polla desaparezca de tu bonito coño, volveré a estar dentro de ti. Nunca dudarás de a quién perteneces.

—Sí —gimió mientras la penetraba con fuerza.