45 Matteo
MATTEO
—¡Esto ha durado demasiado, carajo! —bramé, bebiendo el whisky que Romeo me había servido—. Tenemos que encontrar al traidor.
Franco aún no había podido localizar a Arben. Llevábamos toda la noche buscando pistas después de que nos informaran de que lo habían visto en Brooklyn, pero no habíamos encontrado nada. Y luego me había pasado toda la mañana en la oficina, revisando los correos electrónicos encriptados.
Respiré a través de la rabia que me quemaba bajo la piel. Alguien de la Familia me estaba traicionando y haciéndome quedar como un idiota en el proceso.
—Maldita sea, lo sé, Fratello —pronunció Romeo, apoyando la cara en sus manos.
—Alguien tiene que estar ayudándole a esconderse. Es imposible que ese idiota esté haciendo todo esto por su cuenta.
—¿Sigues sospechando de los irlandeses?
—Franco ha estado vigilando a Finnegan, pero no ha encontrado nada. Estaba pensando en arreglar una llamada con él, o incluso una reunión. A ver que dice.
Romeo parecía escéptico.
—Podría ser peligroso si están aliados con los albaneses.
Asentí y me serví otra copa.
—No lo haré hasta que se nos acaben las demás opciones. Sin embargo, podría llegar el caso.
—Sabes que Lombardi dará una fiesta de compromiso para su hija mañana. Todos los capos estarán allí.
—Maldición, me había olvidado de eso.
—Creo que deberías ir. Ver si alguien actúa de forma sospechosa. Con suficiente alcohol, alguien podría equivocarse y delatar algo. También es una buena oportunidad para que Sofiya y tú aparezcan juntos, para demostrar que tienen un matrimonio sólido.
Me quejé. Había mantenido oculta a Sofiya de la Familia durante demasiado tiempo.
Quería presumirla, quería que todo el mundo supiera lo afortunado que era de tenerla como esposa, aun así, también quería guardármela solo para mí.
Era la única forma de protegerla y de evitar que los hombres la miraran. Pero Romeo tenía razón.
—Organízalo —le ordené—. Quiero más guardaespaldas.
Noodle entró a la cocina moviendo la cola y Sofiya dio vuelta la esquina detrás de él en su silla de ruedas, con un aspecto deliciosamente desaliñado.
Me dio un vuelco el corazón al verla. No llevaba maquillaje y tenía el cabello un poco desordenado, pero parecía descansada.
Me había visto obligado a dejarla el día anterior por la tarde para seguir pistas por toda la ciudad y solo la había visto un minuto cuando volví esta mañana.
Estaba tan agotada que la obligué a quedarse en cama en lugar de acompañarme a la oficina.
No le había hecho ninguna gracia, y a mí tampoco.
Separarme de ella era doloroso, mas no haría nada que pusiera en riesgo su salud.
—Buenas tardes, Tesoro. ¿Cómo te encuentras?
Llevaba unos leggings y un suéter, y tuve el impulso de comprarme una sudadera únicamente para que ella me la robara. La bestia posesiva de mi pecho la quería usando mi ropa.
—Mejor —replicó con una suave sonrisa al entrar a la cocina—. No sé por qué estoy tan cansada últimamente. Hola Romeo, ¿cómo estás?
—Bien, aparte de estar muerto de hambre. Matteo dijo que no habías horneado nada últimamente.
Una sonrisa jugó en sus labios.
—Huh, debe haber olvidado la tarta de fresas que hice ayer. Está en el refrigerador.
—Oh, ¿En serio? —lanzó Romeo, girando hacia mí—. De verdad deberías hacer que te revisen tus problemas de memoria. Probablemente por todos esos golpes en la cabeza.
—Yo te daré un golpe en la cabeza —murmuré.
Sofiya giró su silla hacia mí y me agarró la mano.
—Se amable. Tienes que aprender a compartir.
La levanté de la silla de ruedas y la subí a la isla de la cocina.
—No tengo que hacer nada, Tesoro. Yo soy el Don. —La rodeé con los brazos y la besé suavemente. Era tan suave y cálida contra mí.
—No, eres mi esposo. Lo que significa que tienes que ser amable conmigo. —Me acarició el cabello. Lo hacía cada vez que podía.
Me reí contra su piel, haciendo un camino de besos a lo largo de su cuello.
—Se me ocurren muchas maneras de ser amable contigo.
—Umm hola, todavía estoy aquí —nos recordó Romeo, agitando un tenedor hacia nosotros mientras se comía un bocado de la tarta de fresa.
Sofiya me tapó la boca con la mano antes de que pudiera gritarle.
—Pórtate bien —siseó, frunciendo el ceño. Le mordisqueé la mano y ella la apartó, con sus labios luchando por no sonreír.
—¿Te gusta? —le preguntó a Romeo, señalando el postre con su cabeza.
—Jodidamente delicioso. Aunque creo que el pastel de chocolate sigue siendo mi favorito. Sabes que pronto será mi cumpleaños. Tal vez tengas que hacerme otro.
—¿Cuándo es tu cumpleaños?
Resoplé.
—Es en julio. Faltan tres meses.
Sofiya sonrió.
—Te haré otro antes de eso. Siempre y cuando seas amable conmigo.
—Siempre soy amable contigo —respondió Romeo con un tono que sonaba sospechosamente como un quejido.
Acomodé un mechón de cabello de Sofiya detrás de su oreja y le besé la frente.
—¿Qué hiciste anoche, Tesoro?
—Jugué al póquer con Angelo y sus amigos.
Mi agarre en su cintura se tensó.
—¿Qué hiciste qué?
Me acarició la cara.
—¿Estás a punto de ponerte gruñón?
—Nunca me pongo gruñón.
—Ahh, lo siento. Debería haber dicho, ¿estás a punto de ponerte homicida y amenazar con matar a Angelo y a sus amigos?
Me crucé de brazos y ella se rio.
—Me divertí. Angelo me ha estado enseñando a jugar.
Romeo resopló.
—Pagaría por ver eso. Tienes la cara más expresiva del mundo. No estoy seguro de que sea tu juego.
—No, me estoy volviendo bastante buena —insistió mi esposa—. Ahora hasta recuerdo qué cartas son las mejores.
Me di cuenta de algo.
—¿Con qué jugaste?
Ladeó la cabeza.
—¿Qué quieres decir? Jugamos con fichas.
Miré a Romeo por encima de su cabeza y se tapó la boca para no reírse. Las noches de póquer de Angelo tenían una entrada de dos mil dólares, y la apuesta ganadora a menudo alcanzaba los diez mil. Mi inocente mujercita obviamente no se daba cuenta de que las fichas representaban dinero de verdad.
Tenía que preguntarle a Angelo cuánto debía después de reprenderlo por llevarla a la noche de póquer.
No le arruinaría la diversión hablándole de su deuda, aunque no me gustara la idea de que se relacionara con otros hombres sin que yo estuviera allí.
Me tembló un músculo de la mandíbula y la sujeté con más fuerza.
—Todos se portaron como caballeros —defendió, leyéndome como a un libro.
Solo gruñí.
—Me llevaré el resto —notificó Romeo, levantando el molde con la tarta de fresas.
—Te mataré, carajo —le reviré. Excepto que tendría que quitar una de mis manos de Sofiya para alcanzar mi arma.
—Disfrútala, Romeo —deseó ella, lanzándole un beso.
El cabrón lo atrapó y le guiñó un ojo.
—Nos vemos mañana por la noche. —Salió corriendo por la puerta, con el postre en la mano, y Sofiya se dirigió hacia mí.
—¿Qué hay mañana por la noche?
Me quejé, apretando mi frente contra la suya.
—Solamente otra cosa que me va a impedir atarte a la cama y hacer lo que quiera contigo cada hora de cada día.
Me mordió el labio.
—¿Recuerdas cuando insistías en que solo éramos compañeros de apartamento?
—No me acuerdo de eso.
Me mordió el labio con más fuerza.
—Romeo tenía razón. De verdad necesitas que te revisen la memoria. ¿Qué pasara mañana?
—Uno de mis capos hará una fiesta de compromiso para su hija. —Dudé, inseguro de si debía contarle lo que sospechaba sobre un traidor. Sofiya era digna de confianza, lo sabía, pero algo me retenía. Ya había cometido el error de confiar antes, y me había costado todo.
Su mano se apretó en mi chaqueta.
—¿Quieres que vaya contigo? —Sonaba sorprendida, una pequeña línea apareció entre sus cejas.
—¿Por qué no iba a querer?
—Bueno... no estaba segura de sí querrías que te vieran en público conmigo.
Algo me apretó el pecho.
—¿Y por qué no querría eso? —Mi voz era grave, con un tono de advertencia. Mi esposa se retorció y evitó verme. La agarré de la barbilla y la obligué a mirarme.
—Sofiya.
—Mi padre nunca quiso que lo vieran conmigo después de que empecé a usar mí andador. Y ahora estoy en silla de ruedas.
—No soy tu puto padre —reviré.
Se sobresaltó y parpadeó rápidamente.
—Lo sé. Lo siento. —Su labio inferior empezó a temblar y me sentí el mayor imbécil del mundo.
—Tesoro mio. —La rodeé con mis brazos, levantándola y la llevé hasta el sofá—.
Odio que puedas pensar aunque sea por un segundo que me avergonzaría de ti.
Eres la más hermosa. —Besé su frente—. Dulce.
—Besé su nariz—. Y perfecta esposa. —Besé sus labios—.
La única razón por la que no te querría conmigo es porque significa que otros hombres observaran lo que es mío.
Sus mejillas se sonrojaron de un hermoso tono rosa.
—Eres ridículo.
La atraje para besarla, lamí su boca y gemí por su dulzura. Podía considerarme ridículo todo lo que quisiera, pero no dudaría en arrancarle los ojos a cualquier hombre cuya mirada se detuviera en mi mujer.