Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 43 Sofiya
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43 Sofiya

SOFIYA

—Nos vamos a la oficina en diez minutos. —Si bien la orden de Matteo fue brusca, sus ojos revolotearon hacia mi cara como si estuviera nervioso de que dijera que no.

Estaba de pie junto a la cama, nuestra cama, ya vestido con su traje negro y corbata. Y se veía muy sexy.

Estiré los brazos por encima de la cabeza, ignorando cómo me crujían los hombros con el movimiento.

—Muy bien, esposo. —Oculté mi sonrisa cuando sus hombros se relajaron.

Como si fuera a negarme a pasar tiempo con él.

Como si pudiera negarle algo.

Maldita sea, estaba completamente enamorada.

Matteo se inclinó y me quitó el edredón de un jalón. Chillé cuando el aire frío golpeó mi piel desnuda, pero él se limitó a sonreír. Subió sus manos por mis muslos, sin apartar su mirada depredadora de mi rostro ni siquiera cuando sus dedos rozaron ligeramente mi coño. Me mojé y quería más.

Sus labios se encontraron con los míos en un beso suave, aunque cuando le rodeé el cuello con los brazos para acercarlo más, se apartó con una risita baja.

Hice un puchero, llena de indignación. Quería que me arrancara la ropa interior y me provocara un orgasmo con su boca, sus dedos o su polla.

No era exigente. No obstante, en lugar de ir más lejos, se limitó a darme una suave palmada en la cadera antes de enderezarse.

—Matteo —me quejé.

—Vístete, Tesoro. Diez minutos.

—Pero… —Aunque mi mente se sentía confusa por la excitación, aún era demasiado tímida para formar las palabras, para exigirle que me diera un orgasmo.

Se pasó el pulgar por el labio inferior y fruncí el ceño. Sabía exactamente lo que hacía.

—Sé una buena chica y tendrás tu recompensa. —Sus palabras hicieron que un escalofrío recorriera mi piel. Luego me guiñó un ojo y salió del dormitorio.

Por un segundo, estuve tentada de terminar lo que había empezado; lamentablemente, no tenía tiempo. Y por muy tortuoso que fuera su juego, me intrigaba lo suficiente como para jugar.

Me puse una falda de cuadros azules que me llegaba unos centímetros por encima de las rodillas y una blusa de seda color crema.

Le eché un vistazo a mi silla de ruedas, pero decidí llevarme el andador.

Mis rodillas y cadera se sentían bien ese día, y estaba segura de que podría llegar al ascensor y volver sin problemas.

Matteo estaba inclinado sobre la encimera de la cocina, mirando su teléfono con el ceño fruncido, y Noodle estaba acurrucado a sus pies.

Ambos levantaron la vista cuando entré. No pude evitar sonreír al ver que mis dos chicos me dedicaban toda su atención.

Noodle vino inmediatamente hacia mí, colocándose sólidamente a mi lado por si me mareaba.

Las personas encargadas de los perros de servicio me había explicado cómo Noodle había sido adiestrado para permanecer cerca de mí y ayudarme a mantener el equilibrio.

Matteo se unió a nosotros, al llegar a mí me apartó el cabello de la cara.

—¿Hoy no te duelen las piernas?

—Me siento bien. Lista para hacer el trabajo importante de la mafia.

Su boca se crispó.

—Trabajo importante de la mafia. —Me dio un suave beso en los labios y luego me sorprendió con una nalgada. Sonrió y me dio la correa y el arnés de Noodle.

—Hoy estás de buen humor —comenté.

Matteo se limitó a tararear mientras subíamos al ascensor y bajábamos en el décimo piso, manteniendo una mano posesiva en mi nuca todo el tiempo.

Su oficina era la única en ese piso, una habitación enorme con ventanas que iban del suelo al techo.

En los tres pisos inferiores estaba el resto de su personal.

—¿No te sientes solo aquí?

Matteo resopló.

—No. Además, este piso es principalmente para los negocios de la mafia, como tú lo llamas. Los pisos inferiores son para nuestros negocios legítimos, oficinas administrativas para nuestros diversos hoteles y propiedades inmobiliarias.

Asentí con la cabeza mientras miraba alrededor de la oficina, mi corazón estalló cuando vi una cama para perros en la esquina.

—¿Tienes una cama para Noodle?

Matteo no dijo nada, aun así, me pareció percibir un leve rubor en sus mejillas. Me mordí el labio para no sonreír mientras le quitaba la correa a Noodle, le apreté la cara y le di un beso.

—Ve a tomar una pequeña siesta mientras mamá trabaja. —Noodle se acercó a su cama, meneando la cola, e inmediatamente se acurrucó en el cojín.

Volteé hacia mi esposo y levanté una ceja.

—Solo hay una silla. —Detrás de su imponente escritorio estaba una silla grande de piel.

—Saqué la otra. La gente se estaba poniendo demasiado cómoda aquí.

—¿Quieres que la gente se sienta incómoda en tu presencia? —No señalé que aparentemente quería que Noodle estuviera cómodo.

—Soy el Don, Sofiya. —Se sentó en su silla. Incluso sentado, parecía imponente, como el rey de la ciudad. Mis mejillas se encendieron cuando se pasó el pulgar por el labio inferior.

Me acerqué.

—¿Eso significa que quieres que me sienta incómoda?

Los ojos de Matteo se oscurecieron mientras recorría lentamente mi cuerpo.

—Jamás. Eres mi reina. —Me agarró por la cintura y me subió a su regazo, mi espalda se fundió contra su pecho—. ¿Estás cómoda ahora, esposa? —Sus labios rozaron mi oreja y me estremecí, con los recuerdos de la noche anterior, sus labios apretados contra otras partes de mi cuerpo inundaban mi mente.

—Sí —dije, con la voz entrecortada.

—Bien. Eres la decoración perfecta para mi oficina mientras trabajo.

No debería haberme acalorado ante sus palabras, ante la forma en que me trataba como a un objeto, mas no pude evitar moverme en su regazo. Su brazo me rodeó la cintura, sujetándome con fuerza.

—Pero dijiste que tendría una recompensa —le recordé.

—Solamente si eres una buena chica y te quedas quieta y callada mientras trabajo.

Un gemido se escapó de mis labios y él se rio entre dientes, abriendo su laptop y entrando a su correo electrónico.

Intenté prestar atención a lo que tecleaba, a las numerosas hojas de cálculo que abría, sin embargo, mi cuerpo solo se volvía más inquieto y necesitado.

Matteo no decía nada, haciendo su trabajo con diligencia, pero no podía ocultar su polla dura apretada contra mi espalda.

Mis bragas estaban absolutamente empapadas mientras me retorcía contra él.

Matteo bajó la mano por mi estómago hasta tocarme el coño.

Gemí, arqueándome contra su mano para conseguir algo de fricción, algo que aliviara mi ardiente necesidad.

—No te estás portando bien, Tesoro. Tu pequeño coño está tan caliente y necesitado. ¿Intentas distraerme de mi trabajo?

Negué con la cabeza.

—Mmm, no te creo. Creo que necesitas algo que te mantenga en tu sitio.

Mi respiración se aceleró. ¿Qué iba a hacer?

—Agárrate del escritorio por mí.

Me quitó de su regazo, con las manos en mi cadera para mantenerme firme.

Luego metió la mano bajo mi falda y me bajó la ropa interior.

Escuché el ruido de una cremallera y volví a estar sobre su regazo.

Mis pensamientos eran confusos y no entendí lo que estaba haciendo hasta que me levantó por la cintura y presionó la cabeza de su polla contra mi entrada.

Me bajó con un movimiento rápido y grité al sentir como me estiraba.

Estaba empapada, pero aún sentía una deliciosa punzada y una sensación de plenitud.

A pesar de que esperé a que me la metiera de nuevo, solo me rodeó la cintura con el brazo y volvió a sus correos electrónicos.

—¿Qué… no vas a…? —Me quedé a medias, demasiado excitada y desesperada para formar frases coherentes.

—Te lo advertí, Tesoro. Tienes que aprender a quedarte quieta. Ahora mi polla te mantendrá en tu sitio mientras trabajo.

—Pero…

—Shhh, necesito concentrarme, Sofiya.

Su severa reprensión hizo que me ardieran las mejillas, pero aun así me mojé más.

Hice todo lo posible por quedarme quieta; pero no pude evitar que unos suaves gemidos se deslizaran por mis labios.

El tiempo se ralentizaba mientras veía pasar los minutos en la computadora de Matteo, cada uno de los cuales me parecía una eternidad hasta que no pude dejar de moverme. Necesitaba correrme.

—Matteo, por favor.

Su mano golpeó mi muslo.

—Compórtate.

El gruñido de su voz era lo único que indicaba que esto no le era indiferente tanto como parecía.

Estaba a punto de volver a quejarme cuando sonó su teléfono.

Me quedé boquiabierta cuando lo tomó. Apoyé mi cabeza en su hombro, sin saber si quería gritar o llorar.

Mi coño nunca se había sentido tan desesperado.

—La entrega tiene que estar mañana en el almacén, Enzo. No hay flexibilidad. —La voz de Matteo era dura, no obstante, su mano subió por mi cuerpo hasta tocarme el pecho—. Dile al proveedor que o cumple con el cargamento en el plazo prometido, o le daré personalmente una lección de puntualidad.

Jadeé cuando Matteo me pellizcó el pezón a través de la blusa.

Deberían haberme horrorizado sus palabras, que estuviera amenazando a alguien mientras jugaba conmigo, aun así, no pude encontrar dentro de mí la forma de preocuparme mientras me retorcía el otro pezón.

El dolor fue directo a mi clítoris y no pude soportarlo más.

Apoyé mis manos en el escritorio y utilicé mi agarre como palanca para separarme unos centímetros de su polla y volver a caer de golpe.

—Manéjalo, Enzo. Tengo un castigo que aplicar personalmente.

Se me erizó la piel cuando mi esposo colgó el teléfono. Un pesado silencio cubrió la habitación y me mordí el labio.

—Eso fue muy travieso, Tesoro. —Su voz era mortal, un verdadero Don de la mafia. Me estremecí, con un ligero toque de miedo en mi excitación—. Veo que necesitarás mucho entrenamiento para aprender a hacer lo que se te dice. No te preocupes, seré persistente hasta que aprendas disciplina.

«Oh Dios, oh Dios».

Debería haber protestado, negarme a que me hablara así, aun así, mi cuerpo me traicionó. Dejé escapar un gemido de necesidad, agarrándome a su brazo.

Matteo apretó su cara contra mi cuello, inhalando profundamente.

—Pero en este momento tenemos que ocuparnos de tu castigo.

—¿Castigo?

—Sí, Sofiya. No sería un buen Don si dejara que la gente se saliera con la suya. —Nos acercó al escritorio hasta que mi estómago estuvo contra el borde. Luego presionó su mano contra mi espalda hasta que mi pecho quedó a ras de la superficie de madera dura.

—Extiende la mano y agárrate al borde del escritorio.

Hice lo que me ordenó. Movió la silla hacia atrás, haciendo que su polla se deslizara fuera de mí, dejándome vacía y anhelante.

Mi torso estaba firme contra el escritorio, pero la forma en que la superficie del escritorio presionaba la parte superior de mis muslos hacía que me dolieran.

El dolor no duró mucho porque mi marido me levantó lo suficiente como para deslizar un cojín bajo mi cadera.

Sus labios se presionaron contra mi oreja.

—¿Se siente bien, baby? —Asentí con la cabeza. Al parecer, mi esposo había comprado una tienda completa de cojines sexuales y eso me hacía sentir tan increíblemente cuidada.

—Avísame en cuanto te duela algo. Bueno, cualquier cosa que no sea tu trasero.

Su risita era oscura y burlona mientras retrocedía y me sujetaba con una mano firme en la espalda.

Su otra mano me dio una nalgada sin previo aviso y grité al sentir el escozor.

No me dejó recuperar el aliento y golpeó mi otra nalga.

Cada golpe de su palma me producía una descarga de placer, y la humedad cubría el interior de mis muslos.

Siguió así, alternando rápidamente hasta que mi piel se calentó y mi clítoris ardió y se desesperó.

Apreté los dedos contra el borde del escritorio mientras luchaba contra la tentación de echarme hacia atrás; no estaba segura de si quería cubrir mi trasero o acercarme más a él.

—¡Es demasiado! —grité.

—Puedes soportarlo. —Me pasó la mano por la espalda, el tacto me tranquilizó. Me relajé completamente contra la superficie.

—Buena chica. Eso es, simplemente entrégate.

Sus azotes se aligeraron hasta convertirse en una suave caricia contra mi piel. Me sentí flotar mientras me despojaba de la falda y la blusa. Sus dedos finalmente presionaron mi clítoris.

—Estás absolutamente empapada para mí, esposa. Me encanta este bonito coño.

—Por favor —supliqué.

—Shhh, has sido una chica tan buena para mí. Te daré lo que necesitas.

Su polla presionó contra mi abertura y gemí cuando se deslizó dentro, aunque esta vez no me torturó. Embestía dentro y fuera, y sus movimientos coincidían con mi desesperación. Me aferré al escritorio mientras mi orgasmo estallaba sobre mí, arrancando un fuerte gemido de mis labios.

—Mierda, quiero grabar ese sonido —gruñó. Me penetró un par de veces más antes de correrse dentro de mí. Apretó su cuerpo contra el mío y saboreé su peso contra mi espalda, las vibraciones de sus rápidos latidos y el sonido entrecortado de su respiración jadeante.

—Lo hiciste muy bien por mí, Tesoro.

El placer me había robado las palabras, no obstante, me derretí ante sus elogios.

Si esto era un trabajo mafioso importante, que contaran conmigo.

Se levantó y volvió a ponerme la ropa antes de alzarme en sus brazos. A pesar de lo mucho que me gustaba el cuerpo de mi esposo, lo que me llevó a acurrucarme en su pecho y sentir una calidez ante sus elogios murmurados fue su absoluta preocupación por mí.