Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 42 Matteo #2
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42 Matteo #2

Soltó un gemido que se convirtió en un grito cuando chupé su pequeño clítoris con fuerza. Su cuerpo se tensó alrededor de mis dedos, y no pude evitar frotarme contra las sábanas. El presemen brotaba de la punta como si estuviera tan ansiosa por estar dentro de ella como yo.

Sofiya respiraba agitadamente mientras descendía de su orgasmo, su expresión relajada y suave. La limpié con mi lengua, saboreando sus pequeños quejidos y los espasmos involuntarios de su cuerpo bajo mi toque.

Recorrí su abertura con mi nariz, tentado de empezar de nuevo, pero entonces ella me empujó suavemente la cabeza.

—Quiero ver qué hay en la bolsa.

Sonreí ante el pequeño tono de queja en su voz. Iba a disfrutar mimándola.

Coloqué la bolsa sobre la cama y ella se sentó con entusiasmo. Sus brazos cubrieron sus pechos desnudos, pero los aparté con un tirón suave. Me negaba a dejar que ocultara cualquier parte de su cuerpo, especialmente sus perfectos y pequeños pezones rosados.

Frunció el ceño al sacar una almohada grande de espuma.

—Es una almohada para sexo —expliqué al ver su expresión confundida—. Pedí más. Llegarán mañana. —Planeaba follármela a menudo, y había leído que almohadas como esa podrían ayudar con sus articulaciones.

Sus labios se entreabrieron.

—Eso es muy considerado.

Solté un resoplido.

—Sí, muy considerado. —«Ninguna motivación egoísta aquí, por supuesto».

Sonrió.

—Bueno, creo que debería probarla. —Pasó la mano por la superficie de la almohada—. Umm, ¿cómo funciona?

Presioné mi rostro contra su cabello y me reí suavemente. Todo el estrés de mi día había desaparecido de alguna manera.

—Déjame ayudarte.

La acomodé suavemente sobre la almohada en forma triangular, mis manos rehusándose a abandonar su piel.

Su jugoso trasero quedó elevado, su pecho quedaba presionado contra la pendiente del cojín y sus brazos se extendían frente a ella.

Separé sus piernas, dejando al descubierto los labios hinchados de su coño.

Movió su trasero de manera juguetona, y tuve que sujetar mi polla para no correrme ahí mismo.

—Me gusta esto —señaló. Se sentó y giró para mirarme desde su posición—. Y... tengo una idea. —Estaba mordiéndose el labio otra vez, y yo fruncí el ceño mientras lo liberaba.

—¿Cuál es tu idea, Tesoro?

—No tenemos que hacerlo.

La observé fijamente.

—Bien, de acuerdo —resopló—. ¿Puedes sentarte contra la cabecera y abrir las piernas?

A pesar de que quise exigirle que me dijera exactamente lo que estaba planeando, me forcé a cederle el control, al menos por el momento. Me acomodé contra la cabecera y abrí las piernas ampliamente.

Con determinación, colocó la almohada entre mis piernas. Fruncí el ceño, tratando de adivinar lo que tenía en mente.

Entonces se inclinó sobre la almohada, colocando su rostro justo frente a mi polla.

Me miró con incertidumbre, y entonces estiró su pequeña mano y rodeó mi longitud. Debería haberla animado, decirle algo que la tranquilizara, pero estaba demasiado ocupado enfocando toda mi capacidad cerebral intentando no correrme vergonzosamente rápido.

Entonces sacó su pequeña y rosada lengua y lamió. Solté una maldición, y mi cadera se movió involuntariamente. Ella se rio.

Se rio, joder.

—¿Te estás riendo de mí? —gruñí.

Sus grandes ojos se encontraron con los míos.

—Nunca. —Antes de que pudiera responder, su boca estaba de nuevo sobre mí, aunque esta vez se llevó la cabeza de mi verga a la boca y la chupó.

Apreté las sábanas y la mandíbula. No me correría en menos de un minuto. Me negaba.

Cerré los ojos, bloqueando la seductora visión de Sofiya chupándomela con avidez.

Mi cadera volvió a sacudirse, intentando penetrar más profundamente en su boca.

«Piensa en otra cosa. En cualquier otra cosa».

«Tortura».

«Sangre».

«La montaña de facturas en mi escritorio».

Era inútil. Su boca se sentía demasiado bien.

—Mierda. Carajo —gruñí.

Sofiya se apartó de mí y mi cuerpo me gritó que la empujara de nuevo sobre mí.

—¿Lo estoy haciendo bien?

—Sí —contesté de forma cortante. Envolví su cabello en mi mano y volví a empujarla hacia mi polla.

Ella sonrió.

—¿Te sientes impaciente, esposo?

—No juegues conmigo, esposa —refunfuñe. Se rio hasta que añadí—: O la próxima vez te llevaré al límite una y otra vez, pero nunca dejaré que te corras, ni siquiera cuando estés sollozando y suplicando.

Parpadeó y luego prácticamente se abalanzó sobre mi longitud, llevándosela hasta el fondo, incluso dándole arcadas. Se apartó, parpadeando para eliminar las lágrimas de sus ojos. Le pasé el pulgar por las mejillas.

—Esa es mi buena chica. Puedes conmigo. —Parpadeó, su mirada tan confiada mientras la guiaba de nuevo sobre mi polla. Esta vez, cuando me chupó hasta el fondo, solo tuvo una leve arcada al llevarme más profundamente.

La agarré con más fuerza cuando sentí que estaba a punto de correrme. Intenté aguantar, demostrarle a mi inocente mujercita que tenía más aguante que esto, pero entonces sus mejillas se hundieron, su mano se apretó alrededor de la base de mi verga y eso fue mi final.

Dejé escapar un grito mientras me derramaba en su boca. Mi cabeza cayó contra la cabecera y respiré entrecortadamente. Había sido la mejor mamada de mi vida.

Sofiya ladeó la cabeza.

—No estaba segura de cómo sabría, pero no sabe mal.

Me tapé la cara con el brazo. Acababa de destrozarme, de succionarme el alma por la polla, y aquí estaba, analizando despreocupadamente la experiencia.

—¿Suele ser tan rápido? —musitó.

Me quité el brazo de la cara y miré fijamente a mi mujer.

—¿Qué dijiste? —Mi voz era grave, oscura.

Me vio con los ojos abiertos de par en par, y sus labios se movieron ligeramente.

Estaba...

Maldición. Me estaba tomando el pelo.

Una carcajada brotó de sus labios y gruñí.

—¿Te parece gracioso?

—Quizás un poquito.

Me desplacé hacia delante y acaricié su rostro.

—Te arrepentirás, Tesoro.

—¿Ah, sí?

Negué con la cabeza, con la boca torcida por el esfuerzo de no sonreír. Fue a apartarse de la almohada, pero la sujeté, con firmeza y suavidad a la vez.

—¿Qué estás...?

Interrumpí su pregunta dándole una nalgada. Se volteo para mirarme, con los labios entreabiertos.

—¿Acabas de darme una nalgada?

Sonreí satisfecho e hice lo mismo en la otra nalga.

—Tal vez aprendas a no provocar a tu marido.

Jadeó mientras le daba otra nalgada.

—No sé si esto es lo correcto si tu objetivo es desanimarme.

Mi polla se puso dura de nuevo al darme cuenta de que le gustaba, demonios.

Lo repetí dos veces más antes de frotar mis manos a lo largo de su piel rosada y caliente. Mis dedos se metieron entre sus piernas. Tenía el coño empapado.

—Mmm. A mi chica traviesa le gusta.

Sacudió la cabeza y emitió un sonido de protesta, aunque eso me hizo esbozar una sonrisa salvaje.

Me moví completamente detrás de ella, pasando mi mano por su espalda.

—¿Todavía estás cómoda?

—Sí —suspiró.

—¿Me lo dirías si no lo estuvieras?

—Lo prometo.

Y con eso, ya no pude contenerme. Agarré con fuerza su cadera y la penetré. Inhaló con fuerza al sentir el estirón y supe que probablemente seguía adolorida por la noche anterior. Ralenticé mis movimientos y con la otra mano acaricie su piel, tranquilizándola.

—Que buena chica, acepta todo lo que te doy.

Su trasero se sacudía con cada embestida y, aunque yo me había corrido hacía unos minutos, sentía un cosquilleo en la columna mientras contenía mi orgasmo.

Cambié el ángulo para que su clítoris rozara el cojín con cada embestida mientras intentaba grabarme en el cerebro el sonido de cada uno de sus gemidos y gritos.

Entonces, finalmente estranguló mi polla y los dos gritamos al corrernos.

Apoyé mi frente en su espalda, respirándola.

Memorizando todo sobre este momento.