42 Matteo
MATTEO
Me quejé, alejándome de mi escritorio. Había estado en mi oficina todo el maldito día, planeando los cargamentos señuelo con Romeo y Domenico.
Le diríamos a nuestros soldados que íbamos a llevar más armas a la ciudad desde nuestro almacén del norte para compensar el cargamento perdido, sin embargo, a cada grupo le daríamos una de cinco rutas distintas.
Así rastrearíamos cuál de ellas era interceptada por los albaneses, revelándonos a qué hombres interrogar.
Todavía estábamos afinando los detalles de nuestro plan, pero habían pasado horas desde que me despedí de Sofiya esta mañana.
La obsesión que había estado creciendo lentamente por mi esposa se había acelerado como un incendio tras haber estado dentro de ella.
Necesitaba tocarla, abrazarla, confirmar que estaba a salvo.
Anuncié abruptamente a Domenico y Romeo que habíamos terminado por ese día, usando la cena como excusa, y los eché de mi oficina.
Una emoción intensa recorrió mi cuerpo al pensar en pasar la noche con Sofiya mientras recogía una enorme bolsa de regalo y subía a nuestro apartamento.
Me detuve de golpe al verla en la cocina con tres de mis hombres.
Angelo, Enzo y Romeo estaban todos alrededor de la isla de la cocina mientras ella estaba sentada en el asiento de su andador, con una bonita sonrisa en el rostro.
Vi. Rojo.
Esa sonrisa era solo para mí, y en ese minuto la estaba desperdiciando en otros hombres.
Angelo fue el primero en verme y de inmediato se enderezó, con los ojos muy abiertos.
—Jefe.
Enzo se puso de pie de un salto, luciendo muy culpable, pero Romeo permaneció inclinado sobre la encimera con una sonrisa burlona. La única que no parecía percibir mi rabia asesina era Sofiya, quien empezó a levantarse.
Dejé escapar un resoplido molesto. Yo debería ser quien caminara hacia ella, especialmente después de lo sucedido el día anterior.
Para cuando crucé la habitación, ella ya había logrado ponerse de pie, y mis brazos estaban inmediatamente a su alrededor.
Quería regañarla por no esperarme, aun así, primero tenía a tres hombres que asesinar.
Mantuve a Sofiya entre mis brazos mientras me giraba para enfrentarlos.
—¿Por qué están en mi casa? —inquirí con un tono de voz fría.
—La encantadora Sofiya nos invitó —señaló Romeo, poniéndose de pie y estirando los brazos sobre su cabeza. No sabía qué demonios hacía aquí el imbécil; acababa de salir de mi oficina minutos antes que yo.
—Estoy probando nuevas recetas de galletas y los invité para que las degustaran —aclaró Sofiya.
Miré a mi hermosa esposa. Su cabello estaba trenzado en una corona alrededor de su cabeza, y sus ojos brillaban felices.
Matar a tres hombres en nuestra cocina probablemente la haría infeliz.
Lancé un vistazo hacia las encimeras, que estaban perfectamente limpias, sin rastro de galletas a la vista.
—¿Y dónde están esas galletas? —indagué, asegurándome de inyectar calidez en mi voz mientras les lanzaba una mirada fulminante a mis hombres por encima de su cabeza.
—Oh —dijo ella, con los ojos brillando de tristeza. Le tomé el rostro, listo para eliminar lo que fuera o a quien fuera que la estuviera molestando—. Me temo que nos las comimos todas.
Cerré los ojos y respiré profundamente para controlar mi furia. ¿Estos bastardos entraron a mi casa, pasaron tiempo con mi esposa y además se comieron todas mis galletas? Mi mano se movió instintivamente hacia la pistola en mi cintura.
—¡Es broma! —confesó Sofiya entre risas—. Nunca te haría eso.
Abrí los ojos de golpe.
—¿Te parece gracioso, Tesoro?
—Un poquito —respondió ella.
Mi mano se deslizó por su cuerpo y casi acuné su coñito caliente, hasta que recordé que mis hombres seguían allí.
—Lárguense —ordené. Enzo y Angelo parecían aliviados de salir de ahí, pero Romeo sonrió mientras se acercaba y besaba la cabeza de Sofiya. Gruñí, tratando de encontrar la forma de matarlo sin lastimar a mi esposa.
—Gracias por compartir tu dulzura con nosotros hoy —comentó Romeo antes de dirigirse hacia la puerta.
—Gracias por su ayuda —les dijo ella—. Mañana tendremos que probar recetas de pasteles.
La puerta se cerró, dejándonos solos.
Levanté a Sofiya y la coloqué sobre la isla de la cocina.
—Ellos están aquí para protegerte, no para comer galletas —le recordé, manteniendo mis brazos alrededor de ella—. Y si necesitas un catador, me tienes a mí.
—Pero tú estás trabajando —replicó, deslizando sus dedos por un costado de mi rostro.
Fruncí el ceño, odiando la idea de que algo pudiera alejarme de ella. Mis manos se apretaron en su cadera.
—Trabajaré desde la cocina cuando necesites un catador.
Sofiya sonrió, mas su sonrisa desapareció de repente, haciéndome sentir como si el mundo se hubiera oscurecido.
—Eres muy tierno. —Besó mi mandíbula, y en ese momento decidí que no me molestaba que mi esposa me llamara tierno—. Aunque sé que no siempre puedes estar aquí.
—Esos hombres están aquí para protegerte, Tesoro. No se supone que se aprovechen de ti.
Frunció el ceño y encontró mi mirada con sus brillantes ojos azules.
—Yo los invité a entrar —explicó con voz suave y vacilante—. Al principio no querían, aun así, les dije que estaba bien. ¿Hice mal?
Odié la inseguridad en su rostro. Nunca debería sentirse insegura de nada mientras estuviera en mis brazos.
—No. No hiciste nada malo —suspiré mientras depositaba un beso en su frente.
—Pero no te gustó que estuvieran aquí. —Era una afirmación, no una pregunta.
No respondí.
—Está bien. —Aceptó, con una sonrisa tensa en los labios.
—¿Está bien qué? —Curioseé.
—No los dejaré entrar más. Lamento que te haya incomodado. Es solo que... está tan vacío aquí cuando no estás. Pero está bien.
Odié la forma en que forzaba esa sonrisa y cómo apartaba la vista como si estuviera avergonzada.
No lo permitiría.
Tomé su barbilla con firmeza y la obligué a mirarme.
—No te disculpes —siseé entre dientes—. Deberías haberme dicho que te sentías sola.
—Pero eso no es tu problema —pronunció.
¿Cuándo entendería que todo lo relacionado con ella era mi problema? No, era mi honor poder resolverlo.
—Mañana vendrás a trabajar conmigo —anuncié—. Tus guardaespaldas pueden entrar al apartamento, pero solo si tú los invitas. Y me dirás si alguno hace algo que te moleste o incomode.
La levanté y la sostuve con una mano bajo su trasero y con la otra alrededor de su cintura. Incluso me las arreglé para agarrar la bolsa de regalo. Quería cambiarme de ropa, y no iba a pasar ni un segundo más lejos de ella.
Ella rodeó mi cuello con fuerza, presionando un suave beso en mi piel.
—Pero, Tesoro. —Empecé, mientras entrábamos en la habitación, nuestra habitación, porque no volvería a dormir en el maldito dormitorio de invitados nunca más—. Si alguna vez se comen mis postres, hechos por mi esposa para mí, no pueden responsabilizarme por sus muertes.
Sofiya soltó una risita mientras la recostaba suavemente en la cama. Me incliné sobre ella con el ceño fruncido. No estaba tomando mi amenaza lo suficientemente en serio.
—No te preocupes. Como si fuera a dejar que eso pase —aseguró mientras me atraía para besarme, el segundo que había iniciado ese día, y algo en mi pecho se suavizó—. Ahora, cámbiate para que pueda acurrucarme contigo.
Mi polla reaccionó ante su demanda. Alcé una ceja.
—¿Así le hablas a tu esposo?
Sus mejillas se sonrojaron mientras pasaba una mano por mi cabello.
—Creo que a él puede que le guste.
Gruñí, presionando mi rostro contra su cuello. Su piel era tan suave, y olía a azúcar y vainilla. Ella se rio y me empujó suavemente.
—Cámbiate primero, a menos que quieras que te atrape en esta cama con tu traje. —Sus dedos acariciaron mi corbata como si no estuviera segura de querer soltarme.
—Tengo una mejor idea. —Me aparté lo suficiente para quitarme la ropa, lanzando mi corbata al otro lado de la habitación. Luego, con calma, comencé a desnudarla, como si estuviera desenvolviendo un regalo, saboreando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto.
—Estás lleno de buenas ideas hoy —bromeó.
—Entonces, ¿vendrás a trabajar conmigo? —Besé su cuello y su pecho, bajando hasta su estómago suave. Lamí y besé con atención especial las áreas que sabía que la hacían sentir insegura.
Ella se movió un poco, mas no me apartó.
—Oh, ¿acaso tengo opción?
—No —dije entre dientes.
Ella solo murmuró y empujó mi cabeza más abajo. Sonreí, encantado con su inesperada confianza.
—¿Qué hay en la bolsa? —preguntó, con emoción en la voz.
—Algo que podemos probar juntos. —Continué descendiendo por su cuerpo hasta quedar al nivel de su coño, y me sumergí sin dudarlo.
Le di una lamida larga y lenta, gruñendo mientras su aroma y sabor me envolvían.
Sus dedos se deslizaron por mi cabello, y por un instante me sentí con ganas de ronronear, maldición.
No tenía suficiente de ella. Lamí y chupé, memorizando exactamente lo que la hacía retorcerse y gemir.
Estaba decidido a aprender cada detalle de su cuerpo.
Necesitaba que ella fuera tan adicta a mí como yo lo estaba a ella.
Sofiya consumía mis pensamientos, y eso fue solo después de pasar una noche dentro de ella.
La parte razonable de mí gritaba peligro, advirtiéndome que no bajara la guardia, que no la dejara afectarme.
Sin embargo, me resultaba imposible preocuparme por eso con el dulce sabor de su coño en mis labios.
—¿Probar cómo? —cuestionó con la respiración entrecortada.
Ignoré su pregunta, demasiado absorto en su dulzura como para alejarme siquiera un momento. Hice círculos en su clítoris con mi lengua, manteniendo un ritmo constante mientras ella se retorcía contra mí.
—Matteo. —Jadeó Sofiya, su voz estaba cargada de desesperación mientras apretaba mi cabello con más fuerza.
—Te lo mostraré cuando te corras. —Deslicé dos dedos dentro de ella, gruñendo al sentir lo cálida y húmeda que estaba. Mi polla palpitó, desesperada por estar rodeada de su calor. Tenía que encontrar la forma de estar dentro de ella todo el tiempo.