38 Matteo #2
—No quiero volver a escucharte decir esa mierda. —Le pellizqué el otro pecho para asegurarme de que lo entendía—. Y deja de intentar esconderte de mí. Es inaceptable. —Aparté sus brazos de su estómago y los sustituí por mis manos, acariciando y apretando su suavidad.
—Inaceptable, ¿eh?
—Sí. Y tienes que obedecerme, ¿recuerdas?
Me dio un empujón juguetón en los hombros.
—Oh, basta.
—Eso no es muy obediente, esposa.
—No sé si estoy de humor para obedecer, esposo.
Sonreí y le bajé los leggings y la ropa interior de un movimiento rápido.
—Puedo ser bastante convincente. —Descendí por su cuerpo hasta contemplar su coño.
Era el más bonito que había visto en mi vida, rosado y húmedo, con un triángulo perfecto de vello rubio.
Sofiya hizo un ruidito en el fondo de la garganta y se tapó el coño con la mano.
Gruñí, agarré su muñeca y la presioné suavemente contra la cama.
—No te atrevas a esconderte de mí. Nunca, Tesoro. Te miraré siempre que quiera, durante el tiempo que quiera. Tu cuerpo me pertenece.
—Pues entonces no deberías esconderte de mí —replicó con un puchero. Me jaló de la camisa con la mano que no tenía inmovilizada.
Me reí entre dientes, apartando su puchero con un beso.
—Oh, vas a ser una malcriada. —Sin embargo, la complací, me quité la camisa y saboreé la forma en que sus ojos se abrieron de par en par mientras recorría mi pecho.
—¿Te gusta lo que ves?
—Sí —admitió con una sonrisa traviesa—. Ahora estos.
—Tiró de mis pantalones y le di una palmada en el muslo, pero no podía negarle nada.
Me quité el resto de la ropa y me coloqué sobre ella, deleitándome con el calor de su piel contra la mía.
Había follado con muchas mujeres a lo largo de los años; sin embargo, nunca me había sentido tan cerca de nadie.
—Eres tan hermosa. —Mis labios rozaron su piel mientras bajaba por su cuerpo, presionando con besos calientes sus pechos y su estómago hasta llegar a su coño.
Se puso rígida.
—¿Vas a...? Quiero decir, no tienes que...
—Sofiya —interrumpí con firmeza—, voy a comerte el coño cuando me dé la puta gana. ¿Entendido?
Parpadeó mientras se mordía el labio para no sonreír.
—Está bien, esposo.
Gemí mientras aspiraba su aroma y frotaba mi barba contra la piel sensible de la cara interna de su muslo. Se me hizo agua la boca y no pude aguantar más. Lamí una larga línea desde su entrada hasta su clítoris, gimiendo ante su sabor dulce y salado.
Tardó un rato en relajarse, pero con cada lamida, cada vez que mi lengua rodeaba su clítoris, se soltaba un poco más hasta que me agarró el cabello y prácticamente cabalgó sobre mi cara.
—Eso es, baby. Lo estás haciendo muy bien para mí.
Me moví para poder tocarle el culo con una mano, inclinándola hacia arriba para que estuviera en un mejor ángulo y poder meterle un dedo en su entrada caliente y resbaladiza.
Una maldición salió de mis labios al sentir lo apretada que estaba, y mi verga se estremeció al pensar en deslizarme dentro de ella.
La masturbé hasta que soltó un suave gemido, y lo tomé como una señal para introducirle un segundo dedo. Al instante se tensó a mi alrededor.
—Shhh, Tesoro, no te preocupes. No tienes que tener miedo.
—Lo siento —se disculpó—. Estoy siendo estúpida.
—No hay prisa. Nos tomaremos todo el tiempo que necesites. —Aunque mi polla adolorida no estaba de acuerdo, iba a hacer esto bien para ella, incluso si me mataba. Borraría la sensación de cualquier otro hombre dentro de ella, la arruinaría para cualquiera en el futuro.
Era mía.
Se relajó lentamente a mi alrededor mientras metía y sacaba mis dedos. Su humedad creció hasta que mi mano y mi cara se empaparon de ella.
—Esa es mi chica —murmuré—. Maldición, tan buena para mí. Mírate, empapándome completamente.
Apartó la mirada, como avergonzada.
—¡No! —exclamé—. No me quites los ojos de encima. Quiero verte desmoronarte.
—Oh, Dios —gimió mientras apretaba mi cabello, mi hombro.
—Yo soy tu dios —gruñí.
Seguí penetrándola con los dedos y luego me llevé su clítoris a la boca. Chilló y su espalda se arqueó sobre la cama por la intensidad de su orgasmo.
—Buena chica. —Le di otro beso en el clítoris—. Tan buena para mí. —Fui subiendo por su cuerpo, sintiéndome satisfecho por su expresión de asombro—. Una esposa tan obediente, corriéndose para mí.
—Cállate —espetó, poniendo los ojos en blanco, pero una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Chica atrevida, hablándole así a tu Don. ¿Qué voy a hacer contigo?
Se arqueó contra mi dura longitud con un grito ahogado.
—Estoy segura de que lo averiguarás.
Agarré sus muslos, separándolos antes de empujar la cabeza de mi verga dentro de ella lentamente.
—Sí, parece que lo haré. —Joder, estaba húmeda, caliente y apretada. Metí otro centímetro y ella jadeó con fuerza. Acaricié su cara y la miré a los ojos—. ¿Estás bien? ¿Te estoy lastimando?
Cerró los ojos y sacudió la cabeza, respirando profundamente.
—Estoy bien. Es que te sientes enorme. —Abrió los ojos como si percibiera mi expresión de suficiencia—. No empieces con esas tonterías de hombre tóxico.
Le besé la punta de la nariz.
—Nunca lo haría. —Me moví un poco más, aunque pensé que la restricción me mataría. Metí la mano entre nosotros y jugué con su botón—. Eso es —murmuré mientras su coño se relajaba a mi alrededor—. Respira y déjame entrar. Puedes hacerlo. Estás hecha para mí.
Ambos gemimos mientras la penetraba por completo.
Nos miramos a los ojos, el silencio entre nosotros únicamente interrumpido por nuestras respiraciones jadeantes.
No obstante, el silencio no se sentía frío ni forzado, sobre todo cuando Sofiya me acariciaba el cabello con sus dedos.
Era como si el mundo se hubiera reducido a nosotros, a este momento.
—Vente otra vez para mí. —Mi voz era ronca, desesperada. Mi cuerpo ansiaba su placer, estaba jodidamente sediento de sus orgasmos, sabiendo que yo era la causa de su placer.
—Qué mandón —se burló, pero entonces sus labios se separaron con un grito ahogado. Seguí penetrándola, moviendo el pulgar contra su clítoris, hasta que se estrechó a mi alrededor. Echó la cabeza hacia atrás, con la boca abierta por el éxtasis.
No pude contener un gemido mientras me derramaba dentro de ella.
Sofiya.
Mi Sofiya.
Mi respiración era agitada y el corazón prácticamente se me salía del pecho.
—Me has hecho algo. Me has hechizado.
Tenía los labios entreabiertos y los ojos muy abiertos mientras me miraba. Era perfecta. Quería quedarme dentro de ella para siempre, pero tenía que cuidarla, asegurarme de que no estuviera demasiado adolorida.
Me retiré a regañadientes, mis ojos hambrientos observaban donde mi semen se derramaba de su coño perfecto.
—Eso fue... —Sofiya se interrumpió con expresión soñadora.
Una sonrisa salvaje se dibujó en mi rostro al imaginarme llenándola una y otra vez hasta que llevara en su vientre a mi hijo.
La besé suavemente en los labios, saboreando su dulzura, hasta que me di cuenta de algo que me golpeó como una lanza de hielo en el pecho. Me aparté de ella y mis pies golpearon el suelo.