39 Matteo
MATTEO
—Mierda.
Caminé de un lado a otro junto a la cama, necesitando hacer algo con la energía frenética que me dominaba.
Sofiya se sentó, cubriéndose con la sábana para ocultar su cuerpo. Habría exigido que dejara de esconder sus curvas perfectas, pero me costaba todo mi autocontrol no perder los estribos.
—¿Matteo? —Su voz era vacilante, apenas un susurro.
Tenía la garganta tan cerrada que no pude responder.
—¿Fue… hice algo mal?
—¿Qué? —Me giré hacia ella bruscamente—. Estuviste perfecta. —Mis palabras salieron en un gruñido enfurecido. ¿Cómo se atrevía siquiera a cuestionarse, cuando había sido la mejor experiencia de mi vida, maldición?
Una suave sonrisa asomó en sus labios, como si el sol rompiera entre las nubes. La presión en mi pecho se alivió.
—Entonces, ¿por qué estás caminando de un lado a otro?
—¿Estás tomando anticonceptivos? —Mi pregunta fue demasiado abrupta, aunque no encontré manera de suavizar mis palabras como ella se merecía.
Sus labios se entreabrieron y parpadeó rápidamente.
—No, no lo hago. ¿Debería? Lo siento.
Solté un largo suspiro.
—Estoy jodiendo todo esto. —Me senté de nuevo en la cama y la atraje hacia mí.
—¿No quieres tener un hijo conmigo? —Su pregunta fue tan tierna que sentí que se me partía el pecho.
Apreté su mandíbula con firmeza, obligándola a mirarme.
—No hay nada que quiera más que llenarte de mí semen hasta que estés embarazada de mi hijo. Sería un sueño hecho realidad. Pero… ¿puedes tener hijos de manera segura?
Me maldije por haberme distraído tanto y no haberlo pensado antes. ¿Y si el embarazo era peligroso para ella? No cambiaría lo que siento por ella, aunque complicaría la cuestión de asegurar mi legado. Por primera vez en mi vida, mi lealtad a la mafia no parecía lo más importante.
—Oh —soltó, mordiéndose el labio—. Supongo que en realidad no lo sé.
Liberé su labio, pasando mi pulgar sobre su piel suave.
—Hablaremos con la doctora mañana y obtendremos una respuesta. —Rodé los hombros. Bien. Un plan. Eso era lo que necesitaba para sentirme en control.
Sofiya no dijo nada. Sus dedos jugaban nerviosos con la manta. Fruncí el ceño, tomando sus manos entre las mías. De nuevo me sorprendió lo pequeñas que eran en comparación con las mías. Mis manos las envolvían fácilmente.
—¿Y si no puedo? —susurró.
—Entonces no puedes —repetí, pasando mis dedos por su cabello antes de inclinarme para besar su mejilla.
—Pero necesitas un heredero. —Su cuerpo comenzó a tensarse bajo mi toque, y fruncí el ceño. Estaba perfectamente relajada y sonrojada de placer hasta que lo arruiné. Necesitaba arreglar esto.
Me levanté de la cama, pero esta vez me agache para tomar a mi esposa entre mis brazos. Ella se aferró a mis hombros como si existiera el más mínimo riesgo de que la dejara caer.
—¿Qué haces?
—Llevarte a la bañera —respondí mientras entraba al baño—. ¿Puedes sentarte en el tocador o debo traer tu silla?
—El tocador está bien —aseguró suavemente.
La coloqué ahí y me giré hacia la tina. Quería repetir nuestra experiencia en la bañera de la otra noche, aunque esta vez sería aún mejor porque podría tocarla como quisiera. El agua aliviaría cualquier molestia que sintiera, lo cual era bueno porque mi erección ya estaba retornando.
Abrí el agua caliente antes de buscar entre las cosas bajo el tocador. Mis ojos se detuvieron en una botella de aceite para baño. Lavanda. Parecía algo que le gustaría a Sofiya.
Me enderecé y le mostré la botella.
—¿Esto está bien?
Su ceño estaba fruncido mientras asentía. Pasé el pulgar por su frente, alisando la piel.
—¿Qué ocurre?
—Lo lamento si soy una decepción.
Mi corazón se estremeció.
—¿Qué?
—Si no puedo tener hijos. Y por… todo esto. —Hizo un gesto vago hacia sus piernas, sin embargo, el movimiento de su mano atrajo mi mirada hacia su sexo, distrayéndome por un momento. Parpadeé, apartando la vista.
—No eres una decepción. Ni siquiera lo pienses. Te lo prohíbo. —La miré con severidad y, para mi sorpresa, soltó una risita.
Hombres adultos caerían de rodillas y rogarían misericordia si los observara así. Pero ella estaba ahí, riéndose.
Pasé mis manos por sus piernas.
—Parece que no me estás tomando en serio, Tesoro. Reírte de tu Don es muy malo.
El deseo brilló en sus ojos.
—¿Y qué harás al respecto?
Mi polla palpitó mientras se endurecía aún más, y solté un gruñido, apoyando la frente en su hombro. Mordisqueé su piel.
—Tal vez tenga que castigarte.
Rodeó mi cuello con sus brazos y posó una mano en la parte trasera de mi cabeza.
—Tal vez eso me gustaría.
Solté una maldición y me obligué a apartarme de ella.
—Deja de distraerme —le advertí con dureza mientras me giraba hacia la bañera.
Su risa me siguió mientras vertía el aceite en el agua.
Primero la acomodé en la bañera y luego me metí detrás de ella.
—¿Estás cómoda, Tesoro?
—Sí —afirmó con un suspiro, acurrucándose contra mi pecho.
Recorrí su torso con mis manos, deteniéndome en sus pechos antes de acariciar su coño. Ella gimió y me incliné para besar su mejilla.
—¿Qué tan adolorida estás?
—Umm…
—Sé honesta —pedí, pellizcándole suavemente el pezón.
Resopló y me pellizcó la pierna.
—Está bien. Estoy muy adolorida por tu enorme pene. ¿Contento?
Solté una carcajada.
—Demonios, eres adorable. Pero no, nena, no estoy contento de que sientas dolor.
—Entonces supongo que tendrás que cuidarme.
Le di otro beso en la mejilla y envolví suavemente su garganta con mi mano.
—Supongo que sí.