Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 38 Matteo
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38 Matteo

MATTEO

Mi polla se tensó contra mis pantalones mientras llevaba a Sofiya a mi dormitorio.

Me encantaba sentirla en mis brazos, la forma en que se aferraba a mi cuello y como besaba tímidamente mi piel.

¿Por qué me había resistido a esto? ¿Cómo había podido pensar que podría vivir sin tener a mi hermosa esposa?

La atraje con un beso antes de bajarla a la cama.

Me arrastré sobre ella, asegurándome de apoyar todo mi peso en los antebrazos para no presionar sus articulaciones.

Quería que esto se sintiera bien para ella.

No quería hacerle daño. Pensé que mi corazón se detendría cuando la vi tirada en la acera, y luchaba contra la necesidad de protegerla con la desesperada necesidad de reclamarla.

—¿Quieres esto? —pregunté. Me mataría si dijera que no, sin embargo, nunca la forzaría.

—Sí —contestó, pasándome los dedos por la mandíbula. Su caricia era tan suave. No recordaba que me hubieran tocado así desde que murió mi mamma, y sentí esa extraña punzada en el pecho que en ese momento comprendía que se trataba de emociones.

Le besé la frente y pasé mis dedos por su cabello dorado.

—Eres tan hermosa que duele, maldita sea.

Me rodeó el cuello con los brazos y me acercó. Nuestros labios colisionaron, descoordinados, salvajes… perfectos. Gruñí mientras mi polla se ponía increíblemente dura. Ya era la experiencia más excitante de mi vida y lo único que habíamos hecho era besarnos.

Recorrí su cuerpo con mi mano, saboreando sus curvas, hasta que toqué su coño. Estaba tan caliente, incluso a través de sus leggings.

—Mmm, espera un segundo —pidió Sofiya.

Me aparté y la miré. El corazón me dio un vuelco cuando vi un atisbo de pánico en sus ojos.

—Necesito mi silla de ruedas. —Miró hacia la puerta. La habíamos dejado en la sala.

Le aparté el cabello de la cara, todavía asombrado de que mis manos fueran capaces de hacer algo tan delicado.

—¿Para qué la necesitas, Tesoro?

Sofiya parpadeó rápidamente y desvió la mirada. No, no íbamos a hacer eso. Agarré con fuerza su barbilla.

—No te escondas de mí —refunfuñé—. Dímelo.

—Por favor —pidió, con voz frágil—. Por favor, ¿puedes simplemente traerla aquí?

Empezó a respirar más rápido y me preocupaba que estuviera al borde de un ataque de pánico.

—De acuerdo, iré a buscarla. Pero luego hablaremos. —Le di un beso en la frente y me obligué a levantarme de la cama. Empujé su silla de la sala hasta ella—. ¿Te parece bien? —inquirí, colocándola en su lado de la cama.

Asintió con la cabeza y la tensión que se reflejaba en su rostro desapareció.

Volví a la cama y no pude evitar pasarle la mano por el vientre hasta el coño que tenía cubierto. Acaricié su calor, saboreando su suave jadeo.

—Ahora, mi bella esposa, háblame.

Se mordió el labio, sus brillantes ojos azules parecían tan inseguros. No obstante, me quedé quieto y en silencio, obligándome a ser paciente por su bien.

—Ya he tenido relaciones sexuales una vez —soltó.

Apreté los dientes contra la rabia que corría por mis venas como lava fundida. Únicamente el cuerpo suave y perfecto de mi mujer bajo el mío me impidió salir en busca del cabrón que había tocado lo que me pertenecía.

—Lo siento. Lo siento mucho. —Sus ojos brillaban con lágrimas.

Recorrí con mi nariz el costado de su cara, respirando su dulce aroma y forzándome a mantener la calma. Odiaba no haber sido el primero en penetrarla y estaba decidido a matar a ese maldito stronzo que le había quitado la virginidad. Mas no estaba enfadado con ella.

Nunca con ella.

—Quería sentirme normal por una vez —añadió.

Le di un suave beso en la mejilla.

—Está bien, Tesoro. Cuéntame qué pasó.

Se mordió el labio, como si estuviera preparándose. Le pasé el pulgar por el labio y respiró profundamente.

—Yuri era alguien a quien conocía desde que era joven.

Vino a una cena de mis padres, una de las últimas a las que me dejaron asistir, y me pidió que saliéramos en una cita.

Yo no estaba muy interesada en él; sin embargo, me pareció simpático y...

quería tener la oportunidad de salir de casa y no sentirme tan atrapada.

Fuimos a cenar y luego él quiso ir a casa de su amigo porque había una fiesta.

—Respiró entrecortadamente—. La casa estaba a reventar cuando llegamos y todo el mundo estaba bebiendo.

Me sentí un poco abrumada por todo, así que Yuri sugirió que fuéramos arriba, donde estaba más tranquilo.

Mantuve la cara pegada a su cuello mientras apretaba mi mandíbula.

—Quería llevar mi andador, pero me dijo que estaría bien dejarlo.

Me cargó escaleras arriba. —Había un ligero temblor en su voz y la estreché más contra mi pecho—.

Cuando subimos, me tumbó en la cama y era evidente que quería tener sexo.

Yo no estaba segura, pero supongo que me sentí afortunada de que me encontrara atractiva.

No pude contener mi gruñido.

—¿Qué demonios? —Tomé su cara con ambas manos y la miré intensamente—. Eres la mujer más hermosa que jamás haya visto.

Sofiya parpadeó.

—¿En serio?

—Tesoro mio, ¿cómo se te ocurre siquiera preguntármelo? —Me dolía el corazón mientras le daba suaves besos en la cara. Sofiya había estado escondida la mayor parte de su vida, así que no debería sorprenderme que no supiera lo deslumbrante que era.

Sus dedos se enroscaron en mi cabello, estrechándome.

—¿No preferirías a alguien que no estuviera dañada? —Su voz era tan suave, tan frágil.

Los músculos de mi mandíbula se tensaron. Había tenido pensamientos parecidos sobre ella cuando nos conocimos, pero estaba tan equivocado.

—La próxima vez que digas algo negativo de ti misma, te voy a dar unas nalgadas. Eres jodidamente perfecta.

—¿Acabas de amenazarme con darme nalgadas? —Jadeó. Me aparté para observar su expresión, preocupado de ver miedo en ella, no obstante, todo lo que vi fue excitación e intriga.

—Oh, baby, ¿te excita la idea? —Apreté el talón de la palma de mi mano contra su coño—. ¿Tu dulce coñito se humedece ante la idea?

Se mordió el labio y negó con la cabeza.

Una enorme sonrisa se dibujó en mi rostro.

—Mentirosa.

Sus mejillas se tornaron de un rojo intenso.

—No te preocupes, Tesoro. Siempre te daré lo que necesites. Ahora, termina tu historia.

Mi verga estaba dura como una roca contra su muslo, y luché contra la necesidad de empujar dentro de ella, de marcarla con mi semen una y otra vez para que todo el mundo supiera que me pertenecía.

—Se... umm... bueno, se acabó rápido —dijo, cerrando los ojos. Había suficiente luz en la habitación para que pudiera ver el delicado rubor de sus mejillas—. Dolió, pero no fue especialmente memorable.

—Imbécil —gruñí.

—Y entonces su amigo tocó la puerta, necesitaba algo. Fue a hablar con él y me dejó medio desnuda en la cama. No estaba segura de poder volver a bajar las escaleras sin caerme, así que tuve que esperarlo.

Ese bastardo hijo de puta. Le quitó la virginidad a mi chica y luego la dejó tirada en una casa llena de borrachos de mierda. Usé todo mi entrenamiento como Don para mantener mi voz uniforme.

—¿Cuánto tiempo?

—¿Qué?

—¿Cuánto tiempo te dejó allí sola?

Sofiya volvió a morderse el labio y yo fruncí el ceño mientras se lo liberaba, pasando el pulgar por la piel delicada.

—Casi una hora —susurró. Una lágrima se escapó por su mejilla y se sintió como una daga en el corazón—. Debí de ser muy mala en la cama para que huyera así. —Intentó sonreír ante su pobre intento de humor, pero yo no podía.

—No —aseveré, sujetando los costados de su cara—.

No. Tu no vas a cargar con ninguna culpa por el comportamiento de ese imbécil.

Se aprovechó de ti y te dejó en una posición vulnerable.

—Tragué saliva con dificultad. A pesar de que toda una vida sin expresarme me decía que me callara, ella se merecía más de mí—. Yo nunca te haría eso. Jamás.

Sus dedos se deslizaron por mi mejilla, rozándome la barba incipiente.

—¿Te he dicho que me gusta cuando tienes barba? —murmuró.

Sonreí y froté mi mejilla contra la suya. Ella soltó una ligera ráfaga de aire contra mi piel y soltó una risita.

—Sé que no eres como él —dijo—. Es solo que... me hace sentir más segura saber que puedo escaparme si lo necesito.

Apoyé mi frente contra la suya.

—Te daré lo que necesites. Pero algún día sabrás que el lugar más seguro para ti es estar entre mis brazos.

—¿Desde cuándo eres tan dulce?

Me reí entre dientes. Incluso con la horrible historia que me había contado, mi pecho se sentía más ligero de lo que recordaba. Por la mañana me encargaría del bastardo que le había hecho daño, mas en ese momento, todo giraba en torno a ella.

Mi tesoro.

Mi mujer.

—No tengo ni puta idea. ¿Qué me has hecho? —pregunté.

Sus ojos azules cristalinos se encontraron con los míos oscuros.

—Espero que lo mismo que tú me haces a mí.

—¿Y qué es?

—Me haces sentir. —Sus labios rozaron mi mejilla.

Gruñí mientras bajaba mis manos por su espalda hasta tocar su voluminoso trasero.

—Mierda, eres perfecta. ¿Me dejarás entrar en ti, Tesoro? ¿Me dejarás mostrarte hasta qué punto me perteneces?

—Por favor, Matteo. —Nada podía prepararme para la emoción de escuchar mi nombre en sus labios mientras se arqueaba contra mi polla.

La agarré con más fuerza, deseando tener más manos para poder tocar cada parte de ella a la vez.

Una vez con ella nunca sería suficiente.

Un millón de veces con ella no serían suficientes.

Me aparté lo suficiente como para quitarle la camisa y el sostén, revelando unos pechos perfectos con bonitos pezones rosados.

Me dolía la polla ante su perfección. Besé cada pezón y luego bajé por su estómago.

Sofiya aspiró con fuerza y se retorció. Me aparté y ella se cubrió el estómago con los brazos.

—Lo siento, sé que tengo demasiado peso. Me cuesta moverme mucho y he engordado este último año y...

Mordí ligeramente su pezón, haciendo que un jadeo de sorpresa se le escapara de los labios.