37 Sofiya
SOFIYA
Matteo no dejaba de dar vueltas a mi alrededor. Tenía tres mantas sobre mí, y él seguía trayéndome bebidas: agua, té, café, refresco y un vaso grande de grappa, un licor italiano fuerte. El último me hizo levantar una ceja, pero mi agobiado esposo ni siquiera lo notó.
Estaba aprendiendo a reconocer los sutiles gestos de Matteo.
Mantenía una expresión seria, su tono era firme y grave, aun así, no podía esconder cómo pasaba la mano por su cabello cuando estaba estresado, cómo sus puños se apretaban de ansiedad y la ligera arruga en sus ojos cuando estaba contento.
Con cada bebida y comida entregada, cada pregunta en tono rudo sobre cómo me encontraba, mi pecho se iba calentando.
No había tenido la boda de ensueño, ni al novio sonriente, ni la vida tranquila y pacífica en el campo, no obstante, cada vez pensaba más que tal vez había terminado con algo mejor.
—¿Necesitas otra manta?—preguntó Matteo, inclinándose sobre mí, con algunos cabellos desordenados cayendo sobre su frente y una mirada algo desquiciada en sus ojos.
La tentación de bromear con él era fuerte, pero en lugar de eso, estire mi mano.
—¿Qué? ¿Qué pasa?—inquirió Matteo, mirándome desde arriba.
Solté una risita y tomé su mano.
—No necesito más mantas. ¿Te sientas conmigo?
Su atención se fijó en nuestras manos unidas.
Por un momento pensé que quizás había cruzado un límite, pero luego Matteo me dio un apretón en ella.
Tiré de él y se sentó junto a mí en el sofá.
Su cuerpo estaba tenso, dejando espacio entre nosotros.
Cuando nos conocimos, habría interpretado su comportamiento como que estaba molesto conmigo; sin embargo, cada vez estaba más convencida de que mi esposo quizá sentía algo por mí.
Tal vez le importaba.
Me moví en el cojín hasta que nuestros cuerpos se presionaron el uno contra el otro. Cuando no se apartó, descansé mi cabeza sobre su hombro.
—¿Qué estás haciendo, Tesoro?
¿Podría escuchar cómo se me aceleraba el corazón con el apodo cariñoso?
—Estoy… apoyándome.
—¿Apoyándote?
—Sí —respondí.
—Está bien. Apóyate todo lo que quieras. —Acomodó su cuerpo para rodearme con su brazo y luego me apretó contra su pecho. Estaba cálido y reconfortante mientras me derretía contra él. Luego su mano pasó por mi cabello, y estaba bastante segura de que ya había muerto y esto era el cielo.
—Aceptaré que me disparen todos los días si me lleva a esto —agregué, acurrucándome más en su abrazo.
Su agarre se apretó.
—No bromees con eso, maldición.
Pasé mi nariz por su garganta, sorprendiéndome a mí misma con mi atrevimiento.
—¿Quién dice que estaba bromeando?
Suspiró.
—¿Qué tal si prometo abrazarte todos los días si prometes que no dejaras que te disparen?
—Trato hecho.
—¿Estás segura de que no necesitas otra manta? —murmuró.
—No cuando estás aquí para mantenerme caliente.
Me pasó la mano por el brazo.
—¿Tienes hambre?
Incliné la cabeza para encontrarme con su mirada y dudosa levanté la mano para acariciarle la cara. Matteo se inclinó hacia mi mano y mi respiración se aceleró.
—Hay algo que necesito.
—¿Qué? Cualquier cosa —contestó con seriedad.
Me mordí el labio, con el corazón acelerado. La adrenalina de antes debió de aturdirme, porque era imposible que lo dijera en voz alta.
—Un beso.
Matteo parpadeó.
—¿Qué?
—Quiero un beso.
Su ceño se frunció y contuve la respiración, segura de que me rechazaría. Pero entonces su mano me acarició la cara y su pulgar recorrió mi mejilla.
—Si eso es lo que necesitas, ¿cómo podría negarme?
—Luego me inclinó la cara y sus labios se encontraron con los míos con una suavidad que contrastaba tanto con su dureza habitual y me pregunté si ese lado de él lo tenía reservado solo para mí.
Decidí creerlo, aunque no fuera cierto, porque la forma en que me abrazaba era una sensación que no quería olvidar jamás.
—Joder, no debería estar haciendo esto —pronunció entre besos hambrientos.
Gemí y le pasé los dedos por el cabello, jalándolo.
—Sí, deberías.
—Estás herida. —Besó con intensidad mi mandíbula.
—No lo estoy. —Puse mis brazos alrededor de su cuello, moviéndome hacia su regazo, sintiendo su dureza contra mi muslo. La doctora Amato me había envuelto la rodilla para estabilizarla, pero estaba completamente bien por lo demás.
Gruñó, y sus caderas hicieron un movimiento involuntario contra mí.
—Debería estar cuidándote.
—Ya me estás cuidando. —Volví a besarlo y, esta vez, pasé mi lengua por la línea de sus labios. Se separaron con un gemido, y entonces Matteo dejó ir su fachada cuidadosamente conservada, sujetando mi cara con una mano y mi trasero con la otra.
Me estaba devorando, su lengua ardiente presionaba la mía, su mano se enredaba en mi cabello con un agarre doloroso.
Gemí, y él se tragó el sonido mientras recorría mi cuerpo con sus manos.
Me estaba mojando y necesitaba más, y de repente no podía dejar de pensar en sentir a mi esposo dentro de mí.
Sus dedos rozaron mis pezones, y mis besos se volvieron más desesperados.
—Por favor. —Jadeé.
—¿Qué necesitas?
—A ti. Todo. —Estaba más allá de pronunciar oraciones completas mientras recorría su pecho con mis manos.
Con cada movimiento que hacía, me preparaba para el rechazo, para el momento en que mi esposo se diera cuenta de que no quería esto, de que no me quería a mí.
Aunque el miedo y la adrenalina de la experiencia de vida o muerte de ese día comenzaban a transformarse, empujándome a ir tras lo que me hacía sentir viva.
—¿Quieres que te toque? —La voz de Matteo era grave y rasposa.
Sin pensarlo dos veces, me moví para colocarme encima de él.
Me arqueé hacia él y sentí una descarga de placer al rozar mi intimidad contra su dureza, pero el movimiento también causó un dolor en mi cadera que me decía que mis articulaciones no estaban felices de estar abiertas alrededor de mi enorme esposo.
—¿Qué pasa? —Quiso saber Matteo, frunciendo el ceño.
—Nada…
—No mientas. —Su tono severo me hizo mojarme aún más, aunque el dolor en mi cadera aumentaba.
—Puede que no pueda quedarme sentada así —murmuré.
Matteo reaccionó al instante, reacomodándome sobre su regazo para que me sentara de lado nuevamente.
—Te duele.
No era una pregunta.
Mis mejillas se sonrojaron. ¿Por qué no podía mi cuerpo cooperar por una vez?
—No quiero parar —confesé, mirando a mi esposo a los ojos, desafiándolo a que discutiera.
Él pasó su pulgar por mi labio.
—Crees que tengo mucho más autocontrol del que realmente tengo, si piensas que puedo detenerme ahora, Tesoro.
Una sonrisa se dibujó en mi rostro. No lo había arruinado con mi cuerpo disfuncional. Él aún me deseaba.
Subió su mano por mi pierna, apretando suavemente mi muslo.
—¿De qué más debo tener cuidado?
Mi corazón se sentía como si fuera a explotar por su cuidado hacia mí, y no pude evitar inclinarme hacia él para darle un beso.
—No estoy segura —dije, un poco sin aliento—. Solo no te asustes si llego a dislocarme algo.
Frunció el ceño.
—No vas a dislocarte nada.
— No estoy tan segura de que tengas poder sobre ello. —Tracé su mandíbula con los dedos—. Pero hare mi mejor esfuerzo.
Presionó su frente contra la mía, y por un momento, nos respiramos en silencio el uno al otro.
—Te llevaré a la cama. Nuestra primera vez no será en este maldito sofá.
Apretó su agarre sobre mí, deslizó un brazo detrás de mis rodillas y se levantó. Unos nerviosos cosquilleos volaron en mi estómago, y envolví mis brazos alrededor de su cuello respirando profundamente. Por primera vez en mi vida, me sentí deseada. No quería ser una decepción para mi esposo.