Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 36 Matteo
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36 Matteo

MATTEO

—Por favor, ven.

Las palabras se sintieron como una daga en mi corazón. Escuchar el pánico en la voz de Sofiya hizo que gotas de sudor aparecieran en mi frente.

—Ve a la panadería —le ordené a Romeo, quien estaba al volante.

Acabábamos de regresar a la ciudad y estábamos a solo unos minutos del apartamento.

Romeo aceleró y giró en dirección a la panadería, a pocas calles de distancia.

Angelo había coordinado la salida conmigo esta mañana, y acepté porque sabía que haría feliz a Sofiya.

Y en ese momento ella estaba en peligro.

—¿Qué está pasando? —cuestioné entre dientes.

—Los disparos se detuvieron —susurró mi esposa.

Se escuchó un sonido y luego Angelo tomó el teléfono.

—Tres hombres nos dispararon. Maté a dos, el tercero escapó. La policía está en camino.

Giramos en la calle donde estaba la panadería.

La gente se escondía detrás de los autos, y el sitio estaba inusualmente vacío para ser mediodía en Manhattan.

Las sirenas de la policía sonaban a lo lejos, y solté una maldición.

Salté del vehículo antes de que Romeo pudiera detenerlo por completo y corrí hacia la SUV negra que reconocí como una de las nuestras.

Rodeé el coche y mi corazón casi se detuvo al ver a Sofiya tendida en la acera, con los brazos alrededor del perro. Angelo estaba a su lado, ayudándola a sentarse. Una ola de alivio y gratitud me invadió, estaba ileso y había protegido a mi esposa.

Me arrodillé en el suelo, sosteniendo la espalda de Sofiya.

—Mierda, Tesoro mio. ¿Estás herida? —No recordaba la última vez que había sonado tan desesperado; sin embargo, al ver cómo me miraba con lágrimas corriendo por sus mejillas, no pude mantener mi fachada.

—Jefe, tenemos que irnos —indicó Romeo, acercándose por detrás—. Me ocuparé de la policía, pero será más fácil si no están aquí.

La mayoría de la policía estaba de nuestro lado, aun así, un tiroteo a plena luz del día seguía siendo un desastre para encubrir.

Sofiya hacía algo con su rodilla, una mueca de dolor se dibujó en su rostro.

—¿Estás herida? —repetí—. ¿Puedes moverte?

—Estoy bien —aseguró—. Solo tuve que reacomodar mi rodilla.

Parpadeé, mirando su rodilla cubierta por los jeans.

Cuando la soltó, la tomé con cuidado entre mis brazos, y Romeo abrió la puerta trasera del coche para nosotros.

Angelo se puso al volante para llevarnos a casa mientras Romeo se quedaba atrás para hablar con la policía.

Pasamos el primer vehículo de la policía al girar hacia la calle principal.

—¿Quién nos estaba disparando? —inquirió, con una voz frágil. Mantuve mi toque lo más suave que pude mientras la sostenía contra mi pecho. Acerqué mi rostro a su cabello, respirando su aroma.

Pude haberla perdido.

—Albaneses —escupí, odiando el tono áspero de mi voz. Arben me había engañado como a un idiota. Sabía que iría a las afueras de la ciudad, dejando a mi esposa expuesta. ¿Pero cómo se había enterado dónde estaría ella?

Sus ojos se abrieron de par en par.

—¿Por qué harían eso?

—No lo sé, Tesoro. —Le aparté el cabello del rostro—.

Pero lo averiguaré y lo pagarán. —No quería que tuviera miedo, aunque era obvio que los albaneses la estaban usando para llegar a mí.

Esto era lo que siempre había temido al considerar el matrimonio.

Estar demasiado expuesto, demasiado vulnerable.

Si bien había intentado crear distancia entre nosotros estas últimas semanas, ya no podía soportar la idea de estar lejos de ella.

Pensé que mantener mi distancia me protegería de la vulnerabilidad, pero quizá solo había causado más problemas para ambos.

Sofiya estiró una mano vacilante, y cerré los ojos cuando la pasó suavemente por mi mandíbula.

—Noodle fue tan valiente —expresó, moviéndose en mi regazo para acariciar al perro—. ¿Tuviste miedo, Malysh? Fuiste muy valiente.

Algo ardiente se encendió en mi pecho, y definitivamente no eran celos del apodo que le acababa de poner al perro.

—Parece estar bien —solté con sequedad. La lengua de Noodle colgaba de su boca mientras inclinaba la cabeza hacia la mano de su ama.

Entramos en el garaje subterráneo del apartamento, y Sofiya se puso tensa.

—Espera, ¿alguien tomó mi silla de ruedas?

Me encontré con la mirada de Angelo en el espejo retrovisor, y negó con la cabeza.

—Asegúrate de que Romeo la recoja —ordené, y él asintió.

—Te cargaré adentro. —No estaba seguro de si podría soltarla aunque tuviéramos la silla.

Esperé a ver si protestaba, mas se relajó en mi abrazo. Sentir su cabeza descansando en mi pecho calmó algo dentro de mí.

—Angelo —llamó Sofiya, estirando su mano hacia el guardaespaldas mientras salíamos del SUV—. Gracias por protegerme. —Su voz se quebró y parpadeó rápidamente mientras tomaba su mano.

El hecho de que hubiera salvado la vida de mi esposa ese día era lo único que me impedía cortarle la puta mano. Quería ser el único a quien ella tocara.

—Claro, bella —respondió él.

Solo gruñí y me dirigí al ascensor con Sofiya en mis brazos.

—Llama al doctor —demandé.

—No necesito un doctor —protestó Sofiya.

—No discutas —reviré, lanzándole una mirada severa—. No ganarás esta.

—Me alegra que sepas que ganaré la mayoría de nuestras discusiones —dijo con aire digno.

«Joder». Casi me sentí tentado a sonreír mientras el ascensor subía hasta nuestro apartamento.