30 Matteo
MATTEO
Sofiya y yo caímos en una rutina.
Cada mañana, me levantaba temprano y me dirigía al gimnasio, entrenando hasta escucharla moviéndose en la cocina.
Luego, me metía a la ducha y me masturbaba, definitivamente sin fantasear con mi esposa durante todo el proceso, hasta que llegaba al clímax contra la pared de azulejos.
Después, me vestía con uno de mis típicos trajes negros y me preparaba antes de entrar a la cocina, donde ella estaría a mitad de la preparación de algo para el desayuno.
Hacía un par de días, habían sido roles de canela. El día anterior fue algún tipo de panqueque ruso.
Esta mañana, ella ya estaba sentada en un taburete de la cocina, con un plato de waffles frente a ella. Maldije por haberme tardado tanto esta mañana. Me había perdido la oportunidad de verla moverse por la cocina como si perteneciera aquí, en nuestra casa.
—Buenos días —saludó dulcemente.
Gruñí y me serví una taza de café.
—Tal vez estarías menos gruñón por las mañanas si durmieras un poco más —comentó, con una sonrisa jugando en sus labios.
Fruncí el ceño.
—Habrá una entrega para ti esta tarde.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, volteando a verme. El taburete en el que estaba tenía respaldo, pero aun así, no podía quitarme de la cabeza la imagen de ella cayéndose de él. Me acerqué para pararme detrás de ella, rodeando su torso con mis brazos.
—¿Qué haces? —soltó, con un tono divertido en su voz.
—Nada —contesté con el ceño fruncido.
Ella solo tarareó y tomó con el tenedor otro bocado de waffle. No obstante, en lugar de llevarlo a sus propios labios, se giró y me acercó el tenedor hacia los míos. Mis labios se separaron por sí mismos y tomé el waffle, masticándolo lentamente.
Estaba tan sorprendido por mi propio comportamiento que casi me perdí la sonrisa que se formaba en los labios de mi esposa.
Ella comió un bocado antes de llevar el tenedor nuevamente a mis labios.
Debería haberlo rechazarlo. Los Don de la mafia no comen waffles.
Pero nuevamente, me encontré abriendo la boca con el jarabe de maple explotando en mi lengua.
—¿Qué es esta entrega?
Parpadeé, tratando de recordar de qué estábamos hablando. Honestamente, no estaba seguro de poder recordar siquiera mi propio maldito nombre en este momento.
—Claro —dije, aclarando mi garganta—. Tendrás que esperar para saberlo.
—Muy misterioso —musitó, recostándose contra mi pecho con una sonrisa y apreté mi agarre sobre ella. Solo para asegurarme de que no se cayera. Su cuerpo era tan suave contra el mío, encajando en mi pecho como si ella hubiera sido hecha para mí.
—¿Qué debería hornear hoy? ¿Alguna petición?
Me comí otro pedazo de waffle de su tenedor.
—No como cosas dulces.
Sus labios se curvaron en una sonrisa.
—Claro. Los mafiosos probablemente solo consumen proteína en polvo y clavos de acero.
Gruñí. Su bonita sonrisa me había robado todas las palabras.
—Tengo que irme. —Y aun así, mis pies seguían pegados al suelo.
Sofiya se giró en mis brazos.
—Espero que tengas un buen día. Haz un buen trabajo mafioso.
Mis ojos se posaron en sus labios, rosados, carnosos y perfectos. Solté mi agarre sobre ella, retirándome de la cocina antes de sucumbir a la tentación de besarla.