Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 29 Matteo
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29 Matteo

MATTEO

La luz tenue en el sótano proyectaba sombras sobre el patético hombre que colgaba frente a mí.

—¿De dónde está Arben consiguiendo a las chicas? —pregunté. El hombre sollozaba, con lágrimas y sangre corriendo por su rostro.

Domenico había encontrado a un espía albanés observando mi edificio.

Mi. Maldito. Edificio.

Arben se estaba volviendo demasiado audaz.

Deberíamos haber podido destruirlo en cuestión de días, pero era como un fantasma.

A pesar de que su padre había sido un hijo de puta patético y sin carácter, claramente él quería hacerse un nombre.

Apreté la mandíbula mientras el hombre soltaba otro grito agudo cuando Domenico le disloco los hombros.

El espía estaba colgado de las muñecas, sus piernas se movían con desesperación buscando tocar el suelo y aliviar la presión.

—No lo sé, te juro que no sé nada. —Jadeó—. Solo me ordenaron vigilar el edificio, eso es todo. —Su ropa interior se oscureció cuando se orinó.

—Por el amor de Dios, carajo —murmuró Domenico, con el rostro retorcido de asco.

Le hice una cortada larga en la piel al albanés, asegurándome de atravesar el tatuaje de su clan en el pecho. Soltó un grito penetrante, con mocos corriendo por su rostro y mezclándose con la sangre en su pecho.

—Las fuerzas de Arben deben ser bastante débiles si este es el tipo que manda a espiarte —opinó Domenico.

—Por favor, por favor —suplicó el espía—. No sé nada.

—¿Entonces de que me sirves? —Corté otra línea en su pecho, pero esta vez enterré mi cuchillo profundamente hasta que la sangre y los intestinos se derramaron en el suelo.

—Duplica la vigilancia alrededor del edificio —le ordené a Domenico—. Cámaras, hombres, todo. Si Arben está monitoreando nuestros movimientos, quiero saberlo, y quiero que lo detengan.

—Sí, Jefe —respondió Domenico.

—Buen trabajo encontrándolo. —Felicité antes de salir del sótano. Domenico y sus hombres se encargarían de la limpieza.

Tomé el ascensor hacia mi penthouse, con el olor a sangre en mis fosas nasales. Angelo me había enviado un mensaje para avisarme que estaban cenando con Sienna, así que sabía que el apartamento estaría vacío.

La rabia me recorría mientras me duchaba, el agua fría cayendo sobre mi cuerpo.

Normalmente, iba al gimnasio para descargar mi ira, o buscaba a alguien con quien follar, pero en el fondo sabía que ninguna de esas opciones me calmaría esta noche.

Me vestí, sin el saco de mi traje, me arremangué las mangas, y luego bajé al piso de Sienna.

—¡Matteo!

El saludo alegre de Sofiya me revolvió las entrañas.

¿Cuándo había sido la última vez que alguien había estado tan emocionado de verme?

Ni siquiera mi hermana, a quien había alejado durante años, ni mis hombres, que me respondían con respeto y un toque de temor, y ciertamente no mis enemigos, que me llamaban el Ángel de la Muerte.

Me senté junto a mi esposa, atraído como un planeta hacia su órbita. Sus mejillas estaban sonrojadas, sus ojos brillaban, y me di cuenta de que estaba algo ebria. Levanté una ceja hacia Romeo, que le estaba rellenando la copa con sake, y él simplemente sonrió.

—¿Segura de que no quieres comer algo más? —preguntó Sienna a Sofiya, quien negó con la cabeza.

—Créeme, estoy llena.

—Perdón por hacerte comer tanto. Estaba segura de que al menos habría uno que te gustaría —se lamentó Sienna con una mueca.

Sofiya se encogió de hombros.

—Está bien. Esto puede contar para mi Lista de Sueños, así que valió la pena.

Angelo levantó las cejas.

—¿Lista de Sueños?

—Hace aproximadamente un año, Mila y yo hicimos una lista de cosas que queremos hacer antes de morir.

Pasábamos la mayor parte del tiempo encerradas, así que tuvimos mucho tiempo para pensar.

Una de las cosas en la lista es probar algo nuevo cada semana durante un año. Así que esta semana puede ser el sushi.

Había una ligereza en ella que no había visto antes. Me encontré deseando pasar mis dedos por su piel, meter un mechón de su cabello rubio y brillante detrás de su oreja, y conocer cada cosa en su lista.

—¿Qué otras cosas nuevas has probado? —inquirió Romeo.

—Casarme —dijo, mirándome con un rubor en sus mejillas.

—Esa es una idea tan divertida. Quiero hacer una lista como esa. ¿Qué más hay en la tuya? —Curioseó Sienna.

—Umm, un montón de cosas —replicó Sofiya, repentinamente tímida—. Como tener un perro, ir a Disney World, ver el océano, cosas así.

Las cosas en su lista eran tan inocentes. ¿Cómo algo tan dulce y puro provenía de Rustik?

Tomé un par de palillos y me comí un rollo California mientras los demás hablaban sobre lo que pondrían en su lista. Sofiya puso los pedazos de sushi restantes en un plato y lo deslizó frente a mí. Sentí una extraña agitación en el pecho. Ella me cuidaba como si fuera lo más natural del mundo.

Terminé de comer y nos trasladamos a la sala.

Terminé junto a Sofiya en el sofá. Ella se acurrucó bajo una manta, y me picaba la piel con la necesidad de atraerla hacia mí.

Me golpeó la sensación de que la corrompería al tocarla.

Mi vida era una donde mi piel estaba regularmente marcada con sangre.

La suya era una en la que soñaba con tener un perro y tocar el océano.

Romeo movió un cojín floral de un sillón de piel y se sentó.

—Entonces, ¿qué te parece la Mafia Italiana, Sofiya?

—Hasta ahora, todo bien —respondió con una sonrisa—. Y anoche vi El Padrino como investigación.

Angelo soltó una risa que casi lo hace atragantarse con su bebida. Romeo le dio unas palmaditas en la espalda.

—Sí, esa fue prácticamente la reacción de Matteo —comentó. Ella me miró con una sonrisa—. Pero fue educativo.

Sienna levantó una ceja hacia mí.

—Parece que tuvieron una acogedora noche de películas.

La miré con el ceño fruncido, mas la sonrisa no desapareció de sus labios.

—Hice palomitas de maíz acarameladas —mencionó Sofiya.

—Parece que necesitamos tener una noche de películas en casa de los Rossi —propuso Romeo con una sonrisa burlona.

—Eso sería muy divertido —añadió mi esposa. Luego, bostezó por tercera vez.

Me levanté.

—Es hora de irnos.

Todos nos dirigimos al pasillo, y noté que la antigua silla de ruedas de Sofiya estaba allí.

—¿Qué hace esto aquí?

—Romeo y yo estábamos compitiendo —explicó ella—. Lo derroté, por supuesto. ¡Oh! Y practicamos algunos movimientos. Mira lo que puedo hacer. —Se inclinó hacia atrás en sus ruedas traseras, con una enorme sonrisa en su rostro. Pero yo estaba al borde de un maldito ataque al corazón.

Imágenes de ella perdiendo el equilibrio y estrellándose contra el suelo pasaron por mi mente.

—No hagas eso —gruñí, corriendo hacia ella y obligándola a volver a estar en las cuatro ruedas.

Ella me miró con un adorable puchero.

—Es demasiado peligroso. Vas a lastimarte.

—¿Pero me veía bien, verdad?

Me pellizqué el puente de la nariz.

—Siempre te ves bien, Tesoro —murmuré.

Por las expresiones sorprendidas de todos, había hablado lo suficientemente alto como para que me escucharan.

—Vamos —dije, dejando que la irritación se filtrara en mi voz.

Sienna abrazó a Sofiya con fuerza, y mi cuerpo vibró con algo que se sintió extrañamente como celos. Solté un suspiro y entré al ascensor, golpeando el suelo con el pie impacientemente.

Sofiya se me unió, despidiéndose de todos con un suave movimiento de su mano antes de que las puertas se cerraran.

Esa noche no pude dormir. Por una vez, no fueron mis pesadillas lo que me mantenían despierto. Fueron los pensamientos sobre Sofiya, preguntándome qué más había en su lista y qué cosas podría ayudarla a tachar.

Haría casi cualquier cosa para asegurarme de que siempre estuviera tan feliz de verme como esta noche.

Y esa idea me aterraba.