Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 28 Sofiya
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28 Sofiya

SOFIYA

—¿Cómo se siente? —inquirió Angelo, agachándose para que estuviéramos a la misma altura.

Salté feliz en mi asiento. El personal de la silla de ruedas acababa de irse después de explicarme todas las características de mi nueva adquisición.

—¡Se siente tan bien! Es mucho mejor que la anterior.

La puerta principal se abrió y Romeo apareció.

—Escuché que recibiste una entrega especial hoy.

Sonreí.

—¡Sí! ¿No es elegante? Y tiene asistencia motorizada, así que debería poder ir muy rápido.

Una expresión traviesa cruzó su rostro.

—¿Qué tan rápido? Deberíamos probarla en el pasillo.

—No tenemos un pasillo —apunté, inclinando la cabeza. Nuestro ascensor abría directamente al vestíbulo, donde está la puerta principal.

—El piso de Sienna y el mío sí lo tiene —dijo Romeo—. Vamos.

Nos dirigimos al ascensor, presionando el botón para bajar dos pisos.

—¿Dónde está Matteo? —pregunté, intentando sonar casual.

Ya se había ido cuando me desperté esta mañana, lo cual probablemente era algo bueno, ya que me había quedado en la cama esperando ser tragada por un agujero negro después de mi comportamiento de la noche anterior.

Si bien mis recuerdos de esa noche estaban cubiertos por una extraña niebla que los hacía sentirse irreales, estaba bastante segura de que, lamentablemente, eran muy reales. «Le había acariciado el cabello».

Romeo y Angelo se miraron.

—Él y Domenico tenían trabajo —replicaron.

Bueno, que misteriosos. Estaba tentada a preguntar más, pero ya me había acostumbrado a que me mantuvieran fuera de los asuntos de mi padre. Matteo me había dejado involucrarme más que el Pakhan lo hizo alguna vez, aunque fuera solo por mi habilidad para traducir.

Las puertas del ascensor se abrieron en un largo pasillo con tres puertas de apartamentos distribuidas de manera uniforme.

—¿Quién más vive en este piso? —Curioseé.

—El tercer departamento es para el guardaespaldas de Sienna. Aunque sigue despidiéndolos, y eso está volviendo loco a Matteo —explicó Romeo, luciendo muy divertido ante la idea de la irritación de Matteo.

Angelo gruñó.

—Debería haber sabido que no debía asignar a Domenico como su guardaespaldas.

—¿Domenico? —pregunté, levantando las cejas—. Pero él es un ejecutor.

—¿No quieres decir Il Diavolo? —ironizó Romeo con una expresión agria—. Que ridículo, carajo.

—Matteo pensó que Domenico podría manejar a Sienna, pero subestimó a su hermana —comentó Angelo.

Sonreí. Podía imaginar perfectamente a mi cuñada dejando en ridículo a todos los hombres de la mafia.

—No la culpo —observé. Algo sobre el ejecutor de Matteo me ponía incómoda, aunque él había sido perfectamente educado. No podía imaginar pasar mis días con él y me sentí aliviada de que el amigable Angelo fuera mi guardaespaldas—. ¿Por qué le agrada a Matteo?

Romeo puso los ojos en blanco.

—Domenico fue uno de los primeros en declarar su lealtad al Don después de la traición de su tío. Ayudó a sacar a los traidores de la Familia y apoyó a Matteo a recuperar su imperio.

—Sí, hace una década —masculló Angelo—. Sigue siendo un imbécil.

Sonreí por lo gruñón que sonaba.

—No hay discusión en eso —convino Romeo.

Romeo y Angelo siguieron bromeando entre ellos mientras avanzábamos hacia el final del pasillo, y por primera vez sentí que tenía amigos. Probablemente no me consideraban una verdadera amiga, ya que era su trabajo cuidarme, aun así, no me importaba fingir.

—Bien. —Empezó Romeo, frotándose las manos—. Vamos a ver qué tan rápido puede ir este coche de carreras.

Encendí el dispositivo y realicé algunos ajustes en la aplicación.

—Está bien, ahora debería poder ir a máxima velocidad. —Salí disparada por el pasillo, manteniendo mi mano derecha ligeramente sobre la rueda para dirigir. Estar en una silla cómoda, hecha a la medida para mí, y andar en ella sin esforzar mis brazos y hombros, era pura libertad.

Reí mientras volaba por el pasillo, desacelerando de mala gana cuando llegaba al final. Me di la vuelta para ver a los chicos, levantando mis brazos en señal de victoria.

—¡Eso fue tan rápido!

Romeo se rio.

—¿Eso qué fue, como seis kilómetros por hora? Podría empujar una silla de ruedas más rápido que eso. Creo que hasta una tortuga te superaría.

Cruce los brazos.

—Solo una tortuga realmente rápida.

Romeo se frotó las manos.

—Me pregunto si podríamos hackear la unidad para que vaya más rápido.

Antes de que pudiera emocionarme demasiado con la idea de correr a toda velocidad en mi silla de ruedas, Angelo nos frenó.

—El Jefe te matara.

—Valdrá la pena —afirmó Romeo.

Regresé al otro extremo del pasillo.

—Si crees que puedes ganarme en una carrera, ve a buscar mi vieja silla del piso de arriba.

—Oh, acepto —dijo Romeo, riendo mientras presionaba su pulgar contra el sensor del ascensor para abrir las puertas.

La puerta del apartamento de Sienna se abrió y ella asomó la cabeza. Su cabello estaba húmedo, como si acabara de ducharse, y tenía puestos pantalones deportivos y una camiseta sin mangas, pero de alguna manera seguía viéndose arreglada.

—Creí haber escuchado algo aquí afuera. ¿Qué están haciendo?

—Romeo y yo vamos a tener una carrera de sillas de ruedas.

Sienna sonrió.

—Oh, ¿esa es tu silla nueva? ¡Qué emocionante! Definitivamente tengo que ver esto. Además, justo a tiempo porque pensaba ver si querías ordenar comida. ¿Comemos todos juntos?

—Suena genial.

Mientras esperábamos a Romeo, Sienna tomó un turno en mi silla, girando en círculos y recorriendo el pasillo.

—Esto es divertido —comentó, con una enorme sonrisa mientras me devolvía la silla. Que ella respondiera a mi silla con tanta diversión y emoción alivió el peso pesado de la vergüenza que había llevado desde que comencé a usar aparatos de movilidad.

Romeo regresó con mi silla vieja, y corrimos por el pasillo, sus gritos de maldiciones me seguían mientras yo sacaba ventaja.

—¿Qué demonios? Esta cosa es terrible —se quejó, frunciendo el ceño—. Creo que me lesioné el hombro.

—Aww, el enorme y fuerte mafioso se lastimó —se mofó Sienna. Y luego ambas estallamos en carcajadas.

Finalmente, pedimos comida, sushi, el cual nunca había probado, y nos dirigimos al apartamento de Sienna.

Su hogar era similar al de Matteo, solo que más pequeño, y se sentía más acogedor y habitado.

Había colecciones de arte en la mayoría de las paredes y todos los muebles tenían cojines y mantas brillantes.

Estaba segura de que Matteo no quería que cambiara nada en su apartamento, pero tal vez podría pedirle a Sienna que me ayudara a elegir algunas cosas para personalizar mi dormitorio.

Angelo bajó al vestíbulo a recoger la entrega de sushi, y Romeo nos sirvió copas de sake. Angelo regresó con un montón de bolsas, y levanté una ceja ante la gran cantidad de bandejas que pusieron sobre la mesa del comedor.

—¿Cómo vamos a comer tanto? —pregunté.

—¿Crees que es suficiente? Siento que debería haber pedido más —pronunció Sienna.

Me reí, aunque luego me di cuenta de que hablaba en serio. El sushi se veía muy bien. Mila siempre había querido probar algo así. Tomé una foto de la mesa para enviársela más tarde.

Nos sentamos en la mesa y Romeo movió mi silla de ruedas hacia un lado.

—Por la nueva silla de Sofiya —anunció Sienna, levantando su copa de sake. Todos brindamos y tomé un sorbo. La bebida era fresca y trasparente, con un toque dulce, y decidí que me gustaba. Rara vez bebía, ya que nunca tuve mucho acceso ni interés en el alcohol.

—Bien, empieza con esto —aconsejó Sienna, usando sus palillos para poner un trozo colorido de sushi en mi plato—. Pon el jengibre encima con un poco de wasabi y luego sumérgelo en la salsa de soya.

—¿Y luego lo como de un solo bocado?

—Síp —dijo Romeo, metiéndose un cuarto pedazo en la boca.

—Está bien. —Torpemente, tomé el sushi con los palillos y lo metí en mi boca, masticando lentamente.

—¿Y bien? —Sienna me miraba expectativamente.

—Estuvo rico. —Mi voz salió sospechosamente aguda.

Angelo se rio.

—Realmente eres la peor mentirosa.

—No te preocupes. —Le restó importancia Sienna, poniendo dos piezas nuevas en mi plato—. Por eso pedimos una selección. Este es de atún picante y este es un rollo California. Son mejores opciones para principiantes.

Tomé varios sorbos de sake para quitarme el sabor del primer rollo y me preparé antes de tomar el de atún picante. El primero realmente había sido asqueroso, y el segundo estaba igual de malo. No era fanática de los mariscos en general, y algo en la textura del sushi realmente no era para mí.

Le sonreí a Sienna tan pronto me tragué las dos piezas que me dio, pero según su expresión, debió haber salido como una mueca.

—Lo siento —me disculpé, tomando otro trago grande de sake—. Tal vez no es para mí.

—Vamos a encontrar uno que te guste —respondió Sienna, con determinación mientras ponía otra selección en mi plato. Angelo y Romeo me miraron con expresiones compasivas.

Después de consumir más sushi del que jamás había soñado o deseado, Sienna puso una última pieza en mi plato, luciendo absolutamente derrotada.

—Está bien, este es un rollo vegetariano. Tiene pepino y aguacate. Tiene que gustarte este.

Lo sumergí en la salsa de soya y lo metí todo en mi boca, masticando lentamente.

—¿Y bien? —preguntó Romeo.

Tragué.

—No creo que me guste el alga.

—Oh Dios mío, eres un caso perdido —se lamentó Sienna.

Sonreí.

—Completamente.

—¿Quieres que pida algo más? —inquirió Angelo.

—Absolutamente no —me negué—. Sienna prácticamente me ha obligado a comer mi peso en sushi.

Ella resopló.

—No sé cómo puedo ser amiga de alguien que tiene un paladar tan poco refinado.

Hice un puchero y ella puso los ojos en blanco.

—Bueno, está bien. Podemos ser amigas, pero solo si haces mi postre favorito.

—Oye, ella tiene que hacer mi tiramisú primero —intervino Angelo.

—Tendrás tu tiramisú cuando me enseñes a jugar al póquer —le recordé.

—¿Póquer? —repitió Romeo.

—Angelo me invitó a su noche semanal de póquer, y estoy decidida a ganarles a todos.

Romeo se reclinó en su silla con una risa fuerte.

—¿La invitaste?

—Siempre he dicho que necesitamos más mujeres en la noche de póquer —mencionó Angelo, guiñándome un ojo mientras Romeo se reía entre dientes—. Pero probablemente eres la peor mentirosa que he conocido, así que no estoy seguro de si sea tan buena idea.

—Ten fe, Angelo —expresé, dándole un codazo en el brazo.

Mis mejillas me dolían de tanto sonreír. No podía recordar haber tenido un día mejor que este. Lo único que faltaba era que Mila y Matteo estuvieran aquí.

Como si mis pensamientos lo hubieran invocado, la puerta se abrió y me apareció una gran sonrisa en el rostro.

—¡Matteo! —Solo cuando todos se giraron para mirarme me di cuenta de lo entusiasta que había sido.

Aclaré mi garganta y tomé otro sorbo de sake.

Podía culpar al alcohol, me sentía deliciosamente cálida y mareada, sin embargo, Angelo tenía razón en que era pésima escondiendo mis emociones.

Mis padres habían hecho lo mejor para convertirme en una buena esposa sumisa de la Bratva, que no expresara nada.

A veces deseaba haber internalizado al menos algunas de sus lecciones; eso me dejaría menos expuesta en este mundo tan brutal.

—Siéntate, Fratello. —Invitó Romeo—. Puede que encuentres un par de trozos de sushi que Sienna no haya prácticamente obligado a tu esposa a comer todavía.

—Muévete, carajo —espetó Matteo a su segundo al mando, quien se levantó de la silla a mi lado con un resoplido amistoso.

Intenté mantener la calma al ver que Matteo quería sentarse junto a mí.

Asintió hacia mi nueva silla de ruedas.

—¿Te gusta?

—Me encanta —admití, girándome hacia él—. Muchas gracias por organizar la cita y conseguirla tan rápido.

Matteo se entretuvo tomando un poco de sushi, pero juraría que vi un poco de rubor en sus mejillas, y me pregunté si mi esposo sentía más de lo que dejaba ver.