Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 27 Matteo
34%

27 Matteo

MATTEO

No había planeado regresar al apartamento hasta que Sofiya estuviera dormida, no obstante, a medida que pasaban los minutos, me sentía cada vez más inquieto.

No era por ella. Había sido un día largo, eso era todo, y no iba a dejar que mi esposa me mantuviera alejado de mi propia casa, maldición. Pero nada me había preparado para la escena que me recibió al entrar.

Sofiya estaba recostada en el sofá viendo una película, vestida con un conjunto deportivo azul claro, el cabello recogido en un moño desordenado.

—¡Matteo!

Fruncí el ceño mientras me acercaba.

—¿Qué te pasa?

Sofiya hizo un puchero.

—Eso fue muy grosero.

—¿Estás borracha? —Me incliné hacia ella, observando sus mejillas sonrojadas y sus pupilas dilatadas.

Ella negó con la cabeza y luego comenzó a reírse, cayendo de nuevo contra los cojines del sofá.

—Solo tomé mi nueva medicina.

¿Qué demonios? Miré alrededor hasta encontrar un paquete abierto de gomitas.

—¿Marihuana?

—Shhh —dijo, agitando las manos—. Me meteré en problemas.

Me pasé la mano por la cara. ¿En qué estaba pensando la doctora Amato?

—Ciertamente eres problemática.

—¿Quieres verla conmigo? —inquirió, señalando a la televisión, donde estaban pasando El Padrino—. ¡No digas que no! Te haré una oferta que no podrás rechazar —añadió, imitando horriblemente la voz de Don Corleone.

—¿Vas a ponerme la cabeza decapitada de un caballo en la cama? —respondí secamente.

—¡No, algo mucho mejor! ¡Tengo palomitas acarameladas! —Levantó un tazón enorme de palomitas, haciendo que algunas salieran volando al suelo.

Tomé el tazón rápidamente antes de que lo derramara todo y lo coloqué sobre la mesa de centro.

Debería irme. Ir al gimnasio. O a mi habitación.

Pero de alguna manera me encontré sentándome a su lado.

—¿Has visto esta película antes? —preguntó Sofiya.

—Sí.

—Oh, claro. Apuesto a que la estudiaste de niño.

Mi ceño fruncido se profundizó.

—Para nada.

—Bueno, espero que seas mejor tirador que estos tipos. Tuvieron que dispararle a ese tipo como cien veces antes de que de verdad se muriera.

—Mis habilidades para disparar están bien.

—¡Oh, eso me recuerda! —Se incorporó con un jadeo—. Le pregunté a Angelo si podía ir a tu campo de tiro. Quiero mantener mis habilidades pulidas. No quiero convertirme en uno de estos payasos. —Señaló hacia la televisión.

—¿Payasos? —Levanté una ceja—. ¿Cómo podrán sobrevivir a tal insulto?

—Entonces, ¿puedo ir? Angelo dijo que no lo aprobarías, pero no veo por qué. Podrías llevarme. Podría ser como una cita.

La imagen de Sofiya sosteniendo un arma me causó una extraña y desagradable punzada en el pecho. Yo debería ser quien la protegiera.

Parpadeé ante el pensamiento que surgió sin querer en mi mente.

—¿Cuánta marihuana tomaste? —murmuré. Joder, probablemente nunca había estado drogada.

—Eres mucho más guapo que Don Corleone y todos sus hijos. Ninguno de ellos tiene el cabello tan bonito como el tuyo. —Se inclinó hacia mí, y me quedé congelado, mientras pasaba sus dedos por mi cabello—. ¿Te puedo contar un secreto? —susurró.

Estaba tan aturdido por su caricia que apenas podía formar palabras.

—Sí, Tesoro.

—He querido hacer esto desde que te vi por primera vez.

Deslicé mi pulgar por su mejilla y luego le aparté un mechón de cabello de la cara.

—Creo que es hora de que vayas a dormir.

—Pero ni siquiera he visto si ganan los mafiosos.

Mis labios se curvaron ligeramente.

—No te preocupes, los mafiosos ganan. Ahora, vamos a llevarte a la cama. Estoy seguro de que dormirás bien.

Me levanté del sofá, listo para acercarle su andador, cuando ella levantó los brazos hacia mí. Alcé una ceja.

—Cárgame —me exigió.

—O estás muy drogada o me estás tomando el pelo —gruñí. Pero aun así, me incliné y la levanté. Ella se aferró a mí, deslizando su nariz por mi piel.

—Deberías acurrucarte conmigo otra vez —propuso.

—No.

—Malvado.

—Tienes que mejorar tus insultos.

La llevé a su habitación y la acosté en la cama.

Pasó sus manos por la manta.

—Es tan suave.

—Sí, bueno, duerme para que se te pase el efecto. Y yo hablare con la doctora Amato sobre esto.

—La doctora Amato es taaan amable.

—Simplemente encantadora —agregué secamente.

—¿Te gusta más que yo? Es muy bonita.

Resoplé, pasándome una mano por el cabello.

—Duérmete, Sofiya.

—Espera, ¿pero te gusta más? —cuestionó, lanzándose hacia adelante para tomar mi mano.

Suspiré.

—No, Tesoro. No me gusta más que tú. Ahora buenas noches.

Me obligué a salir de su habitación, ignorando la pequeña voz que me decía que debería haberme quedado.